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Del Maracaná a la puja por el Planalto

La alusión a los cambios es referencia obligada tras las multitudinarias marchas de 2013.

16 de julio de 2014 a las 12:02 a. m.
Redacción La Voz
Del Maracaná a la puja por el Planalto

No hubo final feliz, ni foto victoriosa que aventara viejos fantasmas, ni triunfo que lavara la afrenta de 64 años para un mítico Maracaná remozado para la “Copa de las copas”. Tampoco estallidos de violencia o masivas protestas callejeras que, como en la Copa de Confederaciones, desplazaron la atención global hacia fuera de los campos de juego.

Su Mundial acabó con mucha más pena que gloria deportiva: la lesión de Neymar en cuartos de final, primero, y las goleadas padecidas ante Alemania (por un humillante 7 a 1) y Holanda deprimieron a este país de 200 millones de futboleros.

Y tras la cita en que Argentina acarició la gloria, en Brasil la realidad cotidiana volvió a adueñarse de discusiones y debates, y las miradas viajaron desde Río hacia la capital del país, donde la presidenta Dilma Rousseff recibía a jefes de Estado del Brics y la Unión Suramericana de Naciones (Unasur) en busca de acuerdos que propicien una suerte de contrapeso a la influencia política y económica de las potencias hegemónicas del planeta.

Cuando las visitas dejen Brasilia, el foco seguirá en el Palacio del Planalto, porque la cuenta regresiva hacia las presidenciales del primer domingo de octubre ha comenzado.

Las principales encuestadoras aún no divulgaron sondeos tras el final del Mundial, en cuya final Dilma volvió a sufrir abucheos cuando las pantallas del estadio la mostraron al entregar la copa. Sin embargo, una encuesta de Datafolha difundida a principios de julio recogía una recuperación de los números de la jefa de Estado, quien pasaba del 34 al 38 por ciento de intención de voto. Su más cercano contendiente seguía siendo Aécio Neves, quien subía de 19 a 20 puntos y, más lejos, Eduardo Campos, con un estable 10 por ciento.

El día después del triunfo argentino sobre Bélgica en el estadio Mané Garrincha, este cronista compartía un almuerzo junto a amigos brasileños –algunos de ellos periodistas y otros no, aunque sí muy bien informados– en un restaurante junto al Lago Paranoá. La sensación dominante, ante la consulta sobre un pronóstico electoral, era que tras la primera vuelta del día 5, habrá balotaje el 26 de octubre, y allí Dilma y el Partido de los Trabajadores (PT) y sus aliados lograrán la reelección frente a Aécio, el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y sus apoyos del centro y la derecha.

Claro que todos advirtieron que en Brasil conviene atender a las fotos de las encuestas recién 45 días antes de las urnas.

Las que sí están claras son las apuestas de los tres principales candidatos como ejes de campaña. Por el lado de Dilma, se apuntará a los logros sociales desde la llegada de Luiz Inácio Lula da Silva al poder, el 1° de enero de 2003. Programas como el “Bolsa Familia”, el “Brasil Sin Miseria” o “Mi Casa Mi Vida” serán estandartes oficialistas, en los que el marketinero político João Santana parece tener listo el eslogan “Más cambios, más futuro”.

La alusión a los cambios es referencia obligada tras las multitudinarias marchas que se repitieron desde mediados de 2013 en este vasto país. La presidenta ha dicho que esa exigencia de mejoras expresada en las calles es una muestra de la salud de la democracia brasileña y es consecuencia de los derechos alcanzados por distintos sectores hasta hace una década postergados.

A Dilma, con 66 años, le juegan en contra el desgaste y algunos números de la economía que encienden alertas.

La “necesidad de cambio” será también la bandera de Aécio, el exgobernador de Minas Gerais y senador que dice estar listo para atravesar en su pecho la banda presidencial que su abuelo Tancredo, mandatario electo en 1985, no pudo lucir a raíz de su muerte antes de asumir.

Desde distintas trincheras

Aécio, de 54 años, comenzó hace 28 su carrera política como diputado. Su última referencia es un paso con deslices por el Senado. Pero para los contertulios brasilienses, los puntos más vulnerables del principal candidato opositor derivan de una vida privada sobre la que hay muchas versiones y pocas en las que queda bien parado.

La trilogía de presidenciables con expectativas se completa con el pernambucano Campos, del Partido Socialista Brasileño (PSB). Con 48 años y una declamada fidelidad a Lula (de quien fue ministro), pero no al PT ni a Dilma, Campos fue el primero en anunciar su postulación secundado por Marina Silva. Su estrategia será mostrarse como alternativa a la polarización entre el PT y el PSDB, y única vía de cambio posible frente a quienes ya han gobernado el país en las últimas dos décadas.

La foto parcial de las encuestas dice que el papel más relevante de Campos podría ser el de árbitro del balotaje. En ese escenario, nadie piensa que el PSB y sus aliados se vuelquen hacia Aécio en lugar de Dilma. Pero la política suele no responder a la lógica ni es ciencia exacta. Por más que la formación de los tres principales candidatos tenga que ver con la economía.