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Queda mucho por contar

Glenn Greenwald no los contó pero dice que en su poder obran cerca de 20 mil documentos que le filtró el excontratista de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos, Edward Snowden.

07 de agosto de 2013 a las 02:00 p. m.
Redacción La Voz
Queda mucho por contar

Abogado constitucionalista, defensor de garantías civiles, escritor y periodista que escribe para el diario británico The Guardian desde Brasil, Greenwald fue uno de los primeros en revelar la trama de espionaje a las comunicaciones telefónicas y mensajes de Internet que a escala planetaria practica desde hace años el país más poderoso del mundo.

Su fuente, el espía arrepentido que voló de Hawai a Hong Kong para develar una trama y destapar un escándalo de proporciones aún inconmensurables, vive asilado de manera temporal en algún lugar de Rusia, cuyas coordenadas se preservan en secreto por motivos de seguridad. Y esta vez no es la seguridad alegada por el Estado impulsor del espionaje para justificar intromisiones a la vida privada de las personas o a las soberanías de otras naciones. Se trata de la seguridad del joven técnico cuyos conocimientos pueden dejar aún más al desnudo las políticas de la Casa Blanca y su desdén por principios básicos del derecho internacional. A pesar de lo que ha almacenado en ella o quizá justamente por eso, la cabeza del exempleado de la NSA tal vez ya tenga precio.

Por lo pronto, senadores rusos han anticipado que desean que Snowden suministre detalles de los programas de espionaje estadounidense a Moscú para que puedan blindarse los asuntos internos y estratégicos más sensibles. De materializarse esa “cooperación”, las protestas ya esbozadas por la Casa Blanca contra el Kremlin, por la decisión de Rusia de asilar al exespía, se elevarán hasta niveles de la Guerra Fría.

En este escenario de intrigas y operaciones encubiertas no es ilógico desconfiar de una alerta mundial dada por Estados Unidos a sus embajadas y consulados, 20 de los cuales fueron cerrados hasta el sábado próximo por las versiones de un gran atentado en ciernes, con el que la red Al Qaeda daría un golpe de efecto hacia el final del Ramadán. La explicación de que la alerta se originó en comunicaciones interceptadas al máximo líder actual de la red, Ayman al Zawahiri, y a su lugarteniente en la península Arábiga, Nasir al Wahisi, puede ser vista no sólo por los más escépticos como una justificación de los medios empleados para lograr el fin de evitar otro 11-S o ataques como los que sacudieron en forma coordinada hace exactamente 15 años a las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania.

Mientras, en la sede neoyorquina de la ONU, el secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, acaba de oír la queja de cancilleres del Mercosur por el espionaje a sus gobiernos y ciudadanos y por el inexplicable trato que países europeos dieron al presidente de Bolivia, Evo Morales, a cuyo avión negaron el paso por la sospecha de que llevaba a Snowden como polizón. El ministro de Exteriores de Venezuela, Elías Jaua, repitió ayer la oferta de asilo de su país al joven exespía. Y Greenwald no sólo ratificó que Latinoamérica fue objeto de intervenciones, sino que detalló que en Brasil funcionó una de las 16 bases de espionaje estadounidense a millones de llamadas y correos electrónicos.

Claro que en tiempos de grandes secretos revelados o enigmas que salen a la luz, la noticia de ayer no estuvo a cargo de espías ni arrepentidos sino de cardiocirujanos: al parecer, George W. Bush tenía corazón.