Un país partido, un abismo que se ensancha
Un abismo separa a chavistas y antichavistas. Pero lo más preocupante es que no tienen la intención de achicar esa inconmensurable distancia que los separa. Cada quien mira hacia su lado. Pedro Luque.
En Venezuela, la inseguridad y la desconfianza es una sensación cotidiana que se contagia al que viene de afuera desde el primer momento. En esto no hay diferencias políticas que valgan. Chavistas o no chavistas advierten todo el tiempo: "No hay que caminar solo por la calle, es peligroso" o "De noche la Policía desaparece, no se puede salir". Con la polarización extrema, que en estos días especialmente sentimentales se siente aun más fuerte, el miedo gana terreno y la división se acrecienta. Es imposible pensar en algún tipo de reconciliación entre las partes, o al menos una convivencia tranquila.La distancia entre las partes no es sólo política e ideológica. Es también física y concreta: Caracas es una ciudad partida. El centro y el oeste son oficialistas. En el este se concentra la gran mayoría opositora. Una guerra. El apoyo a Chávez brota, en su gran mayoría, de las zonas pobres. La indiferencia o incapacidad política hizo crecer barriadas como El Valle, que está pegada al Fuerte Tiuna, donde todavía se vela a Chávez. Enclavada en una montaña a la manera de favela brasileña, desde allí bajaban muchos de los cientos de miles de seguidores que se amontonaron y se seguirán amontonando durante días para despedir al presidente muerto. Esas masas enlutadas lo alaban, lo elevan al altar de los próceres porque aseguran que los hizo visibles. Los planes sociales, llamados aquí misiones, acaparan todos los campos imaginables, desde la educación hasta el deporte. Todo fue y es costeado con el oro negro venezolano.Las palabras de los seguidores de Chávez reflejan la misma intransigencia del líder. La inmensa mayoría usa, una y otra vez, idénticos términos militares para hablar de política, lo que la convierte en una guerra, una confrontación sin tregua que no deja lugar a grises. Se está de un lado o del otro. Sin discusión ni crítica.Esa batalla sin cuartel se traslada a todo los ámbitos y se refleja de forma feroz en los medios.Los actos fúnebres, por ejemplo, están bajo el control informativo del gobierno. Sólo la prensa afín puede acceder a la capilla ardiente. Todos los demás, sean locales o internacionales, son ubicados sobre una pequeña tarima bajo el inclemente sol, afuera de la Academia Nacional, desde donde no se ve nada. Banderas. Los críticos del gobierno enarbolan la bandera de las penurias económicas, que flamea junto al pabellón de la inseguridad. La inflación aprieta el cuello del país cada vez con más fuerza. El año pasado superó el 20 por ciento y los precios no dejan de subir. Se le suma la devaluación del bolívar, que no deja de perder valor.Nadie conoce a quien cambie divisas a precio oficial. Si en el banco te dan 6,30 bolívares por dólar, cualquier empleado de hotel, trabajador del aeropuerto o encargado de estación de servicio lo cambia a 17 ó 22 bolívares, dependiendo de la capacidad comercial del interesado. Para el extranjero, comprar algo con tarjeta de crédito significa pagar el doble o triple de lo que podría pagar si recurriera a estos improvisados y omnipresentes negociantes de divisas.También está la deuda púbica, estimada en unos 100 mil millones de dólares, y la falta de empleos fuera del ámbito público. En las calles los opositores aseguran que 75 por ciento de lo que se consume en el país es importado, todo por los beneficios del petróleo, lo que mantiene paralizada lo actividad productiva. Jugada decisiva. ¿Cuánto tiempo más puede mantenerse una situación así? Un abismo separa a chavistas y antichavistas. Pero lo más preocupante es que no tienen la intención de achicar esa inconmensurable distancia que los separa. Cada quien mira hacia su lado. Cada uno busca imponer condiciones. Y en esa lucha, el oficialismo siempre tiene las de ganar porque controla el aparato a su antojo. Sin embargo, Maduro no la tiene fácil. No tiene ni la mitad del carisma de Chávez. Su fuerza de arrastre es mucho menor, aunque hasta ahora ha demostrado que sabe usar el dolor popular. Además, cuenta con la incondicionalidad de los seguidores del líder fallecido, que lo señaló como continuador de su obra.El 14 de abril se juega la partida decisiva. Entonces se verá si las cartas de Maduro superan a las opositoras. Pero está claro que, sea cual sea el resultado, el pueblo venezolano seguirá partido.

