Tailandia, el paraíso de los golpistas
La figura de Thaksin es el detonante de la inestabilidad en Tailandia.
Una empalizada de alambre de púas y varios militares armados cortaban el camino. El taxista dobló a la derecha. Cuándo le pregunté qué pasaba, el impávido conductor explicó que todas las calles de las inmediaciones del Palacio Chitralada, la residencia del rey de Tailandia en Bangkok, habían sido cerradas por culpa de las manifestaciones. El lento rodeo a los cuatro kilómetros cuadrados de terrenos reales estuvo custodiado por intimidantes cercos instalados en cada esquina.
Era el 17 de noviembre de 2013, día del Loi Krathong, la festividad en que se muestra respeto al agua. Ríos, lagos y mares fueron forrados con millones de barquitos de hojas de plátano con velas encendidas. El cielo nocturno también fue colonizado por luces, con incalculables globos de papel. Como cada año, los tailandeses celebraron, sin sospechar que una semana antes se había plantado la semilla de la crisis política que el jueves pasado floreció en un nuevo golpe de Estado.
El 11 de noviembre, el Senado había rechazado una ley de amnistía propuesta por el gobierno de Yingluck Shinawatra. Esa ley hubiera permitido que regresara al país, sin cumplir una condena por corrupción, el hermano de la mandataria, Thaksin Shinawatra, antiguo primer ministro depuesto por un golpe de Estado en 2006.
País partido
La figura de Thaksin es el detonante de la inestabilidad en Tailandia. Sus seguidores y sus detractores fueron los protagonistas de las protestas que sacudieron al país durante siete meses, hasta que el jefe del ejército asumió esta semana el poder, tras considerar fallidos los intentos de que el Ejecutivo interino y los opositores alcanzaran un acuerdo.
Pese a estar exiliado en Londres, Thaksin parte al país al medio, ya que cuenta con el apoyo de las zonas rurales y de las clases humildes, sobre todo en el norte de la segunda economía del sudeste asiático. Se ganó el favor de los desfavorecidos con la universalización de la salud, la entrega de microcréditos a pequeños productores y la compra por parte del Estado del arroz a un precio mayor al del mercado. Estas políticas engendraron un recio movimiento de apoyo al depuesto mandatario, conocido como “camisas rojas”.
En la otra vereda, un antiguo vice primer ministro, Suthep Thaugsuban, lidera a manifestantes opositores, o “camisas amarillas”. Esta heterogénea masa, compuesta por clases medias y urbanas, la elite burocrática y cercana a la monarquía y los militares, se mantiene unida por su rechazo al exiliado líder, al que consideran el “poder detrás del poder”. Aseguran que compró votos durante años con políticas populistas insostenibles y exigen una reforma del sistema político.
Insana costumbre
“Vuelvan antes de la medianoche, parece que hay toque de queda”, advierte la encargada del Tropical Garden Bungalow, en Koh Phi Phi, una de las islas turísticas del sur tailandés. “¿Hay toque de queda? ¿Por qué? ¿Desde cuándo?”, le preguntamos. “No está claro. Por las dudas, no vuelvan tan tarde”, agrega, aunque sin darle mucha importancia.
Es el último fin de semana de noviembre. Las marchas se han vuelto masivas y violentas en Bangkok, pero gran parte del país permanece ajeno a la lucha política. Los visitantes siguen colmando hoteles y las fiestas siguen extendiéndose hasta el amanecer.
Los cerca de 70 millones de tailandeses están acostumbrados a la intervención militar: desde que acabó la monarquía absolutista, en 1932, el país sufrió 12 golpes de Estado. Además, hubo otros siete levantamientos fallidos. O sea que, en promedio, se registra una intentona golpista cada cuatro años y medio. Mientras perdure la ley de 1914 que da derecho a los militares a intervenir en asuntos políticos, Tailandia seguirá siendo el paraíso de los golpistas.

