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Una foto, 20 años y algunas historias comunes

En Moscú quedaron varados. Uniformados les confirmaron la noticia: “Hay golpe de Estado”. Marcelo Taborda.

17 de agosto de 2011 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Una foto, 20 años y algunas historias comunes

El teléfono sonó esa mañana del 21 de agosto de 1991 en el piso 12 3ª del número 1 del Carrer de L' Harmonia. Al otro lado de la línea, Marcelo y Claudia saludaban con indisimulable fatiga y algo de angustia desde una cabina pública en la estación de Arco de Triunfo, puerta de Barcelona a la que habían llegado vía terrestre desde Madrid. En realidad, ese pequeño tramo español había sido el remate de un extenuante periplo iniciado un par de días antes en Córdoba (la nuestra), desde donde ambos partieron a Buenos Aires para abordar un vuelo de Aeroflot, la compañía símbolo de una poderosa entidad que a esa hora, en Moscú, comenzaba a dar los pasos cruciales hacia su desintegración total: la Unión Soviética. El recorrido entre la estación de buses y la parada de Montbau, por entonces la última de la línea verde del metro barcelonés, fue una mezcla de saludos y recuerdos de la Docta que viajaban en los bolsos de Claudia (médica) y Marcelo (músico), con descripciones frescas de lo que les había tocado vivir en un vuelo interminable que empezó en Buenos Aires y terminó dos días después en la capital española, previas escalas en Salvador de Bahía, Cabo Verde, Argel y Moscú. En el aeropuerto de la capital rusa quedaron varados, sin permiso de salida por más de 24 horas y bajo control de uniformados que les confirmaron una noticia que conocieron en el viaje y que creían propia de otros tiempos y latitudes: "Hay un golpe de Estado".Las horas de incertidumbre por la asonada (que tuvo al último presidente soviético, Mijail Gorbachov, como rehén en una dacha de Crimea y encaramó al flamante mandatario ruso Boris Yeltsin como líder de la resistencia y futuro jefe del nuevo Estado), por suerte, no se prolongaron demasiado.A Marcelo y Claudia, que se mudaban a Barcelona por un año a estudiar y perfeccionarse, los esperaba una Europa en plena metamorfosis, sobre todo en el este, que había visto desmoronarse casi dos años antes el Muro de Berlín o disolverse hacía apenas un mes el Pacto de Varsovia, contrapeso militar de la Otan.En el balcón de aquel piso 12, desde donde se veía a lo lejos el Mediterráneo tras las torres de Badalona, y donde el consumo en exceso de agua se pagaba más que las 75 mil pesetas de alquiler mensual, los recién llegados indagaron sobre cómo era la España gobernada por el socialista Felipe González, que en medio de inyecciones de divisas y múltiples obras se preparaba para un histórico 1992: el de la Barcelona olímpica; la Expo de Sevilla; el Madrid Cultural y el quinto centenario de la conquista de América. De fiestas y horrores. Pero mientras España vivía sus años de fiesta, abundancia y crecimiento, comenzaban a llegar las peores noticias de una guerra en las entrañas del Viejo Continente, la que desangraría a los Balcanes y desintegraría Yugoslavia de un modo mucho más trágico y cruel que la implosión que acababa con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y hacía nacer cada día una nueva república independiente. Los recién llegados se instalaron de inmediato en el vecino barrio de Vall d'Hebron, pero fueron visitantes frecuentes del departamento de becarios de Montbau que compartían dos parejas bien "sudacas". Entre cenas, mates o alguna que otra mano de truco o guitarreada, se mezclaban charlas políticas en las que palabras como " glasnost " o " perestroika " (la transparencia y apertura reformista de Gorbachov) se mencionaban tanto que hoy hubieran sido trending topics . Pero hace 20 años no había Twitter ni Facebook.En otros ámbitos de debate, se sumaba un médico nicaragüense con profesión de fe sandinista que definía a Gorbachov como agente de la CIA, o a veces terciaban catalanes comprometidos con causas propias y locales (como la reivindicación de su lengua) o remotas (como el apoyo al pueblo kurdo). También se discutía el papel de los acuerdos de Schengen en la polémica Ley de Extranjería con la que España asumía su papel de gendarme de la frontera sur europea. Se hablaba de eso durante y después de las clases de Sociología Jurídica de Roberto Bergalli. El nuevo desorden. Se leía sobre ello en las columnas que escribía en El País Manuel Vázquez Montalbán. Cuando el célebre escritor y periodista catalán recibió a este cronista en su casa de inmejorable vista a la ciudad condal, le habló de un mundo que se perfilaba unipolar con la "doble moral y la no verdad" de Estados Unidos establecida como paradigma universal pretendidamente indiscutible. Antes de aquel agosto del '91, el planeta había tenido muestras ostensibles del "nuevo orden internacional" con la primera guerra del Golfo Pérsico, en la que George Bush padre lideró la coalición internacional que castigó la invasión a Kuwait de su otrora aliado y amigo Saddam Hussein.Una foto que se escapó de un álbum mal guardado trasladó ayer imágenes cercanas a historias que tuvieron un valor global singular en aquel verano de agosto de 1991. Veinte años después, y visto desde otro agosto pero de invierno del sur, los cambios que llevaban a algunos a augurar un mundo ideal en la posguerra fría parecen lejanos de la Europa actual, a la que la crisis de la deuda, las corridas de las bolsas y los ajustes que potencian desempleo y eliminan los últimos resabios del Estado de Bienestar parecen haber adormecido sus mejores valores.