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Europa, una falsa tierra prometida

Europa es una falsa tierra prometida para los que intentan llegar desde África.

01 de junio de 2014 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Europa, una falsa tierra prometida

La cantidad de personas que intentan cruzar el Mediterráneo desde África hacia Europa ha aumentado radicalmente en los últimos meses. En lo que va del año, no menos de 39 mil inmigrantes llegaron ilegalmente a Italia.

La situación es tan grave que supera incluso a la oleada que expulsó la Primavera Árabe en 2011, cuando llegaron a Europa 140 mil personas en condición ilegal.

Un tercio de los que se esperan esta vez serán sirios (ya son tres millones los que dejaron ese país), pero también habrá muchos afganos y eritreos.

Según Frontex (la agencia europea de fronteras), de los 40 mil detectados en total, la mitad cruzó por Libia. Se estima que solamente en ese país hay 300 mil personas esperando la oportunidad de llegar a suelo europeo.

Luego del operativo occidental que terminó con la dictadura de Muamar Kadhafi (y con su vida también), el país quedó en una situación caótica, ideal para los negocios turbios y la rapiña internacional de sus recursos naturales.

En este marco, el control de los subsaharianos que cruzan por allí para buscarse un futuro mejor en Europa es muy deficiente. Italia, que antes arreglaba con Libia ese tema, se queja de que el patrullaje de su sector de mar Mediterráneo le cuesta 400 mil dólares por día.

Los países que expulsan a esta gente son estados fallidos, o naciones sin Estado, en gran parte producto de los desmanejos y abusos occidentales durante décadas.

En los últimos años, se ha agregado a Europa y Estados Unidos otro jugador poderoso que hace y deshace a golpe de billetera: China.

Solamente una situación desesperante puede incitar a una persona a cruzar a pie medio continente por países igualmente conflictivos, sin tener certezas de poder llegar vivo a la costa, mucho menos a la tierra prometida, Europa.

Melilla, el enclave español en África, es una posible puerta de entrada. Los aspirantes a inmigrantes tienen que trepar y saltar un alambrado de seis metros coronado con alambre de púas.

La mayoría son detenidos y enviados de nuevo a sus países, o al menos al otro lado de la alambrada.

Otros serán internados en centros de inmigrantes hasta ser deportados o enviados a la península. Muchos lo intentarán otra vez.

Si llegan a cruzar el Mediterráneo sin morir en el intento y sin ser detenidos, apenas pisen tierra europea se encontrarán en un continente que todavía padece una crisis económica con altísima desocupación, sobre todo entre los más jóvenes.

Peor que eso, las últimas elecciones europeas le dieron un premio a la derecha populista, xenófoba y racista, que obtuvo un triunfo que no podría haber soñado 10 años atrás.

Son en total unos 100 escaños (sobre 751), suficientes para hacerse notar, aunque difícilmente se pongan de acuerdo para actuar en bloque.

Están ahí, en el Parlamento Europeo, que no estaba pensado para ser ocupado por representantes de las políticas de odio, precisamente. Pero se explica con hechos como este: desde el año 2000 hasta el presente aumentó un cinco por ciento la cantidad de personas que se consideran a sí mismas racistas en Gran Bretaña, según la encuesta British Social Attitudes.

El auge de la derecha no es consecuencia de la mayor cantidad de inmigrantes, sino de la ausencia de estrategias eficientes para haber evitado la crisis y manejar sus consecuencias.

El argumento de que los inmigrantes le quitan el trabajo a la población local es falaz y no merece ser discutido, pero los recién llegados sí requieren vivienda y servicios básicos, que tienen que correr indefectiblemente a cargo del Estado.

El Estado puede, pero pagan los contribuyentes, y eso es motivo de resentimiento. Los conceptos de multiculturalidad, pluralismo y diversidad de los discursos se estrellan contra la realidad. Lo que importa es quién paga y quién se beneficia con los servicios.