Las cabriolas de Tsipras
La sociedad griega parece haber decidido que no quiere dejar la Unión Europea y asumido que, para eso, tiene que afrontar los costos de reordenar su economía, su sector público y sus aparatos políticos clientelares.
La renuncia del primer ministro griego, Alexander Tsipras, no significa lo que normalmente intuímos quienes vivimos en países en general presidencialistas, como los latinoamericanos.
Tsipras, como mandatario de un sistema parlamentario, necesita el respaldo de una mayoría legislativa, con la que contaba hasta que giró en U y aceptó un tercer programa de rescate por parte de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI, precisamente la troika contra la cual su partido Syriza se había creado y crecido.
Ese programa implica asistencia financiera (para que Grecia no caiga en default y siga pudiendo manejarse con el euro y, por ende, permanecer dentro de la Unión Europea), a cambio de reformas estructurales que hagan que el Estado griego y su enfermo sistema político de décadas deje de generar los desequilibrios que lo llevaron al borde del precipicio.
El ala más izquierdista de Syriza se fue rebelando en forma progresiva contra Tsipras, debilitándolo políticamente en el Parlamento, donde aún tienen que seguir pasando las leyes del ajuste (austeridad, le dicen en Atenas). Por eso no es ninguna sorpresa la renuncia del primer ministro. Era esperada.
En Grecia le llaman "elección chasquido" a los comicios que se realizarán el 20 de septiembre. Están destinadas a reorganizar el nuevo escenario político, en el que Grecia retoma el camino del ajuste que un Tsipras muy demagogo había interrumpido a principios de año prometiendo a sus votantes dos metas que, juntas, son incompatibles: que se terminaría la austeridad y que Grecia no se iría de la Unión Europea.
Ese escenario se reconfigurará ahora, con Tsipras liderando una fuerza que, sin su ala izquierda, todos prevén que se parecerá a un típico partido socialdemócrata europeo como los que Syriza había deplorado.
El otro partido relativamente fuerte sería Nueva Democracia, un partido de centroderecha que, para muchos analistas, está llamado a ser el aliado de Tsipras en esta nueva etapa. Entre ambos llevarán adelante el programa de austeridad.
Juntos, podrían reunir aproximadamente el 60 por ciento del voto griego. Y es muy probable que Tsipras vuelva a surgir como el nuevo primer ministro en ese esquema: sigue siendo el político con mayor adhesión e imagen en la sociedad griega, pese a todas sus contradicciones y giros de 180 grados.
A la izquierda de Syriza quedarán partidos de izquierda más extrema, condenados otra vez a la minoría testimonial. A la derecha de Nueva Democracia hay partidos de extrema derecha, entre los que sobresale Amanecer Dorado, considerado neonazi.
Tras mucho deambular, la sociedad griega parece haber decidido que no quiere dejar la Unión Europea y asumido que, para eso, tiene que afrontar los costos de reordenar su economía, su sector público y sus aparatos políticos clientelares. Y Tsipras, como corolario de su última cabriola, se prepara para liderar ese proceso, que antes había ayudado más que nadie a abortar.

