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¿Sólo un ciudadano más?

Si se computaran de modo taxativo éxitos y fracasos del mandatario saliente, la balanza se inclinaría tal vez a su favor, pero de un modo no tan contundente.

18 de enero de 2017 a las 12:31 a. m.
Redacción La Voz
¿Sólo un ciudadano más?

Después del emotivo discurso que la semana pasada pronunció a modo de despedida en la Chicago donde irrumpió hace dos décadas como orador brillante y convincente, Barack Obama encarará hoy su última rueda de prensa como presidente de Estados Unidos.

Será uno de los últimos actos oficiales del primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca, la mansión presidencial que los negros de Estados Unidos habían contribuido a erigir, pero que nunca habían logrado habitar, hasta el 20 de enero de 2009.

El acto de toma de posesión de su sucesor, Donald Trump, el próximo viernes, preanuncia drásticos cambios de forma y encierra interrogantes de fondo que en parte han eclipsado la despedida de quien dejará el cargo con casi el 58 por ciento de popularidad, tras ocho años envueltos en numerosas vicisitudes.

Algunos biógrafos y analistas ya se aventuran a profetizar que el legado de Obama será más reconocido y ponderado con el pasar de los años. Otros prefieren concentrarse en un balance de promesas cumplidas y deudas pendientes para calificar su obra.

Con las premisas iniciales, puede intuirse que el juicio de la historia favorecerá al exsenador por Illinois, a partir de la comparación con su sucesor inmediato. Algo así le ocurrió al también demócrata Bill Clinton, cuando se medían sus dos mandatos frente a los ocho años de unilateralismo y oscuridad de George W. Bush.

Si se computaran de modo taxativo éxitos y fracasos del mandatario saliente, la balanza se inclinaría tal vez a su favor, pero de un modo no tan contundente.

La reforma del sistema de salud, el “Obamacare”, es la bandera social más importante de quien asumió el cargo en medio de una crisis financiera que pudo pilotear y encarrilar, con recuperación de empleo incluida. Pero esa bandera quizá sea la primera que arriará el magnate republicano, quien no sólo en esta área promete desandar el camino recorrido por Obama.

La inconclusa reforma migratoria, torpedeada por la mayoría opositora en el Congreso y por los estados más conservadores, amenaza con convertir en pesadilla el anhelo no sólo de los dreamers.

El multilateralismo pregonado desde su campaña proselitista de 2008 en el campo internacional obtuvo un prematuro Nobel de la Paz a poco de iniciar su primer mandato. Pero a su anunciado y cumplido retiro de tropas de Irak y de Afganistán, luego modificado sobre el terreno, contrapuso vidriosas operaciones en Libia o en Siria, con apoyo a rebeldes cuya radicalización puede haber reforzado a yihadistas del Estado Islámico o a la menguada Al Qaeda.

La anunciada muerte de Osama bin Laden, presentada como victoria frente al terrorismo que reivindicó los ataques del 11-S, que­dó eclipsada por los horrores cometidos por quienes autoproclamaron en junio de 2014 un “ca­li­fato” entre Siria e Irak.

Y la promesa de cerrar el penal de Guantánamo, asociado al limbo legal y a las torturas avalados por la CIA en la “guerra contra el terror” propiciada por Bush hijo, tampoco fue cumplida.

En cambio, el acuerdo nuclear con Irán y el deshielo con Cuba que selló con su histórico viaje de marzo a la isla sí podrán anotarse como pasos concretos, aunque Trump amenace con borrarlos.

Se va Obama. Su aseveración de que él habría derrotado a Trump el 8 de noviembre, además de poner en evidencia la falta de carisma de Hillary, fue la revela­ción de su impotencia por lo que no pudo, no supo o no quiso, y por lo que imagina que puede per­derse. Él prometió ser desde el viernes un ciudadano más, pero su perfil no parece el de un pasivo presidente jubilado de 56 años.