Una primavera y cinco años de oscuro invierno
Un lustro después de las revueltas, sólo Túnez puede presumir de avances sociales y democratización.
La cadena de atentados que esparcieron terror y muerte en los últimos días volvió la mirada hacia lugares emblemáticos para la interacción entre culturas diferentes y también hacia otros que desde hace demasiado tiempo se asocian sólo con la guerra y sus devastadores efectos. Cada vez que grupos yihadistas reivindican una matanza, sobrevienen las preguntas de qué buscan y cómo se puede neutralizar a los fanáticos. También sobre quiénes están detrás de ellos.Más allá de la multiplicidad de causas, efectos y responsabilidades, un repaso de la situación de un puñado de países acaso ayude a comprender parte de ese presente complejo. El foco podría situarse en aquellas naciones en las que hace poco más de cinco años se producían multitudinarias manifestaciones contra gobiernos tan despóticos como, a menudo, funcionales a Occidente. Un lustro después, sólo Túnez puede presumir de avances sociales y democratización tras haber sido el país que inauguró, en enero de 2011 la "Primavera Árabe". Apenas en esta nación de poco menos de 11 millones de habitantes, floreció otro país tras la revuelta, que estalló después de que el joven Mohamed Buazizi se quemó a lo bonzo para protestar contra abusos policiales.El efecto dominó que se auguraba contra gobiernos autócratas, luego de las marchas que tumbaron del poder a Zine el Abidine Ben Ali, fue quizá un espejismo en una zona donde abundan desiertos y fundamentalismos. Y cuando más injerencia externa hubo en reivindicaciones internas, peores fueron los resultados.Un par de meses después de Túnez, un levantamiento contra el presidente Bachar al Assad mutaba en Siria en la guerra que hoy sigue expulsando a cientos de miles de sus hogares. En este desmadre bélico y de intereses cruzados hubo un antes y un después del califato que la milicia del Estado Islámico autoproclamó a fines de junio de 2014. Fue en parte de Siria y de Irak, donde años antes yihadistas habían iniciado su lucha como herederos de la rama local de Al Qaeda. Muertos que no se cuentan Si bien distintas fuentes han estimado en unos 260 mil los muertos por la guerra, el Centro Sirio para la Investigación Política ha elevado esa cantidad hasta los 470 mil, según publicó hace un par de meses El Periódico , de Cataluña. La escandalosa cifra equipara a la que se registró en el Irak bombardeado, invadido y ocupado entre 2003 y 2011.Para inicios de 2011 estallaba en Bengazi, al este de Libia, lo que Occidente definía como un brote más de la "primavera". Pero, con el correr de las semanas, se vio que ni las marchas eran tan espontáneas, ni los promotores tan pacíficos. La guerra sobreviniente, en la que tuvieron papel clave los bombardeos de la Otan, acabó en octubre de ese año con el gobierno y la vida de Muamar Kadhafi, exarchienemigo pero también socio de más de un gobernante europeo.A casi cinco años de aquel linchamiento, este país de seis millones de habitantes y abundante petróleo sigue sumido en el caos. Allí hay relevadas más de 1.500 milicias tribales, coexisten dos gobiernos y los integristas se multiplican reclutados por el Estado Islámico o Ansar al Sharia, grupos que rivalizan o se alían según las circunstancias. En Egipto, el país árabe más poblado, las marchas de protesta tardaron más tiempo en apartar del poder a Hosni Mubarak y derivar en históricas elecciones. Mohamed Mursi, se convertiría a mediados de 2012 en el primer mandatario egipcio surgido de la voluntad popular. Un año después, el 3 de julio de 2013, el jefe del Ejército, Abdel Fatah al Sisi, derrocaba con un golpe de Estado a Mursi y los Hermanos Musulmanes, ante el silencio cómplice de los mismos líderes que tanto ponderaban las gestas populares. La mano dura de Al Sisi en un país de más de 82 millones de habitantes contribuyó a que los yihadistas expandieran su influencia. Tras cada atentado islamista, el mundo vuelve su mirada hacia países donde se esconden sus mentores. Pero en ellos también están las primeras víctimas, las más numerosas.

