El tiempo y sus diferentes velocidades
En algunas regiones o conflictos, la noticia de hace una hora podría ilustrarse con imágenes de hace 10 años sobre el mismo drama. Marcelo Taborda.
U no de los diarios más influyentes de Estados Unidos colocó hace poco en su edición on line una especie de reloj en el que se consignan con exactitud los datos digitalizados de la deuda del que todavía es el país más poderoso de la Tierra. Junto a las cifras astronómicas del pasivo, el reloj detalla la cantidad de días, horas, minutos y segundos que faltan para el próximo martes 2 de agosto, establecido como plazo fatal para que se apruebe una elevación del límite de la deuda que evite la cesación de pagos de la potencia occidental. El lunes por la noche, el presidente estadounidense, Barack Obama, endilgó a sus opositores republicanos la responsabilidad por la falta de un acuerdo que alejara la posibilidad de una bancarrota hasta no hace mucho impensable, pero cuyos fantasmas crecen a medida que avanzan los relojes en su cuenta regresiva. A pesar de los cabildeos y las presiones cruzadas entre las bancadas del Capitolio, parece difícil imaginar que el default estadounidense se consume. Hace menos de una semana, aunque perece haber transcurrido ya mucho más tiempo, Alemania dio su venia –tras imponer sus reglas– a un segundo rescate de la cuasi quebrada Grecia, por unos 159 mil millones de euros. El plan avalado por Berlín llegó tras discusiones de última hora con Francia, que se prolongaron hasta minutos antes de la cumbre de la Eurozona en Bruselas. Las últimas horas. Los días que se viven están teñidos de urgencias. Pero la velocidad del tiempo, aunque sea siempre la misma, depende de las circunstancias que rodean cada momento. Entre el salvataje aprobado contrarreloj a costa de ajustes y pese a la resistencia en las calles griegas, y las incógnitas sobre el modo de resolver la crisis de la deuda en Washington, las horas de quienes temen perder beneficios sociales por los recortes se alargan por angustia. Mientras, los tiempos de los especuladores se aceleran.Pero hay dimensiones más dramáticas, en las que cada segundo puede costar una vida. Hace 10 días, el director general de Unicef advirtió que la sequía que azota al Cuerno de África lleva a medio millón de niños al riesgo inminente de morir de hambre. El funcionario del organismo de la ONU instó a habilitar una ayuda sin demoras, para evitar que la tragedia humanitaria que afecta a más de dos millones de personas en Somalía sea mayor.Una semana tardaron algunos países y entidades humanitarias en delinear una estrategia que acaso sea tan estéril como las anteriores para erradicar el hambre en África o en cualquier otra parte. En toda Redacción de diarios, consultar el archivo fotográfico de determinados países implica adentrarse en destinos que parecen detenidos en el tiempo; la noticia de hace una hora podría ilustrarse con imágenes de hace 10 años sobre el mismo drama. ¿Qué reloj mide los tiempos de los desesperados? Ataques sincronizados. Treinta y dos años tiene el noruego Anders Behring Breivik, quien el viernes pasado sincronizó sus dos ataques para tomar desprevenido a un país entero y matar a la mayor cantidad posible de personas. Muchas horas y semanas debió haber pasado preparando esa masacre el ultraderechista e islamófobo que dice ser autor de los ataques. ¿Qué hace que los minutos vividos en un paisaje de Escandinavia recomendable para el relax se transformen en horas dedicadas a pergeñar atentados tan atroces o a elaborar su justificación en la Web?Con una tremenda explosión en el centro de Oslo, distrajo la atención de fuerzas de seguridad que luego llegaron demasiado tarde al escenario principal de la matanza, perpetrada poco después en un campamento juvenil en la cercana isla de Utoya. Sobrevivientes y algún testigo revelaron lo eterna que se hizo la espera de alguien que pusiera fin a la balacera. Cuarenta minutos o una hora y 20 fueron la diferencia entre la vida y la muerte. No hay forma de medir el pánico o la agonía de las víctimas.Ni los del instante abrupto y fatal del viernes pasado en la Noruega a la que hirieron en sus estándares encomiables; ni los que parecieron llegar a este mundo cargando un destino inexorable y cruel en sus espaldas, en África. Ninguno merecía que sus relojes se detuvieran para siempre. Frente a ellos, otros cálculos y mediciones de este tiempo resultan secundarios.

