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“Es un pueblo resiliente por naturaleza”

Mario Luis Tiburzi, pediatra cordobés que vivió la catástrofe en Puerto Príncipe. Como personal civil de cascos azules, vivió un año en el país más pobre de América.

12 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
“Es un pueblo resiliente por naturaleza”

Mario Luis Tiburzi es un médico pediatra cordobés que trabaja en el Servicio de Emergencias 136. Con casi 40 años, a comienzos de 2009 decidió incorporarse como personal civil de los cascos azules y viajar a Haití, donde la tarde del 12 de enero lo sorprendió el terremoto. Originario de Almafuerte, y otra vez en Córdoba desde poco después del sismo, Tiburzi piensa en regresar. A seis meses de la catástrofe repasó vivencias ante este diario.

–¿Dónde y cómo lo sorprendió el terremoto?

–Cuando ocurrió el movimiento sísmico, estaba de guardia en el hospital y al principio hubo mucha confusión porque no entendíamos qué pasaba; hasta que nos dimos cuenta y lo primero que sentimos fue temor por la violencia de los movimientos. Después de 25 segundos, que fue lo que duró el terremoto, al comprobar que todos en el hospital, enfermos y personal, no habíamos sufrido daños, nos tranquilizamos un poco. Se cortó la luz y no se veía nada, ya que al ser un hospital de campaña carecía de ventanas, así que llevamos a los internados al patio de armas y también sacamos los implementos necesarios para atender a los pacientes que iban a venir. Colocamos colchones en el piso del patio para atender a todos los politraumatizados que llegaban.

–¿Cómo reaccionaron ante semejante catástrofe?

–Pese al caos que se vivía, ninguno de nosotros entró en pánico, sino que cada uno ocupó el rol que le correspondía. Habíamos tenido emergencias anteriores, como en el caso de un accidente sufrido por un camión de la ONU que transportaba soldados o el de un avión uruguayo que cayó en la montaña limítrofe con República Dominicana y costó la vida a sus 11 tripulantes, entre ellos cinco compañeros uruguayos con los que habíamos compartido muchas horas de vuelo llevando pacientes a Santo Domingo. Todos colaboraron. Hasta los cocineros se ofrecían para ayudar. La situación en Puerto Príncipe era catastrófica, debido a que cerca del 40 por ciento de la ciudad estaba destruida, las calles colapsadas y los hospitales también derrumbados, sin capacidad para recibir pacientes. Así que las atenciones se realizaban en nuestro hospital hasta que nos vimos superados y hubo que ir a un predio contiguo al aeropuerto, donde opera la base logística aérea de la ONU.

–Se vieron desbordados...

–El clima en esos días era de un estrés continuo, tanto por la cantidad de pacientes, como por las repetidas réplicas del sismo que se percibían a diario; de menor magnitud pero con mayor frecuencia, tanto que se repetían cada cuatro o cinco horas en los primeros días. Cuando el aeropuerto comenzó a operar en su máxima capacidad, veíamos aviones de gran porte que aterrizaban y despegaban cada cuatro minutos y hacían vibrar las paredes del hospital, a tal punto que a veces no podíamos distinguir ese ruido de una réplica del terremoto. Tuvimos que reorganizar las guardias para optimizar el trabajo y descansar por turnos de cuatro horas por día.

–Después de un año en Haití, ¿qué le impactó más?

–Antes del terremoto era la falta de respeto por la vida humana; los problemas sociales profundos de discriminación racial con República Dominicana. Tienen una historia colonial y política violenta similar al resto de los países americanos, pero con el agregado de que aparte de tener que independizarse de Francia también lucharon contra el sometimiento de gobiernos locales autoritarios que no promulgaban la igualdad, sino que estaban influenciados por políticas primermundistas que lo único que querían era sacar provecho económico en desmedro de la calidad de vida del pueblo. Lo que me impactó tras el terremoto es la capacidad para enfrentar cualquier vicisitud de la vida y sobreponerse a las dificultades. He visto padres con sus hijos o sobrinos desaparecidos o, peor aún, con daños físicos severos e irreparables, con una entereza y un temple dignos de admiración; son resilientes por naturaleza, tal vez por todas las desventuras que vividas. La crudeza de la realidad de ellos hace valorar todo lo que uno tiene gratis y no se da cuenta.

–¿Volverá a Haití?

–Tengo muchas ganas. Me siento comprometido  con ellos; viví momentos muy intensos y creo que eso te conecta con la gente. Los niños de Haití tienen tantas carencias que con sólo brindarles afecto uno ya los está ayudando.