Rusia y el después de una guerra aún incierta
La invasión de Rusia a Ucrania transformó el mundo de una manera que no podía imaginarse hace apenas algunos meses.
Las intenciones de Vladimir Putin no parecen estar aún del todo claras: ¿qué quiere, exactamente, Moscú? ¿Integrar definitivamente a Ucrania a su territorio? ¿Imponer a un nuevo gobierno títere o a una especie de Yanukovich 2.0? ¿Cómo se explica que un hombre de vasta experiencia como el ruso haya decidido una invasión de estas características sin prever las consecuencias que sufriría su país? ¿Avanzar más sobre las exrepúblicas soviéticas que aún no son miembros de la Otan Lo cierto es que no es descabellado afirmar que Rusia no se detendrá en Ucrania, sino que, más bien, perseguirá otros fines.
Todo parece indicar, por estas horas, que Rusia puede negociar desde otro lugar porque se encuentra en una posición de clara superioridad militar. Esa fortaleza se traduce en que las demandas solicitadas son muchas y prácticamente imposibles de cumplir para Kiev: el reconocimiento de la independencia de las repúblicas de Donesk y Lugansk, la cesión de Crimea a Moscú y la sanción de una nueva Constitución Nacional ucraniana que prohíba expresamente la adhesión futura tanto a la OTAN como a la Unión Europea (UE). Volodimir Zelenski declaró recientemente que “ya no tiene intenciones” de que su país ingrese a la Otan. Al final, esto le terminó resultando más caro de lo esperado y le trajo más dolores de cabeza que beneficios a Kiev. Pero ¿y para Moscú?
Por lo pronto, la invasión de Rusia a Ucrania transformó el mundo de una manera que no podía imaginarse hace apenas algunos meses. El gasto militar de las grandes potencias ha comenzado a escalar, inclusive el de países con tradiciones pacíficas como China. O el de Estados que no aumentaban de forma considerable su presupuesto militar desde la Segunda Guerra Mundial, como Alemania o Japón. Trump les pedía a sus socios de la Otan que aporten más a la organización, ya que todo el peso, decía, recaía sobre Washington. Irónicamente, sin proponérselo, esto es lo que logró Putin.
Tensión con la historia
En 1984, un lector del Pravda, órgano de prensa oficial del Partido Comunista de la Unión Soviética, envío una carta que decía: “Cuando puedan hacer unos jeans mejores que los 501 de Levi’s, será el momento de empezar a hablar de orgullo nacional”. Hoy, la famosa marca de jeans estadounidense, al igual que otras de ropa deportiva, cadenas de comida, tarjetas de crédito, o servicios de streaming, dejarán de operar, en principio temporalmente, en el país.
Para los rusos, la pertenencia al capitalismo y al mundo occidental está en permanente tensión con su historia y el orgullo de su propio pueblo. Hace 30 años que Rusia no es un país comunista, no obstante, a partir de las sanciones sufridas luego de la invasión a Ucrania, tras 30 años, volverá a ser un país “aislado” en gran medida respecto de Occidente. Con esto se corre el riesgo de reforzar aún más el nacionalismo ruso, reeditando un nuevo Versalles.
Moscú, más allá de una victoria militar sobre Ucrania, quedará tan debilitado y aislado debido a las sanciones que es difícil observar un escenario donde, efectivamente, el Kremlin “triunfe”. El desprestigio en lo que respecta a su softpower en la arena internacional se encuentra en su punto histórico más bajo, en décadas. Por ello, quizás el mayor beneficiado de todo esto podría ser Beijing.
China puede aprovechar para consolidarse como un actor de paz en el escenario global; a su vez, sumar influencia geopolítica, y, sobre todo, económica, sobre un alicaído Moscú, más necesitado que nunca de un salvavidas. A mediados del siglo 20, el exsecretario de Estado, Henry Kissinger, decía que había que hacer todo lo posible para alejar a Moscú de Beijing. Hoy, por impericia o por decisión, Washington los está acercando más que nunca.
* Magister en Relaciones Internacionales, becario doctoral de Conicet

