Los que cierran la puertaa su propia historia
No hay fronteras para los negocios, pero sí para los que buscan nuevos horizontes. Los discursos xenófobos reditúan en las urnas y muchos no los contradicen por temor.
Sarah Louise Palin disparó días atrás que Barack Hussein Obama "no tiene los cojones" para resolver el tema de la inmigración y "asegurar" las fronteras de Estados Unidos frente a los "ilegales".
La ex gobernadora de Alaska y candidata a vicepresidenta del republicano John McCain en noviembre de 2008 -la misma que alguna vez opinó que la guerra en Irak era una "misión de Dios"- adjudicó en cambio los atributos de la masculinidad a la gobernadora de Arizona, Jan Brewer, impulsora de una ley de tinte racista que criminaliza a los inmigrantes por el sólo hecho de no tener los papeles en regla.
El exabrupto de Palin pareció destinado a recuperar protagonismo mediático o a desviar la atención de la prensa, concentrada en las últimas desventuras sentimentales de su hija mayor, Bristol.
La inquisidora republicana, militante ferviente de la Asociación Nacional del Rifle, no pareció muy "cojonuda", en el sentido más español del término, cuando en plena campaña intentó ocultar el embarazo adolescente de su primogénita y luego, al resultarle ello imposible, le propuso a ésta y a su novio, Levi Johnston, que le entregaran el bebé por nacer en adopción.
Fracasada también esta manipulación, Palin mostró a su potencial yerno junto a su hija en los últimos actos de campaña y hasta hizo proselitismo con la parejita, como modelo de "paternidad responsable". Un show para no restar votos y disimular lo que luego estalló.
Noviembre pesa. Lo cierto es que la descalificación de Palin merecía una respuesta categórica del mandatario. Acaso las dudas del primer gobernante afroamericano de Estados Unidos tengan que ver con los cálculos que cada político de su país hace a esta hora, con la mira puesta en las legislativas de noviembre.
Aunque bloqueó en parte la ley Arizona, por la propia historia personal de Obama cabía esperar acciones más contundentes en defensa de inmigrantes y minorías desde la Casa Blanca.
Barack ("Bendito", en lengua swahili) es el fruto hawaiano de la unión de un becario keniano y una estadounidense de Kansas con ancestros angloirlandeses.
Pero además, la historia del presidente -que el miércoles cumplió 49 años- incluye una etapa de inmigrante en Indonesia, donde recibió educación de curas franciscanos insertos en el país musulmán más poblado del planeta.
Fue cuando su madre, Ann Dunham, tras divorciarse de Barack Hussein Obama padre, rehizo su vida con un geólogo indonesio, de origen musulmán no muy ortodoxo, que se casó con ella y partió con su nueva familia a Yakarta, donde luego nació su media hermana, Maya Kassandra.
Los libros de su autoría aluden al doloroso final de su madre por un cáncer y a su regreso a Hawai antes de desembarcar en Norteamérica, y escatiman truculencia sobre los últimos días de su padre, que cuando celebró la boda interracial con Ann tenía esposa y dos hijos que lo esperaban en Kenia. De ésa y otras dos uniones de Obama padre surgió el racimo de ocho medio hermanos del actual mandatario demócrata.
La historia de Barack Obama hijo puede parangonarse con la de miles de inmigrantes; claro que la suya tuvo final feliz. Para que el "sueño americano" que él encarna no sea la pesadilla de millones, Obama no puede supeditar una reforma migratoria a cálculos electorales.
Con la letra Le Pen. La tentación por la xenofobia y los discursos que toman a los "diferentes" como chivos expiatorios es algo en lo que reinciden dirigentes de derecha.
En medio de un escándalo por financiamiento ilegal que lo jaquea, el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, salió a prometer que en tres meses desmantelará la mitad de campamentos gitanos existentes en suelo galo. Además propuso que se despoje de la nacionalidad a todo extranjero que incurra en un delito.
Los improperios no deberían sorprender viniendo de quien, siendo ministro del Interior entre 2005 y 2007, atizó la violencia en los suburbios parisienses después de llamar "escoria" a los inmigrantes que protestaban cada noche por la muerte de dos jóvenes musulmanes de origen africano a manos de la policía.
Es el mismo Sarkozy, casado en segundas nupcias con una italiana, Carla Bruni, el que pretendía descifrar una suerte de genoma del "ser francés", y que apuntó a los gitanos una semana después de que la policía matara a un joven romaní en Saint Aignan.
Lo curioso es que en las propias venas del presidente corre sangre del centro y el este europeo. Sarkozy es hijo de Andrée Mallah, judía sefaradí convertida al catolicismo, y su padre, que se alejó de ella cuando Nicolas tenía cuatro años, era Nagybócsai Sárk#246;zy Pál, aristócrata húngaro que dejó sus tierras cuando los tanques soviéticos llegaban en 1944. El progenitor del mandatario cambiaría su nombre por el de Paul Sarkozy de Nagy-Bocsa, casi como desdeñando su pasado.
Su hijo hoy promete perseguir a los "sin papeles" y echar gitanos, gentilicio que años atrás, en la Europa Occidental, se reservaba precisamente a los bohemios y los húngaros.
Amnesia selectiva. Si la actitud de países como Estados Unidos y Francia hacia los extranjeros causa repulsa, la de naciones que regaron el mundo de emigrados -como Italia y España- indigna y escandaliza. El cada vez más indisimulado racismo de la Liga Norte, socia de gobierno de Silvio Berlusconi, gana adeptos en el extremo rico de la península.
Y las prácticas discriminatorias y abusivas en los aeropuertos que avala el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero en España dan vergüenza ajena. Los vejámenes de interminables requisas, las demoras y deportaciones los padecen miles de inmigrantes latinoamericanos, entre ellos argentinos. Le acaba de suceder a una abuela cordobesa a la que mandaron de regreso a casa sin que pudiera besar a sus nietos.
A comienzos de la década de 1990, cuando la España del último tramo de Felipe González pergeñó a través de su ministro de Interior, José Luis Corcuera, la Ley de Extranjería que seguía los dictados europeos de Schengen, los latinoamericanos residentes en Barcelona, como los de Madrid y otras ciudades, ganamos las calles para repudiar la normativa. Pero no estábamos solos. Miles de españoles memoriosos de su propio pasado e intelectuales progresistas marchaban codo a codo con "sudacas" o africanos.
Eran tiempos en los que en la Plaza Sant Jaume se cantaba: "La ley de extranjería, a la reina Sofía". Y es que la esposa de Juan Carlos de Borbón nació en Atenas y conoció al monarca como princesa de Grecia y Dinamarca. Pero para los inmigrantes sin papeles ni títulos nobiliarios, la vida nunca fue cuento de hadas.
No lo fue antes y mucho menos ahora, cuando hay países que en medio de la crisis, y por miedo o fanatismos, pretenden blindar sus entradas, que es casi como cerrar la puerta a su propia historia.

