Entre abrazos y lanzamientos
El hombre de la blanca cabellera volvió al centro de la escena y, sabedor de que además de los miles de personas que tenía muy cerca habría otros millones que seguirían el evento por televisión, asumió su protagonismo con la destreza de un viejo zorro de la política. Marcelo Taborda.
El hombre de la blanca cabellera volvió al centro de la escena y, sabedor de que además de los miles de personas que tenía muy cerca habría otros millones que seguirían el evento por televisión, asumió su protagonismo con la destreza de un viejo zorro de la política. Tras una breve reverencia, esperó al actor principal de la escena y se fundió con él en un abrazo para la foto destinada a todas las portadas de su país y, quizá, buena parte del mundo. No; la descripción no alude a ningún festejo albiceleste de anoche en el Mario Kempes, sincero en la cancha y en las tribunas pero acaso demasiado calculado en algún palco político del estadio. Tampoco al abrazo entre banderas rojiblancas que anhela darse una inmensa legión de hinchas de Instituto el lunes en Alta Córdoba. El abrazo en cuestión se lo dieron el ex presidente de Estados Unidos William Jefferson Clinton y Barack Hussein Obama, el miércoles por la noche en Charlotte, Carolina del Norte, cuando el primero nominó oficialmente al segundo en la Convención Nacional Demócrata como candidato para el 6 de noviembre. Atrás quedaron, al menos en fotos y palabras, las diferencias de enfoque y los celos personales que entre ambos se dispensaban hace cuatro años, cuando el que aspiraba a ser el primer mandatario afroamericano competía en las primarias con quien quería ser la primera mujer en presidir Estados Unidos, Hillary Rodham Clinton, la esposa de Bill, hoy secretaria de Estado. Los analistas todavía discuten si el discurso de Clinton fue o no el mejor de la Convención de Carolina del Norte, por encima incluso del que al día siguiente brindó un Obama cuya retórica es uno de sus principales capitales. Lo cierto es que el papel del ex gobernante –a más de 12 años de los escándalos con la becaria Monica Lewinsky en el Despacho Oval, que casi amargan el final de su segundo mandato– fue clave en el pedido de "cuatro años más" para Obama que los demócratas hicieron a la sociedad norteamericana. El lanzamiento formal y su eventual triunfo frente a Mitt Romney tendrán mucho que ver con ese mensaje y el posterior abrazo de Clinton a Obama. ¿Abrazo de oso? Apenas horas después de aquella escena, en Madrid, los protagonistas de otro gesto eran la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente español, Mariano Rajoy. Teniendo en cuenta los involucrados, no cabía esperar un abrazo efusivo y desacartonado, pero la imagen del encuentro y la primera visita de la inflexible dama de hierro germana a La Moncloa fueron bienvenidas por el atribulado gobierno del Partido Popular, jaqueado por la crisis y el rechazo a sus ajustes, y al borde de pedir un rescate total que lo pondrá a merced de nuevas exigencias de la troika europea.Los anuncios del presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, de que esa entidad comprará bonos de deuda de naciones acuciadas, casi en simultáneo con el encuentro con Merkel, dibujaron lo más parecido a una mueca de felicidad en el rostro del líder del PP en los últimos meses. Tal vez el "cuasi abrazo" con Ángela le haya dejado aire para lanzar nuevas medidas económicas. Tal vez la canciller sólo se acercó a palmearlo para recordarle que los recortes no tienen vuelta atrás en el diseño monitoreado desde Berlín. A la intemperie. Sin embargo, en la semana que hoy se va, plena de abrazos pour la galerie y de gestos cotizados en base a cálculos electorales o económico-políticos, fue conmovedor el intento de decenas de inmigrantes subsaharianos por colarse en una Europa aún en crisis en busca de un destino mejor. Esta vez no fue la travesía de pateras o cayucos por medio Mediterráneo que tantas veces acaba en tragedia. El domingo pasado, un grupo de migrantes sin papeles tomó la Isla de Tierra, un peñasco que es continuidad natural de Marruecos y que España tiene bajo su bandera a sólo 300 metros de la costa africana y al que casi se llega a nado cuando baja la marea. La simbólica ocupación de islotes o archipiélagos que tienen bandera española y, por ende de la UE, es otro capítulo de la estrategia de quienes (llevados por mafias o no) se abrazan a un pedazo de tierra para abrazar una vida nueva. Pero la toma de Isla de Tierra y otros islotes acabó en desalojo, tras un acuerdo de Madrid con Rabat, que quizá completó el oscuro trabajo con el lanzamiento de los inmigrantes, entre los que había mujeres y niños, a la frontera con Argelia. Sin el abrazo solidario del mundo más rico, los migrantes sin papeles del África subsahariana deberán contentarse con el afecto de los suyos, si logran sobrevivir a la indolencia de quienes los arrojaron otra vez al desierto.

