Temas del día:

Todos los fuegos el miedo

Los yihadistas del Estado Islámico y los carteles de la droga mejicanos son grandes operadores del terror. Pueden usar distintas tácticas, pero el mensaje es el mismo.

07 de febrero de 2015 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Todos los fuegos el miedo

A  los 43 de Ayotzinapa los prendieron fuego y los arrojaron a un río para que nadie pudiera encontrarlos. Al piloto jordano también lo prendieron fuego, pero todo ocurrió ante las cámaras, para que el mundo entero fuera testigo.  El sigiloso fuego de los carteles mejicanos y el ostentoso fuego de los yihadistas del Estado Islámico (EI) son dos variantes de una misma táctica, la de miedo, un método tan antiguo como la humanidad, pero que hoy nos alcanza incluso en la comodidad de nuestras casas, a través de una pantalla de computadora. Derribado por disparos yihadistas o eyectado por problemas mecánicos de la aeronave, según quien cuente la historia, Moaz Kasasbeh cayó en manos extremistas. Esta vez, el EI no pidió cientos de millones de dólares de rescate, ni la retirada de Jordania de la alianza que bombardea a los yihadistas en Siria e Irak, con Washington a la cabeza. Esta vez exigieron la liberación de una mujer, Al Rishawi, condenada por el peor atentado terrorista en el país.El gobierno jordano estaba dispuesto a realizar el intercambio, pero la negociación se truncó cuando se pidió una prueba de vida del piloto. Los yihadistas no pudieron cumplir con esa exigencia porque ya lo habían ejecutado un mes antes, el 3 de enero. La negociación era una farsa. Música y efectos especiales Con un despliegue cinematográfico que incluyó música de fondo y efectos especiales, Kasasbeh fue encerrado en una jaula y prendido fuego ante las cámaras. Luego, una topadora tapó todo con escombros. Tras degollar a varios prisioneros en los últimos meses, la decapitación de un rehén japonés este fin de semana se perdió en el océano de noticias internacionales. El método perdió capacidad de sorpresa, por esa cualidad humana de acostumbrarnos a todo, inclusive al horror.Por eso el fuego, los efectos especiales y la música de fondo. Por eso las atrocidades que cometen en el suelo que controlan: un tercio del territorio del norte y oeste de Irak, y un tercio del norte y este de Siria.Allí, según el informe publicado el miércoles por el Comité de Naciones Unidas para los Derechos del Niño, los yihadistas crucifican, decapitan e inclusive entierran vivos a niños de minorías religiosas. También realizan ejecuciones masivas y usan a los menores como escudos humanos y como atacantes suicidas.Tras la brutal ejecución de Kasasbeh, algunos países de la coalición dieron un paso atrás, como Emiratos Árabes Unidos, que decidió no participar más en misiones que pongan en riesgo a sus pilotos.En contrapartida, Jordania ejecutó a dos extremistas presos y bombardeó posiciones del EI, mientras se multiplican en el mundo musulmán los rechazos al accionar yihadista. El miedo es una estrategia de doble filo. Inyecciones de espanto Los carteles de droga mejicanos son los grandes operadores del miedo de este lado del mundo. El miércoles pasado, Alejandro Gustavo Salgado Delgado, dirigente del Frente Popular Revolucionario, apareció decapitado, torturado y con las manos cortadas.Durante los últimos meses, había promovido movilizaciones por la desaparición de los 43 estudiantes. Además, intentaba cambiar las condiciones de los jornaleros de la montaña de Guerrero, una de las zonas de mayor cultivo de opio del planeta. Su activismo incomodaba a más de uno, y su destino desmotivará a muchos de sus compañeros.Los operadores del miedo a veces prefieren actuar entre las sombras. Es el caso de los estudiantes de Ayotzinapa. Sus verdugos pretendieron sumarlos a la interminable lista de desaparecidos que tiene México.Esta semana, ante el Comité contra las Desapariciones Forzadas de la ONU, el gobierno mejicano reconoció que no sabe cuántos desaparecidos hay en el país. La última estimación oficial, de octubre, habla de unos 23.270 desaparecidos en los últimos seis años.Se trata de un miedo con signo de interrogación, que apela al imaginario de cada uno, a los pavores más personales. Las formas cambian, pero el mensaje es el mismo.