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La cara oscura de la civilización

Los festejos por la muerte de Bin Laden hablan sobre la idiosincrasia y el futuro inmediato de un país como Estados Unidos. Alejandra Conti.

08 de mayo de 2011 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
La cara oscura de la civilización

"Celebrar la muerte: horrible quizá, pero humano". Este era el título de una nota de tapa publicada el jueves en The New York Times, uno de los diarios más influyentes del mundo. La columna firmada por Benedict Carey, apuntaba a encontrar explicación (más para afuera que para adentro) a la ola de manifestaciones y marchas que festejaron el asesinato del terrorista Osama bin Laden. Si la noticia del asesinato fue impactante, las imágenes de los festejos resultaron chocantes. De nuevo, más para afuera, para el exterior, que para los estadounidenses. Los festejos no fueron multitudinarios, pero sí muchos y repetidos a lo largo del país. Las manifestaciones numerosas no son cosa de todos los días en Estados Unidos. Habitualmente las protestas se realizan en pequeños grupos en los que participan los más militantes. Salvo que se trate de algo particularmente importante o extraordinario, como el atentado contra las Torres Gemelas, la gente común se abstiene. Las imágenes de las marchas contra la Guerra de Vietnam o, antes, la de quienes reclamaban igualdad de derechos civiles, fueron acontecimientos históricos también por la magnitud de la concurrencia.Qué paradójico que precisamente esta semana se hayan cumplido 50 años del comienzo de la marcha de los Freedom Riders, un grupo interracial de 13 jóvenes que emprendió viaje desde Washington hasta Nueva Orleans para desafiar las normativas de segregación racial en el sistema de transporte. A medida que el ómnibus en el que viajaban se adentraba en el sur del país, más duros se hacían los intentos de traspasar las fronteras raciales. Hechos como sentarse en grupo, blancos y negros, en una sala de espera sólo para blancos, terminaban en batallas campales. Hombres, mujeres y niños blancos los esperaban en las paradas para agredirlos. Incluso les quemaron el ómnibus. Nunca llegaron a Nueva Orleans. El viaje terminó en Mississi-ppi, donde fueron detenidos, acusados de desórdenes y condenados a 90 días de cárcel. A esa altura no eran 13 sino 100, y eso que varios habían quedado en el camino por la brutalidad de la represión policial y los ataques de los racistas.Salvando las distancias, en su momento fue excepcional la convocatoria que logró Barack Obama el 4 de noviembre de 2008, el día que fue elegido presidente, en el Grant Park de Chicago. Miles y miles de personas, predominantemente jóvenes, llegaron por su cuenta a ese parque para dar testimonio de su confianza y satisfacción por el triunfo de quien parecía encarnar las esperanzas de tanta gente. Los únicos ómnibus fletados especialmente eran los que llevaban a los policías que custodiarían el acto. Allí se repartieron volantes pidiendo el "final ya" para las guerras en Irak y Afganistán. ¿Contradictorio? Seguramente no habrán sido quienes estuvieron esa noche en Grant Park los que salieron a festejar la muerte de Bin Laden. La elección de Obama era para otra cosa. Tantas expectativas despertó este hombre que era lógico pensar que no podría satisfacerlas. Mandar a matar a alguien no estaba en la agenda que quería ver la mayoría de las personas reunidas ese día en Grant Park, pero sí estaba implícita en las menciones a la lucha contra el terrorismo. Lo que mucha gente festejó en la calle esta semana era bien básico: la venganza había sido ejecutada y los Estados Unidos habían ganado de nuevo. Para entender (o creer entender) un problema complejo, nada mejor que una respuesta fácil. En el mejor de los casos, encontrar un responsable es imprescindible para elaborar los sentimientos. Bin Laden era el responsable del 11-S y de todo lo que siguió.Entre los que no salieron a festejar puede predominar la convicción de que mientras el asesinato selectivo sea la excepción y no la norma, no hay discusión. Imposible no asociar esto con el caso de Israel. Los asesinatos selectivos de supuestos terroristas palestinos son moneda corriente y no merecen más condena social que la de un sector minoritario de los israelíes. ¿No es similar también a lo que sucede en Argentina cada vez que un crimen brutal genera reclamos de mano dura y hasta pena de muerte? Podrá argumentarse que estos pedidos apuntan a endurecer la ley y no a permitir que el Estado actúe como asesino a sueldo, pero nuestra historia reciente demuestra que los límites entre lo primero y lo segundo son peligrosamente frágiles.Aparentemente, los festejos anticiparon que Obama tendrá más y nuevos votantes en la reelección. El asesinato de Bin Laden le da un aire que nunca tuvo desde que asumió el cargo. Hasta la cadena de noticias Fox, furibundamente contraria a Obama, moderó el tono y hasta sacó del horario central a Glenn Beck, un extremista disfrazado de periodista. Un triunfo un poco extraño para un Premio Nobel de la Paz.