Espíritus de La Rambla
Además de las vidas que se llevó, del horror que esparció, la camioneta quiso embestir contra este emblema de la ciudad y lo que representa.
El hombre de hojalata, quien con su metálico atuendo parecía siempre malhumorado hasta que alguien le arrojaba un duro o algunas “pelas” más a sus pies.
La señora mayor, que no lograba acertar a ninguna melodía con su violín, y a la que todos ayudaban más por compasión que por retribución a la complacencia musical de los oídos.
Paquito, el que ponía ritmo a su pedido de “una limosnita” junto a los andenes del metro de la Línea 3 en la parada de Liceu, justo frente al célebre teatro del mismo nombre.
Los infaltables timadores, que improvisaban un precario escritorio desmontable para engañar con sus cómplices a desaprensivos que se detenían a ver y se tentaban de adivinar y aportar debajo de cuál de las tres cáscaras de nuez había quedado la piedrita que un pase de manos hacía desaparecer.
Los floristas, cuyos puestos regalan hasta hoy perfumes y colores que transportan en cualquier época del año.
Los puestos de libros, diarios y revistas de todas partes, abiertos a toda hora, donde uno podía hurgar por algún diario argentino que contara del pago y mostrara la tabla de posiciones para ver cómo iba Instituto.
Los vendedores de mascotas de todo tipo, a quien la lucha de los defensores de animales obligó a cambiar de rubro y a permitir que los únicos pájaros que hoy se escuchen no estén en jaulas sino en los árboles que derraman sus sombras sin privar del sol entre la plaza Catalunya y el Port Vel.
Los dibujantes, retratistas y caricaturistas, quienes, como años antes nuestro Juan Delfini, montaban su atelier al paso y desarrollaban su arte a pedido en aquella Barcelona olímpica.
Los viejos parroquianos, que hacían juego con el ambiente bohemio y a media luz del Café de la Ópera. Allí una vez, gracias a la colega Ana Rey, quien suscribe compartió la charla más jugosa y menos publicada con Héctor Alterio, al que en la caminata posterior hacia el monumento a Colón la gente paraba cada tanto para saludar y pedirle un autógrafo.
Los músicos, los mimos, los bailarines. Los extras involuntarios del rodaje de una película con Ángela Molina.
Los chicos y chicas, que se citaban con sus amigos y parejas junto a las bocas de entrada y salida de los metros, con algo para leer en las manos, para mitigar la espera. Eran tiempos sin celulares ni fondos suficientes para cruzarse al bar Zurich a tomar una caña o un tallat .
Los que buscaban en La Boquería los puesteros que sabían cortar carne “a la argentina”, sin desperdiciar el matambre que muchos locales aún no habían descubierto en la parrilla.
Los turistas de todas partes, que sobre todo en verano bajaban de ver las casas de Gaudí en el Paseo de Gracia y se desviaban hacia ella antes de perderse por las estrechas y serpenteantes calles del barrio Gótico, hacia la Catedral o cualquier destino. Eso sí, con escalas en la plaza Real, la de palmeras y edificios poblados de ventanales que la enmarcan, y que algún tiempo habitó, entre otros, Gabriel García Márquez.
Los catalanes, nativos y migrantes, que en julio y agosto buscaban el mar lejos del ruido y en invierno aceleraban el paso sobre sus baldosas, para llegar a tiempo a empleos y oficinas, o esquivarle al frío, que cala los huesos cuando sopla la Tramontana.
Los estudiantes, españoles y latinoamericanos, los de la Catalunya profunda o de diversos países de Europa, que se reunían por las tardes en las aulas del Cidob, un par de cuadras hacia dentro del Raval por el Carrer d’ Elisabets , para escuchar, discutir y aprender bajo el ala de Roberto Bergalli sobre Criminología Crítica, Sociología Jurídica, o el mundo mismo.
La pareja cordobesa, que a cada amigo que pasaba por su casa le hacía cumplir el ritual de beber agua de la fuente de Rambla Canaletas, para garantizar que algún día volvería a Barcelona.
Por esa rambla, cerca de esa fuente, pasó a toda velocidad el jueves por la tarde la furgoneta que atropelló a decenas de personas. Además de las vidas inocentes que se llevó, del horror que esparció, la camioneta quiso embestir contra este emblema de la ciudad y lo que ella representa.
Pero, el día después del ataque, hubo quienes gritaron ¡No tinc por! , o ¡No tengo miedo! Hubo quienes salieron al cruce y frenaron a los que pretendían instalar su mensaje intolerante del terror yihadista, por un lado, o la islamofobia posterior, por el otro.
Ellos pusieron a salvo ese espíritu. El mismo que quizá compartían –sin detenerse a pensarlo– aquellos a quienes el atentado del jueves dibujó en el recuerdo como fantasmas. Los habitantes permanentes u ocasionales de otros tiempos de esa Rambla, que ya no es la misma, pero es igual.

