El peor año del Mercosur (cuando más hace falta)
En términos cualitativos, 2012 ha sido olvidable, atravesado por la crisis con Paraguay, el frío con Uruguay y los conflictos aduaneros con Brasil. La participación argentina en las compras del vecino país está en un mínimo. Jorge Vasconcelos.
Los datos económicos del tercer trimestre corrigieron muy tímidamente los números rojos del segundo, y confirmaron que el ritmo de la recuperación es extremadamente pausado, lo que acentúa la ansiedad por el crecimiento. Teniendo en cuenta el carácter electoral de 2013, los funcionarios parecen dispuestos a tocar todos los botones del tablero hasta ver que produzcan resultados. Algunas medidas que se anuncian tienen efectos contraindicados y otras pierden efectividad porque no conllevan una ampliación del horizonte a favor de las decisiones de inversión. En ese sentido, es de esperar que en algún momento se active un relanzamiento del Mercosur en dirección a lograr una integración mucho más profunda para dar reversa a las fuerzas centrífugas del último período. La opción potenciada del Mercosur llevará a definiciones que hacen a un verdadero modelo de crecimiento. En términos cualitativos, 2012 ha sido olvidable, atravesado por la crisis con Paraguay, el frío con Uruguay y los conflictos aduaneros con Brasil. En lo cuantitativo, y focalizando en el comercio con Brasil, este año muestra el piso de los últimos 20: nuestras exportaciones están capturando sólo el 7,4 por ciento de las importaciones totales de Brasil, comparado con un pico de 12,5 por ciento en 2000.En la visible ansiedad por lograr una recuperación más firme de la economía, los funcionarios parecen muy focalizados en la cuestión del financiamiento de las inversiones. La mayoría de las últimas decisiones, responden a ese patrón: el plan Procrear, regulaciones a bancos y compañías de seguros para que apliquen parte de su cartera a Pyme o a los llamados proyectos productivos, los últimos anuncios vinculados con el mercado de capitales. Pero estas medidas, que pueden lucir voluntaristas cuando se las compara con los instrumentos que están utilizando Chile, Uruguay y Brasil para canalizar el ahorro privado a favor de la inversión, dejan además sin resolver la cuestión de alinear los incentivos a favor de nuevos emprendimientos. Hay que preguntarse si existe suficiente rentabilidad y horizonte. Los controles al cambio y al comercio exterior, el aumento sostenido de la presión tributaria, el atraso que experimenta el tipo de cambio oficial, son todos factores a los que las últimas medidas no dan respuesta. Quizá una de las fórmulas que quedan por ensayar es lograr que la Argentina realice un nuevo "baño de inmersión" en el Mercosur, incluyendo normativas vigentes en los países socios. Por ejemplo, la reforma que se ha anunciado para el mercado de capitales local contiene novedades interesantes, sobre todo para el desarrollo del financiamiento a empresas en el interior del país. Pero el Gobierno no puede ignorar que la intervención estatal que se auspicia trae aparejado el riesgo de mayor discrecionalidad. Un razonable equilibrio entre nuevos actores en el mercado de capitales y organismos estatales que no estén sospechados, puede lograrse a través de la adopción de reglas copiadas del Bovespa, que incluyan la estricta profesionalización de las principales funciones. Aun con todas las imperfecciones que subsisten en el funcionamiento de la economía brasileña, muchas de las dudas que hoy predominan entre inversores potenciales de la Argentina se aflojarían si comenzaran a apreciar una política de acercamiento pleno de nuestro país al vecino del Mercosur. Hablamos de hechos, no de palabras.Es cierto que 2012 es un año de magro crecimiento para Brasil, con importaciones totales que retroceden 2,8 por ciento respecto de 2011. Pero las exportaciones argentinas al vecino país caen bastante más, 9,5 por ciento interanual hasta septiembre, por lo que se profundiza la pérdida de market share (participación de mercado) . Si de aquí a fin de año no hay un cambio drástico, entonces 2012 marcará el piso de la penetración argentina en el mercado brasileño. Tiempo atrás, 12 de cada 100 dólares importados por Brasil provenían de la Argentina. Este año serán 7,4 dólares de cada 100. Con importaciones brasileñas del orden de los 220 mil millones de dólares por año, cada punto de market share que pueda recuperarse significa agregar 2,2 mil millones de dólares a los 16,3 mil millones de dólares por año que exportamos actualmente al vecino. ¿No es acaso una agenda atractiva? Es también una forma de redefinir la política industrial, porque más de 40 por ciento de nuestras exportaciones de manufacturas van a Brasil. Una de las apuestas más fundadas que hoy puede hacerse es la de un Brasil creciendo en forma sostenida, aunque en un andarivel en torno al cuatro por ciento anual. Con esta proyección, las importaciones brasileñas aumentarían 10 por ciento anual (en dólares) de aquí al final de la década. La Argentina no debería dudar acerca del rol central del Mercosur en su estrategia de crecimiento. Pero no basta con declamar ese objetivo. Ha habido demasiados cortocircuitos como para superarlos con medidas que pueden ser temporales. Se necesita una verdadera política de estado. Dada la experiencia del euro, no se trata de ir hacia la moneda común. Pero tampoco de ignorar el nivel de competitividad del vecino porque estamos obligados a mejorar cada una de esas variables, para recuperar terreno en la captura de inversiones que vienen a la región en la lógica de las cadenas globales de valor. El problema es que actualmente los costos laborales en dólares de la industria (corregidos por productividad) son mucho más elevados en la Argentina que en Brasil. La diferencia es cercana al 40 por ciento (para una base 100 en 1997) y esto condiciona de un modo notable los pasos a seguir. Si no se hace nada por corregir esta brecha de competitividad, entonces nuestro país se irá cerrando cada vez más al comercio exterior, un escenario negativo para la productividad y positivo para la activación de la guerra de precios y salarios. Si la Argentina se pone los pantalones largos y asume ese desafío de competitividad, entonces, el tipo de cambio oficial deberá ser sincerado, pero también las negociaciones salariales deberán hacerse bajo un nuevo paradigma, aceptando que la creación de más empleos de calidad depende de la competitividad, no de la gracia divina.

