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Un cóctel servido para la radicalización

Entre los inconmensurables daños colaterales que dejó la invasión a Irak, lanzada en marzo de 2003 por George W. Bush y sus aliados, debe apuntarse la multiplicación de grupos y posiciones radicales y extremistas en ese país y sus vecinos.

16 de agosto de 2016 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Un cóctel servido para la radicalización

Entre los inconmensurables daños colaterales que dejó la invasión a Irak, lanzada en marzo de 2003 por George W. Bush y sus aliados, debe apuntarse la multiplicación de grupos y posiciones radicales y extremistas en ese país y sus vecinos.

Cada bomba o misil que impactaba en zonas civiles de Bagdad, Basora, Tikrit, Faluya, Mosul o cualquier otra ciudad iraquí potenciaba el rechazo a una guerra iniciada con pruebas falsas y prolongada a partir de intereses geoestratégicos.

Ese fue el caldo de cultivo para que grupos como el brazo de Al Qaeda en Irak, bajo el liderazgo del jordano Abu Musab al Zarqaui, reclutaran adeptos para la resistencia contra las tropas que mandaron a la horca a Saddam Hussein.

Pero además de la oscura trama bélica sobre la que acaba de volver a echar luz el Informe Chilcot y sus revelaciones sobre las complicidades del británico Tony Blair y el español José María Aznar, las fuerzas de ocupación alternaron abusos con torpezas en su toma de prisioneros.

Nombres tenebrosos

El nombre de Abu Ghraib trascendió en el mundo a partir de cientos de imágenes que se viralizaron sobre los tormentos que soldados estadounidenses infligían a sus prisioneros.

Con menos trascendencia pero similares denuncias de vejámenes, la cárcel de Camp Bucca es hoy apuntada como lugar clave en la génesis del Estado Islámico.

Emplazada en las afueras de Basora, al sureste de Irak, Camp Bucca fue administrada por militares estadounidenses, británicos y españoles. Dividido en 24 campos, el centro de detención llegó a tener 27 mil internos, a los que se vestía con uniformes de diferentes colores que eran la “marca” de su peligrosidad, nacionalidad u origen, fe religiosa o estudios.

Pero Camp Bucca terminó mezclando a quienes impulsaban a una guerra de guerrillas contra el invasor con aquellos que usaban los coches bomba para sembrar caos y terror sin reparar en víctimas civiles. En sus predios rodeados de alambre de púas se cruzaron algunos de los lugartenientes de Saddam y avanzados estudiantes de teología islámica, como el ahora “califa” Abu Bakr al Bagdadi.

Según The Soufan Group, una suerte de “empresa” proveedora de informes de Inteligencia a gobiernos y firmas privadas, al menos nueve integrantes de la cúpula actual del Estado Islámico pasaron por Camp Bucca. Quizá en esa mixtura de religión, fanatismos y experiencia castrense se cimentó la estrategia que permitió al grupo yihadista conquistar Mosul y, desde allí, lanzarse a la guerra siria y proclamar su “califato” hace poco más de dos años.

Ronald Bucca, en cuyo honor se bautizó el campo de detención iraquí, fue un jefe de bomberos de Nueva York que murió en esa ciudad el 11 de septiembre de 2001, cuando cayeron las Torres Gemelas. Su apellido, sin embargo, tal vez trascienda como el nombre del sitio donde se preparó un peligroso cóctel del que se sirvieron quienes hoy, 15 años después del 11-S, representan una amenaza a escala global.