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El carisma no se heredani se transfiere, pero...

A 45 días de las elecciones que consagrarán a su sucesor en el Planalto, la imagen de Lula da Silva pareció agigantarse. Marcelo Taborda.

18 de agosto de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
El carisma no se heredani se transfiere, pero...

A 45 días de las elecciones que consagrarán a su sucesor en el Planalto, y en el día en que los spots proselitistas comenzaron a invadir espacios televisivos y radiales, la imagen de Lula da Silva pareció agigantarse. El rostro y el nombre del ex tornero mecánico nacido en el emblemático octubre de 1945 aparecen en decenas de mensajes no sólo de la candidata oficialista a la presidencia, sino también en la estrategia del principal aspirante de la oposición.

Es que ni Dilma Rousseff -la ex ministra de Energía y jefa de Gabinete del actual mandatario, convertida en abanderada del Partido de los Trabajadores (PT)- ni José Serra -el hasta hace poco gobernador del Estado de San Pablo y ahora nuevamente candidato presidencial por el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB)- pueden presumir de una cualidad que al gobernante saliente le sobra: el carisma.

Por más que las cirugías trataron de ablandar el rostro adusto de la ex ministra -acaso un detalle a tono con su fama de mujer de carácter duro e intransigente-, los marketineros políticos (en Brasil sobran los expertos en la materia) saben que "vender" su imagen al electorado no será tan sencillo como instalar en 2002 la "esperanza" que encarnaba un Lula que ya había perdido tres batallas y, pese a todo, iba por el sueño de millones.

Hace ocho años, el eslogan de Lula era "la esperanza vence al miedo". La campaña hacía foco en la trayectoria del pernambucano de humilde origen que surgió en la política como líder sindical en Sao Bernardo do Campo. Era casi un espejo en el que se reflejaban millones de brasileños nordestinos que habían migrado hacia el sur del país en busca de mejor destino.

Del otro lado de la "esperanza", estaba "el miedo" que, según los asesores de campaña de Lula, pretendía instalar en su contra el PSDB, apelando a una demonización del abanderado del PT que ya le había costado a éste sendas derrotas ante Fernando Collor de Mello, en 1989, y ante Fernando Henrique Cardoso, en 1994 y 1998. Pero el rival de Lula de hace ocho años, al que el establishment económico mostraba como continuador ideal del reputado sociólogo, adolecía del carisma y la sintonía con la gente que irradiaba el entonces aspirante opositor. El oficialista era el mismo Serra que el 3 de octubre tendrá otra chance.

No es Michelle con Frei. Lo paradójico, ocho años después, no es sólo la inversión de roles, sino que en uno de sus primeros anuncios de campaña, Serra ponderó lo hecho por Lula, para mostrarse como la mejor opción de profundizar sus avances.

El ex gobernador concentrará algunos de sus dardos en la falta de experiencia de Rousseff en cargos ejecutivos y en que, aunque tenga su bendición, Dilma y Lula no son la misma cosa. El carisma, como tantas otras virtudes, no es un bien transferible, razonan en el PSDB.

Pero hasta ahora, a Dilma le alcanza con el padrinazgo de un presidente que roza el 80 por ciento de popularidad a menos de cinco meses de concluir su segundo mandato y que, a diferencia de Michelle Bachelet con Eduardo Frei en Chile, salió muy temprano a tomar abierto partido en la contienda.

Es cierto que el tramo decisivo de la campaña recién comienza; además, la encuesta de Ibope que otorga 11 puntos de ventaja a Rousseff y proyecta una eventual victoria de ésta en primera vuelta parece exagerada pensando que el propio Lula requirió del balotaje en sus dos triunfos.

Pero está claro que, a un mes y medio de las urnas, la apuesta de Lula por la mujer de pasado guerrillero, que acaba de superar con éxito un cáncer y que motivó la salida del PT de algunas figuras (como la ex ministra de Ambiente Marina Silva, tercera en discordia para octubre), dejó de ser una quimera. La posibilidad de que Rousseff sea la primera mujer en presidir el país más influyente de la región cobra cada vez más fuerza.