La reconciliación nose impone por decreto
La Iglesia ha puesto a Piñera ante un dilema entre le "futuro" que predica y el "pasado" que compromete. Marcelo Taborda.
Casi 17 años duró la cruenta dictadura que encabezó Augusto Pinochet Ugarte, muerto el 10 de diciembre de 2006 sin que ningún tribunal de su país o del mundo lograra sentarlo de manera efectiva en el banquillo.
Acaso la orden de arresto que librara el juez español Baltasar Garzón el 16 de octubre de 1998, cuando el dictador fue a operarse a una clínica de Londres y quedó atrapado 503 días en el Reino Unido (su segunda patria) sin saber si sería enviado ante la Audiencia de Madrid, fue lo más cercano a una rendición terrenal de cuentas de este protagonista clave en la Operación Cóndor y el terrorismo de Estado.
Las gestiones de jueces chilenos como Juan Guzmán, receptor de decenas de querellas contra Pinochet y otros represores de su régimen, siempre chocaron contra las "chicanas" y dilaciones de letrados, pero mucho más contra las trampas legales que la propia dictadura forjó para garantizarse la impunidad.
No obstante, la ley de amnistía o la Constitución de 1980, con un sistema político que cerraba el paso a revisiones de fondo de los crímenes cometidos en los años de plomo, no alcanzaron a impedir los primeros juicios y condenas contra responsables de crímenes de lesa humanidad. Claro que algunas condenas tardaron dos o tres décadas en aliviar en parte el reclamo de justicia de las víctimas.
Veinte años tardó la derecha política chilena (hasta el 11 de marzo pasado) en volver a ocupar el Palacio de La Moneda, aunque en verdad pasó más de medio siglo desde la última vez que se había impuesto como opción en las urnas.
Cuando el actual presidente Sebastián Piñera ganó el balotaje de enero, intentó desmarcarse de las inevitables asociaciones que la prensa internacional hizo entre su futuro gabinete y sus votantes, con los civiles que avalaron el golpe contra Salvador Allende y reivindicaron el "modelo" económico impuesto con la dictadura.
La Iglesia ha puesto a Piñera ante un dilema entre el "futuro" que predica y el "pasado" que compromete. No sólo los chilenos estarán pendientes de su decisión. Quizá tome nota de que hay perdones que sólo son facultad de Dios y que la reconciliación no se logra por decreto.

