La diplomacia francesa, salpicada por sus nexos con el gobierno de Libia
Como ocurriera antes con los depuestos gobernantes de Túnez y Egipto, ministros del gobierno de Sarkozy mantenían una estrecha relación con el jaqueado Muamar Kadhafi y crece una polémica.
París. La diplomacia francesa atraviesa una auténtica crisis de identidad y de credibilidad. A los apuros de la ministra de Asuntos Exteriores, Michèlle Alliot-Marie, por sus polémicas vacaciones en Túnez cuando prendía la revuelta contra Ben Ali y las del primer ministro François Fillon en Egipto, a cuenta de Mubarak, ahora se suman las relaciones entre el ministro de Relaciones con las Cortes, Patrick Ollier, y el régimen de Muamar Kadhafi. Ollier no es un ministro cualquiera: es, precisamente, el compañero sentimental de Alliot-Marie y, por lo tanto, acompañó en las vacaciones navideñas a la responsable de la diplomacia francesa.El periódico Libération recordaba ayer que Ollier llevó a cabo, desde 2004, más de 15 viajes a Libia, que se entrevistó varias veces con Kadhafi, que presidía un grupo de amistad franco-libia en el Parlamento galo y que sirvió de intermediario de varias empresas francesas, algunas de armamento o de explotación civil de la energía nuclear. Nada ilegal. Nada de lo que, hoy, se arrepienta Ollier. "Todo eso fue hecho en aras del interés general de Francia. Lo que lamento de veras es la deriva asesina actual de Kadhafi", aseguraba el miércoles el ministro en una entrevista televisiva. "En aquella época, Francia necesitaba luchar contra el terrorismo de Al Qaeda y contra la inmigración clandestina y también entablar relaciones comerciales con un país que se desarrollaba", añadió. "Una vez, durante una visita, le regalé a Kadhafi El espíritu de las Leyes , de Montesquieu, creyendo que le sería útil. Pero, viendo lo que está pasando, pienso que no lo leyó", concluyó.Con todo, estas relaciones cuartean aún más la debilitada posición de su compañera sentimental, Alliot-Marie, de la que la izquierda exige la dimisión desde hace más de un mes. Por ahora, Nicolas Sarkozy parece decidido a mantenerla, pero ya empiezan a surgir voces en sus propias filas que abogan por su partida.

