Drácula está anémico
La expresión “drácula anémico” corresponde al economista Orlando Ferreres, que ejemplifica así un Estado que cada vez toma más sangre de la economía privada, pero que al mismo tiempo nunca es lo suficientemente fuerte para mejorar sus servicios.
Como el famoso conde que chupaba la sangre de sus víctimas para alimentarse y fortalecerse, el Estado argentino (en sus tres niveles) succiona vía impuestos una cantidad cada año mayor de recursos al sector privado, debilitándolo sin prisa y sin pausa.
Si a la burocracia pública le bastaban recursos equivalentes al 23 por ciento del PIB en 2003 para mover sus distintas herramientas (algunas indispensables, otras no tanto), luego de la década kirchnerista esos mismos estamentos absorben el equivalente al 46 por ciento de un producto bruto que, además, creció de modo sostenido.
¿Tenemos los argentinos hoy el doble de servicios públicos, o servicios públicos duplicados en calidad? Si vemos lo que pasa en materia de educación y seguridad, seguramente coincidiremos en que semejante drenaje de recursos desde el sector privado al Estado no estuvo correspondido con similares niveles de mejoras. Los argentinos nos sentimos cada vez más inseguros y las evaluaciones de calidad educativa siguen mostrando números en el tobogán descendente. En materia de salud, tampoco pueden observarse sustanciales mejoras.
La expresión “drácula anémico” corresponde al economista Orlando Ferreres, que ejemplifica así un Estado que cada vez toma más sangre de la economía privada, pero que al mismo tiempo nunca es lo suficientemente fuerte para mejorar sus servicios.
Nada parece suficiente para el Estado argentino. Si la satanizada década de 1990 es recordada por aquel axioma menemista “ramal que para, ramal que cierra”, en la década populista, los trenes circulan con un nivel de ineficiencia atroz y sólo seis de cada 100 personas pagan su boleto.
El desmesurado crecimiento de la recaudación y el gasto público tampoco ha sido invertidos en infraestructura. De hecho, Argentina es uno de los países que menos invirtió en eso: según Cepal, la inversión pública en Argentina ascendió a 2,8 por ciento del PIB en 2012, detrás de Ecuador (10,5), Bolivia (9,9), Perú (6,3), Uruguay (4,4) y Colombia (4,3 por ciento). Se estima que sólo para mantener el capital de infraestructura hacen falta inversiones por tres puntos del PIB. Es decir, estamos desinvirtiendo.
Bajo la falaz premisa de que no sumó nuevos impuestos, el kirchnerismo ha logrado optimizar los métodos de recaudación y sumó un tributo corruptor de todo: la inflación. Como las empresas no pueden actualizar sus balances y como el Gobierno maneja escalas de mínimos imponibles a su antojo, nuestro feroz Drácula se las ingenia para chupar y chupar y chupar el fluido vital del sector privado.
Con un creciente déficit fiscal –pese a todo–, Argentina ingresó en una zona de debilidad muy peligrosa: una recesión (endógena o exógena) que retraiga al sector privado impactará con fuerza en las cuentas del Estado, que ya no tiene recursos para políticas anticíclicas.
Drácula debería ponerse a dieta, antes de que sea tarde.

