El maleficio de la duda
Si no fuera porque a poco del 11-S trascendieron los negocios comunes entre las familias Bin Laden y Bush y los entramados de petróleo y armas que rodearon esos vínculos... Marcelo Taborda.
Si no fuera porque todas las informaciones que rodearon a la red Al Qaeda y a su archicaricaturizado líder Osama bin Laden estuvieron contaminadas por el misterio de unos y el secretismo de otros, la noticia anunciada antenoche por Barack Obama no hubiese sembrado nuevas dudas. Si no fuera porque desde el mismo 11 de septiembre de 2001 su nombre dejó de ser sólo el del líder de un grupo responsable de ataques a intereses o ciudadanos norteamericanos para pasar a personificar al mentor de un terrorismo despiadado a escala global, sorprenderían algunos trascendidos acerca de una operación celosamente planeada por Estados Unidos en un país al que, según los papeles dados a WikiLeaks, la Casa Blanca consideraba cómplice de los integristas.Si no fuera porque a poco del 11-S trascendieron los negocios comunes entre las familias Bin Laden y Bush y los entramados de petróleo y armas que rodearon esos vínculos, nadie hubiera levantado tantas sospechas acerca de la voluntad real de Washington de capturar y/o matar a tan terrible adversario, sobre cuya cabeza había una millonaria recompensa y quien parecía esfumarse con poderes sobrenaturales entre las cuevas de Tora Bora o la porosa frontera afgano-paquistaní, bajo dominio tribal Pashtún.Si no fuera que quien estaba detrás suyo es el país más poderoso de la Tierra, con tecnología y servicios secretos propios y aliados con capacidad para detectar la millonésima parte de una aguja en un pajar, nadie pensaría que las historias de escapes y escondites del millonario disidente saudí fueron parte de una imagen mítica a la que contribuyó a forjar Occidente con quién sabe qué intereses.Si no fuera porque la historia del mundo está sembrada de tramas vidriosas, operaciones encubiertas, golpes de efecto para disimular otras realidades o montajes que encubren mentiras, ninguno se animaría a suscribir tesis conspirativas o poner en duda las reconstrucciones oficiales de los hechos, a través de toda clase de comentarios y mensajes por los viejos medios y las nuevas redes sociales de comunicación.Si no fuera que el primer presidente negro de Estados Unidos había fijado entre sus prioridades y objetivos militares al propio Bin Laden y a Al Qaeda, y establecido a Afganistán y en forma subsidiaria a Pakistán como teatro de operaciones para las tropas de su país, tras el repliegue del Irak devastado por la guerra, podría pensarse que el momento elegido para matar a Bin Laden es parte de otra estrategia.Si no fuera que ya está en campaña para su reelección en 2012, que sus primeros dos años en el Despacho Oval fueron marcados por algunos reveses frente a la derecha norteamericana más conservadora y que los discursos del premio Nobel de la Paz han dejado paso a acciones más propias del "presidente en guerra" que lo precedió en el cargo, nadie se atrevería a comparar los réditos en las urnas que le reportó a George W. Bush su "cruzada antiterrorista", con los que podría obtener Obama en noviembre del año que viene.Si no fuera porque en su campaña de 2008 instaba al cambio y a abandonar el uni-lateralismo y la prepotencia y ponía como prioridad el cierre del centro de torturas de Guantánamo, no hubiesen sorprendido algunas muecas y frases en su anuncio victorioso de la noche del domingo, más propias de otros tiempos que prometía dejar atrás.Si no fuera por sus ambiguas posiciones frente a la ola de cambios en el mundo islámico y a la determinación con que, pese a las grietas en la Otan, avala con su secretaria de Estado, Hillary Clinton, los misilazos pretendidamente humanitarios en Libia, podría conjeturarse que todo es parte del mismo plan para rediseñar un tablero regional.Si no fuera porque el pasado reciente de Estados Unidos está plagado de oscuros personajes a los que el Departamento de Estado o el Pentágono endiosaron y armaron como aliados estratégicos en el mundo, para luego demonizarlos y defenestrarlos haciendo un doble uso funcional de ellos, todos podrían creer que lo ocurrido en Abottabad es diferente y marca el comienzo de una nueva era.Si no fuera porque a las sentencias que desde los centros de poder se esbozan como verdades únicas a menudo las refutan sordos gritos de excluídos o desesperados de cualquier índole, si no fuera por todas esas causas y efectos no colaterales, tal vez no hubiese sido necesario escribir estas líneas.

