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Patear el tablero

Un mito está seriamente cuestionado: el que asegura que los países árabes no están culturalmente preparados para la democracia y que sus pueblos aceptan las dictaduras como única forma de gobierno viable. Alejandra Conti.

07 de marzo de 2011 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Patear el tablero

Un mito está seriamente cuestionado: el que asegura que los países árabes no están culturalmente preparados para la democracia y que sus pueblos prefieren la mano dura y aceptan las dictaduras, civiles, monárquicas o militares, como única forma de gobierno viable. Esa idea fue sostenida durante décadas por políticos, diplomáticos y empresarios satisfechos con ese orden tan beneficioso para tantos intereses. Lo sucedido en Túnez y Egipto, y sobre todo, lo que sucede en Libia –donde la represión es mucho más brutal que en los dos casos anteriores– deja claro que todo tiene un límite.Aún es pronto para festejar por la democracia, pero la posibilidad no debe rechazarse de plano. Esa forma de gobierno, imperfecta, si se quiere, pero la menos injusta de la que se dispone, logró arraigarse no sólo en Occidente, sino también en algunos países de África y Asia. ¿Por qué los árabes y musulmanes deberían ser una excepción? Ni la cultura ni la religión son justificativo. Eso puede haber sido antes, pero ahora, el 60 por ciento de las poblaciones de esos países tiene menos de 30 años. No debe extrañar que la insurgencia haya partido de ellos, comunicados por Internet y enterados de una realidad exterior que a sus padres y abuelos nunca se les permitió conocer. Factores de movilización. Las rebeliones tienen desde su origen un marcado sesgo popular y así se han mantenido. En sus raíces están los reclamos principalmente económicos, sociales y políticos que deben cumplirse para que esos súbditos se conviertan en ciudadanos con todos los derechos que confieren las democracias. Lo religioso, que tanto temor genera en Occidente, hasta ahora, no cuenta como factor movilizador. No se puede predecir con exactitud qué depara el futuro para cada uno de los pueblos en rebelión en estos momentos; lo que es seguro es que no quieren lo que tienen. Nada volverá a ser lo mismo, tanto si los nuevos gobiernos se hacen eco de los reclamos como si aplastan los levantamientos a sangre y fuego.En Túnez y en Egipto, las rebeliones dieron resultados más o menos inmediatos: ambos gobiernos cayeron. Los que subieron en su lugar (hasta ayer nomás parte de los antiguos regímenes) prometen cambios, pero… siempre hay un pero, y en este caso se trata de que el pasado tiene peso en el presente. Por encargo de Estados Unidos, el gobierno de Hosni Mubarak participó en la guerra contra Irak en 1990, colaboró con el bloqueo de la Franja de Gaza, mantuvo una actitud oscilante respecto de Israel y aceptó la tercerización del trabajo antiterrorista sucio, como los interrogatorios bajo tortura a sospechosos de otros países derivados por la CIA.A cambio, recibía una cuantiosa ayuda militar y alimentaria de Washington. Difícilmente el actual o futuro gobierno pueda prescindir de esa asistencia tan condicionante. Un caso diferente. En Libia, la situación es mucho más compleja. La organización de las diferentes fuerzas de seguridad manejadas por el propio Muamar Kadhafi y sus hijos, y la presencia de mercenarios extranjeros, la organización tribal, entre otros factores, han generado una complejidad que produce que la rebelión se mantenga activa al costo de no se sabe cuántos muertos. Libia servía a muchos intereses occidentales, no solamente por el petróleo. Un solo ejemplo: había accedido a impedir que inmigrantes ilegales salieran de su extensa costa rumbo a Europa, particularmente hacia Italia. Una especie de gran guardiacárcel africano. Pero el gran dilema que se les presenta a los amigos occidentales de Kadhafi –Estados Unidos, particularmente– es saber en manos de quién quedará el petróleo. Para ellos, no importa quién sea el patrón después de esto; lo que importa es que no haya caos.El rol de Estados Unidos se repite, con mayores o menores variantes, en toda la región. Sus socios son presentados y avalados como moderados, aunque se trate de regímenes totalitarios y corruptos como sucede en Arabia Saudita. Todos ellos también temen hoy que la influencia y el respaldo de Washington se diluya. Las otras piezas. Para Israel no es negocio la rebelión árabe. Los gobiernos que caen son socios de Estados Unidos, lo cual le daba cierta tranquilidad al Estado judío. De allí el apoyo que dio el premier israelí, Benjamin Netanyahu, al ahora depuesto presidente Hosni Mubarak antes de su caída. Israel siempre se ha jactado de ser la única democracia en la región. La posible aparición de gobiernos árabes democráticos implica que por primera vez habrá verdaderos pares para negociar sobre lo que no se quiere ceder. Y en esto, la atención que se preste a la situación de los palestinos es crucial. El tema es altamente sensible para los pueblos árabes, que siempre resintieron la actitud de Estados Unidos y de sus propios gobiernos de condescendencia hacia Israel a costa de la permanente postergación de los derechos de los palestinos. Paradojas de la rebelión, la teocracia iraní (Irán no es árabe pero sí islámico) festejó las revueltas en la región como un triunfo del islam, a pesar de que no tenían nada de religiosas. Pero apenas hubo conatos de manifestaciones en Teherán, los participantes de las marchas fueron reprimidos a tiros, como siempre.