El modelo bajo la lupa
Defensa de la producción nacional, incentivo a la demanda interna, recuperación del ingreso, superávit fiscal y comercial, reducción de la desocupación, son los aspectos positivos. Los desafíos: combatir la inflación, reducir la pobreza y seguir creciendo en otro escenario.
Tipo de cambio competitivo, defensa de la industria nacional, inclusión social, recomposición del ingreso de los trabajadores, la no dependencia de los mercados de capitales y mayor intervención del Estado. Estos son los ejes principales del modelo "nacional y popular" que se declara desde el Gobierno. Luego de las elecciones de octubre y (tras el resultado de las primarias) con la certeza de que Cristina Fernández de Kirchner encarará otro mandato con Amado Boudou como vice, muchos plantean que el modelo económico K se profundizará. Pero, ¿cuáles son los ejes del modelo y qué implica profundizarlo? Para unos, quiere decir mejorar los aspectos positivos; otros, temen una mayor regulación e intervención estatal y, por ende, más variabilidad en las reglas de juego. Motores al límite. Primero, los datos objetivos: desde 2003 a la fecha, Argentina vivió un fuerte crecimiento, recuperación del salario y el empleo, superávits comercial y fiscal, aumento de reservas del Banco Central (que le permitió hacer política monetaria y cambiaria), incremento del consumo vía recuperación de ingresos (suba de salarios y jubilaciones, Asignación Universal por Hijo), aunque con un nivel aún elevado de pobreza. Este desempeño de la economía estuvo acompañado por un contexto internacional muy favorable (altos precios de las commodities, sobre todo agropecuarias, y expansión de los mercados donde el país exporta). El canje de deuda de 2005 alivió la situación fiscal y permitió una política muy expansiva del gasto público (que hoy crece cerca del 40 por ciento, por encima de los ingresos). El fuerte incentivo al consumo interno es un pilar fundamental del modelo K y del crecimiento actual. En un principio (2003 a 2007), el dinamismo económico estuvo basado en el dólar súper alto que otorgó la devaluación (es decir, salarios bajos en dólares), junto con elevada capacidad ociosa y desempleo. Agotados estos elementos, la oferta creció y crece a un ritmo muy inferior a la fogoneada demanda, con lo cual la inflación se convirtió en un problema difícil de revertir (ronda el 25 por ciento, según privados, y en 10 por ciento, según Indec). La suba de precios y costos resta competitividad a la producción local y amenaza con frenar el ritmo de crecimiento, creación de empleo y minar los superávits comercial y fiscal. Mientras el dólar en el mundo siga débil, Brasil y China continúen creciendo y los precios internacionales favorezcan, Argentina tiene margen de maniobra para realizar los ajustes que necesita y seguir creciendo. Sin embargo, los tiempos no se extienden eternamente. Los motores de crecimiento hasta la fecha se están agotando. Mantener las fortalezas macro y micro requerirá buscar nuevas formas de resolver temas como la inflación o como el excesivo peso de los subsidios y lograr que la producción local sea competitiva sin depender del dólar y generar una verdadera inclusión social mediante la creación de empleo formal y no sólo de asistencialismo.

