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Resultados de un torpe simulacro de apertura

Al Asad había anunciado el levantamiento del estado de excepción, vigente desde 1963. Sin embargo, seguirá hasta mayo, cuando la Asamblea (designada por el presidente) avale la decisión. Enric González.

23 de abril de 2011 a las 12:01 a. m.
Enric González (El País, de Madrid)
Resultados de un torpe simulacro de apertura

El gobierno sirio aprobó esta semana el levantamiento del estado de excepción tras perpetrar una nueva matanza de ciudadanos en Homs y con el país sumido en una crisis excepcional. Acto seguido anunció que no se toleraría ninguna protesta pública. Los mensajes contradictorios del gobierno de Bachar al Assad sólo podían interpretarse como una exhibición de cinismo o como una señal de que el régimen empezaba a descomponerse por dentro. El estado de excepción estaba vigente desde 1963, el año en que el partido nacionalista Baaz se hizo con el poder. Durante casi medio siglo, a lo largo de la presidencia de Hafez al Assad y de los 11 años en el cargo de su hijo y heredero, Bachar al Assad, las leyes excepcionales suprimieron los derechos de manifestación, reunión y expresión, y permitieron a las fuerzas de seguridad detener y torturar sin ningún límite. Resultaba paradójico que esas leyes, diseñadas para sofocar de raíz las rebeliones contra la dictadura, fueran a ser abolidas en el mismo momento en que el Ministerio del Interior denunciaba la existencia de una sublevación armada de grupos salafistas.El ministro del Interior, Mohamed Ibrahim al Shaar, se justificó con esa presunta sublevación islámica para ordenar a los sirios que se abstuvieran de participar en cualquier protesta pública y amenazó con aplicar a los manifestantes las leyes en vigor, en referencia, se suponía, a las leyes de excepción que su gobierno quería supuestamente suprimir. El estado de excepción iba a seguir vigente al menos hasta principios de mayo, porque los miembros de la Asamblea (designados por el presidente) debían reunirse para refrendar la decisión gubernamental. Al Asad mantenía desde el principio de la revuelta siria una actitud indescifrable. Prometía reformas, hablaba de tolerancia, sonreía, y a la vez desplegaba fuerzas de seguridad y bandas de matones en una operación represiva. Esto demostraría sus propias contradicciones y el enfrentamiento con sectores inmovilistas del régimen, representados por el general Asef Shawqat, cuñado de Al Asad y jefe del ejército.