Tensiones y fracturas
Decepcionados o leales puede ser una dicotomía aplicable a quienes cortaron o mantuvieron lazos con la Cuba castrista.
Apenas dos palabras –revolución cubana– evocan vertiginosos acontecimientos vinculados a la crucial experiencia histórica del país caribeño y a la de Latinoamérica.
Desde el 1º de enero de 1959 hasta el presente, Cuba procuró sostener un gobierno socialista surgido a través de la lucha armada contra la dictadura de Fulgencio Batista. A partir de 1962, las dificultades que afrontó fueron consecuencia directa del bloqueo y del embargo norteamericanos, que sumieron en la asfixia y en la parálisis a la economía de la isla.
Sin embargo, la existencia de un partido único, la reelección indefinida de Castro, la restricción inflexible de las libertades públicas, constituyen hechos objetivos contrapuestos a la posibilidad de un gobierno basado en la democracia y en el pluralismo.
ESPECIAL. Todo sobre la muerte de Fidel Castro.
Para quienes plantean las ideas de una izquierda acaso sabiamente resignada a descartar la vía violenta, esta posibilidad de convivencia ciudadana presupone un legítimo camino político susceptible de ser transitado. Aducir lo contrario es reafirmar que el hecho innegable de la amenaza norteamericana y de los exiliados de Miami tiene para el régimen un peso cualitativo superior a las libertadas individuales supuestamente garantizadas por las democracias burguesas.
Este muy escueto panorama abre otro segmento no menos complejo, cual es el curso zigzagueante de la larga relación de los escritores, de Cuba y de América latina, con ese rumbo de perentorias transformaciones desencadenadas por la Revolución. Decepcionados y leales puede ser una elemental dicotomía aplicable a los que, respectivamente, cortaron o mantuvieron sus lazos con la Cuba castrista.

Literatura o revolución
La simplicidad de dicha bifurcación cesa de manera brusca si se problematiza y se soslaya la mera descripción de la trama de discursos producida por los escritores y la Revolución. Mario Benedetti (amigo incondicional de Cuba, al igual que Eduardo Galeano) planteó en 1971 una disyuntiva contundente: “En el trance de elegir entre revolución y literatura, hemos optado por la primera”.
En los términos de ese dilema, hay que leer el núcleo siempre renovado, conflictivo, testarudo, de las relaciones entre el escritor y el compromiso político.
Desde esta última apreciación discurre la historia de adhesiones, rupturas, ambivalencias; en fin, de atracción y rechazo inspirados por la revolución en el poder y por la insaciable voracidad de la revolución. Dentro y fuera de la geografía de Cuba, ambos polos llevan inscriptas las oscilaciones, ora subterráneas, ora visibles, que fueron dibujando una constelación de escritores (condición que no tardó en ser casi completamente fagocitada por la de intelectuales) mediante su palabra y su acción en los años del fervor, los ’60, y más adelante en menor medida, cuando Castro apoyó la invasión soviética a Checoslovaquia (1968) o cuando resucita al Partido Comunista cubano con sus dogmas y sus ignominiosas prácticas.
Redesplegar el cuadro de estos “casos” y observar el espesor de diferencias del que fueron portadores induce la tarea de buscar, si no interpretaciones, al menos hipótesis sugeridas por una vasta documentación.
Contrapunto
Sin despojarlo de sus asimetrías y desfases, se puede esbozar una suerte de contrapunto entre, al menos, cuatro escritores cubanos y cuatro latinoamericanos, todos dueños de una depurada calidad estilística y literaria. Cabe, asimismo, señalar que en sus biografías la Revolución Cubana y sus tentaculares efectos ocuparon un lugar central. Las de los cubanos Lezama Lima, Cabrera Infante, Severo Sarduy y Reynaldo Arenas abarcan dos aspectos: el haber “caído en desgracia” (según la ominosa expresión inaugurada en la década de 1930 por los soviéticos) y el haber sufrido formas drásticas o atenuadas del exilio.
La dimensión estética es la que prevalece en la escritura de Lezama y el hipnótico hermetismo sonoro de sus frases funda su estatuto de escritor. En síntesis, lo protege y a la vez lo aparta de las ensordecedoras y luminosas fiestas colectivas de la Revolución, pues la figura del escritor lezamesco habita el silencio nocturno de su biblioteca.
Para la mirada omnipresente del régimen, este derroche de gratuidad como rasgo de la literatura resulta inadmisible, algo intuido muy tempranamente por Severo Sarduy cuando, luego de cumplir el período de una beca, decide quedarse en París y erigir allí un suelo provisorio para sus textos.
La saña de la persecución y la censura del régimen contra un escritor como Reynaldo Arenas (de origen campesino y que participó a los 15 años en la guerrilla), acusado de homosexual, vituperado, encarcelado, condenado a cortar caña, conducen tales padecimientos al trágico desenlace del exilio, del sida y del suicidio en 1990, en Nueva York. Lo desolador es que sus ya elocuentes primeros pasos de escritor fueron dados gracias a la arrolladora política cultural de la Revolución.
Cabrera Infante murió en 2005 en Londres sin poder regresar a su patria tras haberla abandonado a causa de frecuentes choques con el régimen, desde el cierre (en 1961) de Lunes de Revolución hasta la expresa prohibición de publicar sus libros en Cuba.
El caso Padilla
Difícilmente podría omitirse la profunda grieta abierta por el llamado “caso Padilla” en el hasta entonces casi homogéneo y vasto grupo de intelectuales que apoyaban la Revolución. En 1971, Heberto Padilla fue obligado a autocriticarse ante sus pares y confesar en público sus reiteradas conductas contrarrevolucionarias insinuadas en un libro de poemas y en una novela.

Frente a las críticas que formularon prestigiosos nombres de la cultura mundial (Sartre, Pasolini, Resnais, Octavio Paz, Rulfo, Juan Goytisolo, el mismo Cortázar) sobre “el esperpéntico mea culpa”, Castro, al clausurar el Primer Congreso Nacional de Cultura organizado en esa circunstancia, fijó sin atenuantes el rol de los intelectuales: estar al servicio de la Revolución y admitir que no eran auténticos revolucionarios pues no habían, como estos, combatido con las armas.
Para decirlo de manera tajante: primacía al contenido político de la obra de arte.
Adhesiones y disidencias
Si este vaivén temporal es capaz de adquirir consistencia, ahí están, para corroborarlo, cuatro escritores (no son los únicos) catalogados dentro del llamado boom de la literatura latinoamericana: García Márquez, Vargas Llosa, Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Todos ellos trabaron relaciones disímiles, si no contradictorias, con la Revolución Cubana. Pero fueron justamente esas modalidades las únicas susceptibles de adaptarse siquiera en períodos breves a los cambiantes ritmos políticos y culturales de un mundo cuyos umbrales demoraban en ser los definitivos.
A diferencia de los escritores cubanos (excepto los que hábilmente habían pactado con el régimen, como Alejo Carpentier), los recién citados podían tomar distancia de la recurrente productividad de desacuerdos que jalonaron el devenir de la Revolución. Tal fue lo que ocurrió cuando Carlos Fuentes, el primero en alejarse para siempre, no permitió en 1964 que Fernández Retamar, el “patrón” de Casa de las Américas, objetara desdeñosamente sus intentos por ayudar con los medios a su alcance al gobierno cubano.
En la misma oportunidad, una actitud similar le valió a Pablo Neruda el título de “agente del imperialismo”. Unos cuatro años después, Vargas Llosa rompió con las autoridades cubanas luego del “caso Padilla” y cuando quisieron imponerle la donación del premio Rómulo Gallegos.
García Márquez, en cambio, logró mantenerse al margen del hervidero de pugnas y escisiones y más tarde, gracias a su amistad personal con Fidel Castro, pudo interceder con éxito por numerosos detenidos políticos.
Hasta su muerte en 1984, Cortázar, menos politizado que los demás, persistió en su cerrado y honesto propósito de permanecer al lado de Cuba.
Las preguntas afloran a borbotones. Quizás una sola traslada el eco de las otras: ¿son inconciliables las esferas del escritor y la Revolución? Trazan desarrollos paralelos, nutren inevitables puntos de intersección, se separan para volver a unirse o viceversa, y cuando creen renunciar a sus metas se trata sólo de una pausa en un acontecer que no se detiene.

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Juventud agitada
1926. Nace Fidel Castro Ruz el 3 de agosto en Birán (provincia de Holguín). Fue el tercero de siete hermanos.
1945. Inició sus estudios de Derecho en La Habana. La severa educación recibida de sus padres le influyó tanto como la religiosidad de su madre y sus años de estudio con los jesuitas. Llegó a matricularse en tres carreras: Derecho, Diplomacia y Ciencias Sociales.
1948. Se casó con Mirtha Díaz Balart, una estudiante de Filosofía de una acomodada familia habanera. Realizaron su viaje de bodas a Nueva York.
1953. En plena dictadura de Fulgencio Batista, en julio, encabezó el asalto al cuartel de Moncada, en Santiago.
1953. En octubre, Fidel y Raúl Castro son condenados a prisión por el asalto al cuartel de Moncada. A Fidel le dan 15 años. Durante el juicio, pronuncia su famoso alegato “La historia me absolverá”, en el que defendió sus acciones y explicó sus puntos de vista políticos. En prisión crea el Movimiento 26 de Julio (M-26).
1955. Luego de ser liberado, Fidel se exilió en Estados Unidos y después en México. Conoce a Ernesto “Che” Guevara.
*Escritor

