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Hombre de ley

Entrevista a Horacio Roitman, especialista en Derecho Comercial y uno de los profesores con más antigüedad en la Universidad. El estudio fundado hace 80 años por su padre fue clave para grandes desarrollos inmobiliarios de Córdoba.

22 de mayo de 2011 a las 12:02 a. m.
Hombre de ley

Es conocido por su larga trayectoria en el derecho empresario, pero la actividad de Horacio Roitman no se limita a eso. En 1988 fue el presidente más joven del Tribunal Superior de Córdoba, es uno de los profesores con mayor antigüedad en la Facultad de Derecho y titular de uno de los estudios de abogados más antiguos de Córdoba. Y no piensa en retirarse. Habla inglés, francés e italiano, y fue autor de numerosos libros y publicaciones. Pero su aporte más importante fue, en 2006, la Ley de Sociedades Comerciales, Comentada y Anotada . Este año se lanzará la segunda edición, con seis tomos, uno de ellos escrito por su hijo Ezequiel.Pero eso no es todo. Una faceta menos conocida es su veta artística, pasión que le inculcó su padre, inmigrante ruso que fundó la firma en 1930 y que también fue referente en el derecho comercial. Su estudio, en el centro cordobés, a 100 metros de su casa natal, está decorado con muchas de sus esculturas. "He dedicado gran parte de mi tiempo a la literatura y al arte y no tengo ninguna duda de que esa formación cultural me permitió tener un mejor acceso al mundo del derecho", afirma. –Usted es conocido como un especialista en derecho comercial y societario, pero sus inicios tuvieron otra faceta totalmente distinta.– Mi vida, antes de decidir mi vocación, estuvo marcada por la educación de mis padres que sostenían que debía tener una formación muy amplia en la cultura y los idiomas. En 1963 viajé a Estados Unidos donde sucedieron dos hechos clave: la llegada de los Beatles y la muerte de Kennedy. Al regresar, comencé mis estudios universitarios y fundé una revista literaria en 1966. –Una época complicada. –De hecho, la revista sólo tuvo un número. En ese momento yo tenía un programa en Radio Universidad, "Córdoba en las artes y las letras" y cuando derrocaron al gobierno de Illia el interventor me despidió porque mi programa era "tendencioso", aunque hasta el día de hoy no sé cuál era mi tendencia. –¿Le cortaron su vocación periodística? –No del todo. Cerraron la universidad y mis padres me mandaron a París a estudiar francés donde tuve una amplia vinculación con pintores y escultores muy reconocidos. Desde allá hice notas que se publicaron en los diarios Córdoba, Los Principios y La Voz del Interior . –Pero se volcó a la abogacía. –Me hicieron un favor porque definí para siempre cuál iba a ser mi profesión. Cuando regresé al país, en el temor de que volvieran a cerrar la universidad, en 14 meses di 14 materias y me recibí de abogado. En esa época, tres profesores me invitaron a sus cátedras y elegí el derecho mercantil. Aprendizaje constante –¿Es cierto que es uno de los profesores con más antigüedad en la Universidad Nacional? –Dediqué la mitad de mi vida a la universidad. Desde antes de recibirme, como ayudante alumno, hasta hoy, que soy profesor plenario (no rindo más concurso) en la Facultad de Derecho. Descubrí que la docencia universitaria, hecha con disciplina y rigor es lo mismo que para el atleta el entrenamiento en el gimnasio y para el médico el entrenamiento del hospital. Así estudié en forma sistemática los últimos 43 años, casi todos los días. Sigo dando clases, pese a que estoy en condiciones de jubilarme (acabo de optar por la prórroga de cinco años más). –Parece que le apasiona la Universidad. –La Facultad de Derecho de Córdoba tiene los mejores profesores, la mejor biblioteca y es un lugar donde uno, si quiere, puede obtener la mejor educación, anotándose en las cátedras donde están los mejores profesores, los más exigentes y los más difíciles. Sin lugar a dudas, es la mejor del país. –¿La fase académica le dio marco a sus libros? –Para mis clases escribía lo que consideraba que un profesor debía hacer y como consecuencia de ello escribí seis o siete obras importantes y unos 15 ó 20 libros más, artículos y también dos libros de un reconocido especialista italiano. –¿Y no piensa dejar en algún momento? –No, sigo sumando. Hace 10 años empecé el Master en Derecho de la Universidad Siglo 21. Si puedo, no me voy a jubilar nunca, tanto en la universidad como en el estudio, que me saquen con los pies para adelante. –¿Cómo fue su arribo a la actividad privada? –Yo tenía mi inclinación artística, pero mi padre fue uno de los abogados destacados de Córdoba en derecho comercial, y no me costó tomar la determinación. Tuve en él una gran formación y alcancé a convivir algo más de 10 años en el estudio que ya tiene más de 80 años. Cuando falleció, me hice cargo, con 33 años. –Pero usted le dio su propia impronta. –Tuvimos un rumbo importante, con casos resonantes. Siempre digo que, según las épocas, el derecho mercantil se ocupa de las crisis (ahí tenemos las quiebras) y en épocas de bonanza, tenemos que ayudar a construir empresas, sociedades y desarrollos. –De estas dos actividades, cuál fue más importante en estos años. –La faz constructiva. Prácticamente todos los desarrollos urbanos en los años '60 y '70 pasaron por nuestro estudio. En el auge de la construcción hasta los '80 la mayoría de las empresas de Córdoba que construyeron departamentos eran nuestros clientes. –¿Y en épocas más recientes? –El primer barrio cerrado que se hizo en Córdoba, Las Delicias, a mediados de los '90 fue desarrollado desde el punto de vista jurídico por nuestro estudio. Fue algo novedoso y luego tomado por otro, aunque después, con la ley de fideicomiso, se produjo un avance muy importante en este rubro. –Entre sus múltiples actividades, también está en el arbitraje. –Esta justicia privada entre empresas se afianzó en los últimos años en todo el mundo y yo intervine en varios casos internacionales. Actualmente presido el Tribunal Arbitral de la Bolsa de Comercio de Córdoba y soy director del Tribunal de la Cámara de Comercio de Buenos Aires. Actividad pública –¿Cómo fue su paso por el Estado? –A mediados de los '90 se reformó la Ley de quiebras y se permitió incluir a las sociedades del Estado. Yo había intervenido en una de las comisiones para esa reforma y fui convocado por el presidente Carlos Menem para que me hiciera cargo de la atención del concursos preventivo de ATC. Para mí, fue uno de los éxitos de mi carrera porque logramos reducir el pasivo de 430 millones a unos 60 millones de pesos. Esto significó su salvación y se pagó hasta el último peso. –Antes había tenido cargos públicos ¿verdad? –En 1985 el gobernador Eduardo Angeloz me pidió un dictamen y, como me quise lucir, en vez de dos hojas, escribí 100. Ala semana siguiente me llamó y me propuso ser Fiscal de Estado. Allí estuve dos años y me retiré porque no tenía vocación para continuar. –Pero después volvió. –En 1988, cuando se reorganizó el Poder Judicial, me propusieron para el Tribunal Superior de Justicia y me convertí en el presidente más joven del cuerpo, con 41 años. A principios del '90 vi que esa no era mi vocación y decidí ser el presidente de mi estudio y el vicepresidente de mi casa. –¿Nunca pensó en volver? –Más de 20 años después de esa experiencia, creo que es la gran deuda que tengo. Yo no me siento autorizado a criticar a los políticos, ni decir que hay una decadencia de la clase política, porque eso pasa, en parte, porque mucha gente como yo creímos que actuar en la función pública era "tirar el honor a los perros". Si muchos hombres capaces y probos se hubieran volcado a eso hoy podríamos tener una clase política con mayor nivel intelectual y con la posibilidad de conformar una oposición para ayudar al que está gobernando. –¿Le ofrecieron otra función? –Tuve varios ofrecimientos y los rechacé pero del que me siento más contento es el de 2002. En ese momento me propusieron para conjuez a la Corte Suprema y no acepté porque no quería tener un diploma firmado por las personas que, a mi juicio, habían dado un golpe de Estado institucional al gobierno democrático en 2001. –Me quedé pensando en lo de "vicepresidente de su casa"... –Uno de los logros más importantes de mi vida son mis dos hijos: Marcela, arquitecta, y Ezequiel, abogado, que hoy está en el estudio. A mis hijos, sólo les di el ejemplo. Su formación integral estuvo a cargo de la "presidenta de mi casa", mi mujer, Susana, que sacrificó una carrera como Computador Científico para ello. Mi orgullo más grande es que ambos se capacitaron, triunfaron en el exterior y volvieron a la Argentina. –Usted también volvió. –Cuando mi hermano y yo nos fuimos, mi padre nos dijo que teníamos que volver, que este país era generoso y amplio, donde un inmigrante pudo lograr un desarrollo profesional. –No puedo dejar de preguntarle por el "Diccionario del Abogado Exquisito", un libro que deja de lado lo técnico para volcarse al humor. –El humor y la ironía en el pueblo judío es un mecanismo de defensa. Es una tradición que yo también cultivé y fui mirando nuestra profesión, como la ha mirado mucha gente, en un tono irónico para describirnos. Así es más fácil criticar los aspectos negativos que tenemos. Lo fui armando con frases recogidas de distintos lugares en una libretita y está por salir la 5ª edición. Creo que de todos los libros que escribí, es el único que han leído completo quienes lo tuvieron en sus manos.