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Movilizados para defender una historia o para cambiarla

La participación de los venezolanos, cuyo sufragio no es obligatorio, fue una reivindicación del voto. El fervor no distinguió entre barrios, clases o ideologías.

08 de octubre de 2012 a las 12:01 a. m.
Marcelo Taborda (Enviado especial a Caracas, Venezuela).
Movilizados para defender una historia o para cambiarla
Colas y colas. Una de las tantas filas de votación, en un barrio de Caracas. El proceso de identificación de cada votante es lo más lento (Télam).

Imagínese una fila de personas que apenas pasada la medianoche llega con una silla y abrigo para pasar la noche y estar primero apenas se abran en la mañana las puertas del evento. Piense en una larga fila de autos y camionetas con sus equipos de audio a todo volumen arrojando petardos y haciendo sonar sus bocinas a las tres de la madrugada de un domingo.

No. No se trata, en el primer caso, de la cola para sacar entradas para ver al club de los amores o a la selección de fútbol o al cantante preferido. Tampoco es el segundo el festejo de algún título deportivo o una despedida trasnochada de solteros. En Venezuela se vivió así una jornada que comenzó de madrugada con la diana (literalmente se reproduce una diana de trompeta) con que el Comando Carabobo del presidente Hugo Chávez despertó como en cada elección a sus militantes para que vayan a sufragar.

Pero también las exhortaciones previas por todos los medios posibles de parte del Comando Venezuela, encargado de la campaña de la Mesa de la Unidad Democrática tuvieron su eco en los barrios de presumible apoyo al candidato opositor, Henrique Capriles Radonski.

Cada quien tenía su motivo, pero a las 4.30 de la mañana había largas filas de votantes junto a los colegios y otros centros de votación que este enviado pudo constatar en calles de Sabana Grande o hacia Chacao y más al este de Caracas.

Podría pensarse que el pronóstico fallido de lluvia o el deseo de votar con rapidez para ir a una playa cercana incentivaron para ir temprano a sufragar, pero la verdad es que los movilizaba un compromiso. A unos, para defender una historia; a los otros, para tratar de cambiarla.

Antes de las 10 de la mañana, trepar en taxi por la avenida Francisco Fajardo y por las serpenteantes calles que llevan hacia el barrio 23 de Enero, lugar de votación de Chávez, permitía ver los hormigueros de gente apostada frente a escuelas bajo un sol que pegaba fuerte y realzaba los colores de las casas que, como en las favelas cariocas, desafían la gravedad y se descuelgan de los cerros.

La sonrisa de Chávez es omnipresente en afiches y pintadas. Un muñeco inflable gigante, como Chávez, golpea su mano derecha con el puño izquierdo cuando lo mece el viento.

En un edificio semiderruido no hay ventana sin afiches del presidente, excepto dos, donde la foto es de Capriles, en una doble muestra de valentía y tolerancia que sorprende.

En 23 de enero se ven algunas de las razones del apoyo del mandatario. “Aquí ni nos tenían en cuenta. Algunos pobres de Caracas no tenían carné de identidad hasta que el comandante y la revolución nos trajeron las misiones”, dijo Óscar, de 54 años, que trabaja en la construcción y a quien no hizo falta preguntarle por quién votó.

“Si ganara Capriles volverían los ricos y nos quedaríamos sin esos programas de alfabetización, pero no va a ganar”, dice con una sonrisa Marili, una joven madre que espera con su hijo en brazos que su marido vuelva de votar.

La caravana presidencial acaba de salir de la escuela entre aplausos. Algunos que lo vitoreaban siguen enumerando razones con forma de eslogan.

Pero entre ellos se asoma José, jubilado de 70 años, quien después de defender el secreto del voto y negarse a responder por quién votó confiesa que no lo hizo por el Chávez, pese a lo cual vino a saludarlo “porque corresponde”.

Bajar presuroso de 23 de enero hasta la estación de metro La Paz, deja ver ya algunas camisas rojas y distintivos chavistas reunidos en las esquinas.

La misión de llegar a la votación de Capriles en Las Mercedes se frustra por unos minutos por el retraso del mandatario.

Pero en esa zona los consultados tienen otra visión de la jornada y de la realidad venezolana. “Me estoy yendo a votar ya por Capriles, por supuesto”, dice María, una chica de 25 años empleada en la zona cercana al colegio de Santo Tomás de Villanueva, donde sufragó Capriles y los carteles con su rostro son más visibles.

Jesús, de 26 años, trabaja en una compañía de frenos y también votó a Capriles. Su razón: “Ya basta de Chávez. Yo lo voté otras veces pero es hora de cambiar… Hoy hay mucha delincuencia e inseguridad aquí”.

Roberto Nicolás, de 60 años, y pequeño empresario, sostiene que votó contra Chávez primero y por Capriles después porque “el país y su gente necesitan aire y ¡basta de inflación!”.

Pero en esta jornada desbordante también hubo escépticos. Cerca del paseo peatonal de Chacaíto, Charly Vera, de 30 años y encargado de una tienda, dice: “No voté. Si gana Capriles, como si gana Chávez no va a haber cambios porque hay una guerra entre ellos. El que hace este país es el ciudadano, que a las 4 de la mañana espera en el metro para ir a su trabajo”.