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Riqueza franciscana

El Papa, a quien le encomendaron no olvidarse de los pobres, el que eligió un nombre que entraña compromiso con quienes más necesitan, envió muchos mensajes en un mismo pronunciamiento.

27 de noviembre de 2013 a las 02:00 p. m.
Redacción La Voz
Riqueza franciscana

"La mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas", afirma Jorge Bergoglio, el papa argentino, en Evangelii Gaudium , su primera exhortación apostólica que el Vaticano acaba de divulgar.

Más allá de la profusa cantidad de mensajes para los católicos que emanan del texto, las reflexiones de Francisco abordan con crudeza las desigualdades globales a partir de un párrafo en el capítulo segundo titulado “Algunos desafíos del mundo actual”, en el que desnuda inequidades que algunas teorías económicas han presentado como normales o irreversibles, o para las que han sugerido respuestas que son falacias.

El Papa apela nada menos que al quinto mandamiento (No matarás) para resaltar el impacto negativo que en la vida humana tienen una “economía de la exclusión y la inequidad”.

Una comparación del Pontífice remite a renglón seguido al impacto mediático dispar que tiene en la sociedad actual una baja en las bolsas o mercados financieros, con su inmediato revuelo, frente a la escasa repercusión que se da al deceso de un anciano que muere de frío. El ejemplo se podría multiplicar de manera exponencial si se recuerda lo que pasó no hace tanto, en plena debacle de los mercados europeos por la crisis de la deuda. Entonces, los catastróficos títulos del derrumbe financiero relegaron la noticia de que miles de personas estaban a punto de morir de hambre si no recibían asistencia humanitaria en el cuerno de África. ¿Cuál era y sigue siendo la catástrofe?

Francisco, el que aboga desde el inicio de su papado por una “Iglesia pobre para los pobres”, señala en su texto que el pretendido “juego de la competitividad” con los parámetros actuales “es la ley del más fuerte”, donde el poderoso se come al más débil y denuncia que el ser humano en sí mismo es un bien de consumo en esta “cultura del descarte”.

Desacralizar al mercado

Y aquí el Papa desliza una definición que entraña una cruda crítica al modelo que por años se vendió como panacea en esta y otras partes del planeta. “En ese contexto, algunos todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo”.

“Esa opinión –prosigue Francisco–, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando”.

La contundencia de las críticas al sistema no pertenece ni al discurso ortodoxo de un líder de izquierda, susceptible de demonizar como anclado en el pasado, ni a una diatriba clasificada como neopopulista para proceder a la automática descalificación ideológica de su autor.

Se trata del pensamiento de una de las personalidades espiritualmente más influyentes del planeta. El pensamiento de alguien que, ante el dolor por los migrantes que mueren en su intento por llegar a Lampedusa, fustigó la globalización de la indiferencia. “Ya no lloramos ante el drama de los demás”, dice Francisco en una exhortación que en estos tópicos bien puede hacerse extensiva a los no católicos o a los cristianos menos practicantes.

El Papa, a quien a poco de su elección le encomendaron no olvidarse de los pobres, el que eligió un nombre que entraña compromiso con quienes más necesitan, ha enviado muchos mensajes en un mismo pronunciamiento.

La riqueza de sus conceptos emana de esa opción de la que ya había dado muestra con algunos gestos, más allá de credos o desconfianzas.