Huir de Maduro, la otra crisis de refugiados
La zona de Riohacha, en el norte de Colombia, es una muestra del drama humanitario que cruzó las fronteras. De 300 mil venezolanos que residen en ese país, la mitad son inmigrantes irregulares.
Riohacha (Colombia). Aquí, a cielo abierto, peligra el futuro de una nación y el de unos jóvenes a los que les encantaría dar una mano, pero que han tenido que huir de un experimento socialista que provoca que el país con las mayores reservas de petróleo esté sumido en un dramático caos.
En Colombia viven, actualmente, alrededor de 300 mil venezolanos, y al menos 140 mil lo hacen de forma ilegal. Ya se habla de un “éxodo”. Y si Venezuela entra en quiebra, el número podría aumentar notablemente al empeorar aún más la actual crisis de abastecimiento.
El Parque de la India de Riohacha, una ciudad de 150 mil habitantes en el norte de Colombia –a 90 kilómetros de la frontera con Venezuela–, está cada vez más lleno. Aquí y allá cuelgan de los árboles bolsas llenas de pertenencias. Huele a orina y los colchones cubren el suelo. Numerosos refugiados duermen aquí, a cielo abierto.
De un árbol se desprenden carteles de cartón con números de teléfono y leyendas como “Se busca pintor” o “Se busca albañil”.
Los empleados por días procedentes del país vecino cobran sólo la mitad y cuentan con la ventaja de que el idioma no supone barrera alguna.
“Si derrocan a Maduro, volvemos y construimos la nueva Venezuela”, dice Alberto José González, de 17 años, procedente de Maracaibo.
“Es mejor estar aquí que morir en Venezuela”, afirma el joven. En su país, que cuenta con las mayores reservas de petróleo, el 13 por ciento de la población sufre hambre, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Además, la inflación de Venezuela es la más alta del mundo y los ingresos se reducen un par de dólares cada mes. Las protestas contra Maduro, impulsadas por los jóvenes, se han cobrado ya más de un centenar de vidas y después de que se retiró el poder al Parlamento y aumentó la represión, a muchos sólo les quedó la opción de huir.
Incluso en la playa caribeña de Riohacha se establecieron decenas de refugiados bajo las palmeras porque no tienen suficiente para pagar una habitación. Se lavan en el mar, y la playa hace las veces de baño al aire libre.
De bienvenida a inquietud
Al igual que ocurrió a finales de 2015 en algunos países europeos, al principio en Colombia se desarrolló una “cultura de bienvenida” porque el país sentía una responsabilidad histórica. Durante décadas, cientos de miles de colombianos huyeron de las guerrillas hacia Venezuela y la región de Riohacha era un punto caliente.
En esta región caribeña poco desarrollada, la economía no está creciendo tanto como se esperaba, lo que provoca que aumente el rechazo hacia la nueva y barata competencia laboral.
El director de Migración Colombia, Christian Krüger Sarmiento, visitó en varias ocasiones la región de La Guajira, a la que pertenece Riohacha. “Esta migración puede ser muy positiva, pero hay que respetar las reglas del país de acogida”, recuerda.
Mientras tanto, los ánimos comienzan a caldearse. “Trabajan por la mitad del dinero que los colombianos –cuenta Gardel, taxista–. La tensión está aumentando, también porque para muchos es desesperada”.
El Diario de Norte informa casi todos los días sobre delitos y acerca de la preocupación de los ciudadanos.
Como gesto humanitario, el Gobierno quiere otorgar a entre 150 mil y 200 mil refugiados el permiso especial de permanencia, con el que podrán permanecer dos años. Pero con este visado especial, no tienen derecho a recibir ayudas estatales, lo que se aprecia en el Parque de la India, donde en ocasiones los vecinos traen ollas con arroz y pollo.

