Pecado capital
Aunque CFK reconoció que “la economía tiene sus leyes” que deberán entenderse y atenderse, muchos de sus funcionarios siguen convencidos de que la política (y su relato) están por encima de esas “nimiedades”. Roxana Acotto.
Desde lo más alto del 54 por ciento de los votos obtenidos, CFK no transita momentos de humildad. Dueña de una marcada ironía en frases y gestos, parece convencida de que la única verdad posible es la que emana de su cerebro brillante.
Excelentemente disfrazado de sintonía fina, el ajuste de las cuentas públicas que plantea el Gobierno se va conociendo de a trazos y sin objetivos claros. ¿Cuánto se quiere ahorrar? ¿En qué rubros y con qué criterios? Poco se sabe...
Aunque CFK reconoció explícitamente en su discurso de asunción que “la economía tiene sus leyes” que deberían entenderse y atenderse, muchos de sus funcionarios siguen convencidos de que la política (y su relato) están por encima de esas “nimiedades”. Y, aunque vengamos de vivir los años del más espectacular crecimiento continuo del país, eso no quiere decir que no haya mucho, muchísimo por mejorar.
El triste espectáculo voluntarista de la titular del Banco Central pidiendo a los banqueros que bajen las tasas tiene su correlato en el último ranking de desarrollos financiero que ubica a Argentina en el puesto 53 sobre 60 países relevados, muy lejos de Brasil, Chile y hasta Perú. No será de esa forma que hagamos crecer el sistema financiero argentino y mucho menos con una ley de entidades que busca declarar estas actividades como un “servicio público”. Avanzar en ese sentido no sería precisamente comprender las leyes de la economía. Esconder burdamente los reales niveles de inflación tampoco parece alineado con las políticas de sintonía fina. Ya no son las consultoras, el Banco Mundial, los gremios y el sentido común quienes dicen que el aumento real de precios duplica al oficial: organismos de las Naciones Unidades reclaman transparentar estas mediciones y adecuarlas a parámetros internacionales de confiabilidad.
Otrora líder en los rankings de IED (Inversión Extranjera Directa), Argentina languidece ahora en esa materia desaprovechando los fuertes flujos que atrajo la región en los últimos años. De eso tampoco se habla en el relato oficial, ni se quiere escuchar: la última reunión de Amcham que nuclea a empresarios estadounidenses dejó patentizado que –con este modelo de cosas– las multinacionales de ese país seguirán privilegiando otros destinos.
¿Por qué no llegan inversiones a un país maravilloso como pinta el relato oficial? ¿Por qué organismos internacionales piden regularizar nuestras estadísticas? ¿Por qué nuestro sistema financiero languidece y no se desarrolla? Hay preguntas que la soberbia –quizá el pecado capital que más nos identifica– nunca quiere escuchar.

