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“Cumplí la promesa que le hice a mi madre”

Luis Toutouchian evoca los días que enmarcaron su visita de hace un año a la tierra de sus abuelos y padres como los más intensos de su vida. “La armenidad sigue transmitiéndose”, dice.

02 de mayo de 2016 a las 12:05 a. m.
Redacción La Voz
“Cumplí la promesa que le hice a mi madre”
Emoción. Luis muestra una foto con el cartel de Nor Hadyen, réplica del pueblo de su madre, que visitó con amigos cordobeses en 2015 (Raimundo Viñuelas/La Voz).

“Este viaje significó para mí realizar lo más ansiado, que era conocer la tierra de mis antepasados. Cuando mi madre vivía siempre le prometía que iría a Armenia y cumpliría con una ilusión muy grande de conocer el pueblo de ella y la verdad es que se me cumplió un sueño. Nunca pensé que me pudieran pasar tantas cosas impresionantes y tener tanto calor, tanto amor, tanta emoción”.

Las palabras, emocionadas aún un año después, brotan de Luis Toutouchian, uno de los cordobeses-armenios (o viceversa) que a fines de abril de 2015 viajaron a Ereván y otras regiones del país de sus raíces, en coincidencia con la conmemoración del centenario del Genocidio perpetrado por el Imperio Otomano.

“Vos viste cuando bajamos del avión y besamos el suelo armenio; eso era otra de las promesas que había hecho... Nunca pensé que iba a pasarme todo lo que me pasó. Las emociones mezcladas con llantos y risas, en el lugar donde nacieron mis padres…”.

–Vos mamaste “la armenidad” desde niño. Después de lo vivido en el viaje, ¿qué significa hoy Armenia?

–Cuando volábamos de Rusia a Ereván y estábamos llegando y se veían las montañas de Armenia, la verdad es que me temblaban las piernas. Me decía: no puede ser que esté aquí yo… Yo había escuchado el comentario de chicos y jóvenes que habían ido, por los campamentos mundiales de scouts, pero estar allí justo en la evocación del Genocidio Armenio fue muy fuerte Si me pedís que te describa lo que sentía se me hace muy difícil porque fue una emoción única que corría por mis venas. Me acordaba mucho de mis padres, de mi abuelo, de todas las cosas que me contaron y de todo lo que ellos pasaron y fue muy fuerte”.

–¿Cómo es esa historia personal de tu abuelo?

–Con mi abuelo no pude charlar mucho de su vida en Armenia, porque para él era un sacrificio muy grande y muy terrible. El padre de mi mamá tenía un hermano mellizo y ambos participaron de la histórica resistencia en su pueblo de Hadyen. Habían defendido durante seis meses su pueblo en lo que se conoció como la epopeya de Hadyen, pero con el avance de las hordas turcas tuvieron que huir. Cuando se estaban escapando de los turcos, el hermano mellizo de mi abuelo fue herido y se le murió en sus brazos. Mi tío abuelo le pidió a mi abuelo no morir en manos de los turcos y murió en brazos de mi abuelo… Esto fue muy duro para él y, por eso, cuando le pedíamos al abuelo que nos contara lo que había pasado en Armenia, él respondía cualquier cosa y se enojaba para no hablar del tema. Hasta que mi madre un día nos sentó a solas y nos explicó por qué mi abuelo no quería contarnos, ni tocar el tema. Era por el dolor que aún, tantos años después, le provocaba la muerte de su hermano. La epopeya de Hadyen se conmemora cada 10 de octubre. Hoy, un año después de haber viajado, agradezco a mi familia y amigos que permitieron que pudiera estar allá”.

Luis se emociona cuando piensa en su abuelo Meguerdich (Miguel en armenio) y sus largas caminatas vendiendo lotería, con más de 80 años a cuesta y algunas imágenes de un dolor que no podía borrar ni digerir. También imagina cómo habrá sido el barco en el que coincidieron su padre, Agop, con 8 años, y su madre Sihroui, con apenas 6, sin conocerse. El destino recién cruzaría sus vidas cuando ambos vivían ya en el viejo barrio Inglés, hoy Pueyrredón, de Córdoba.

–¿Qué encontraste en Armenia de tus orígenes?

–Cuando pisamos suelo armenio vi muchas cosas lindas y muchas cosas feas. Vi monumentos históricos muy lindos, iglesias... Nunca vi tantas tan cercanas y en tan poco tiempo, y aunque soy de ir a la iglesia, ver tantos templos allá me hizo recordar lo que nos explicaban nuestros padres acerca de por qué el pueblo armenio era tan cristiano. También fue impactante ver la pobreza que había fuera de la capital. Fueron unos de los 15 días más lindos que pasé en mi vida y creo que no va a borrarse nunca de mi mente todo lo que hicimos...”.

Luis sabía que no podía dejar Armenia sin visitar Nor Hadyen, una entre varias réplicas de otros tantos pueblos emblemáticos armenios que quedaron bajo dominio turco y cuya estructura se erigió hace unos años como tributo a poblaciones usurpadas.

–¿Cómo fue visitar la réplica del pueblo de tu madre?

–Al ver el cartel en la entrada, después de unos 80 kilómetros, me temblaron las piernas. Aunque parecía un pueblo desolado, porque la mayoría de las cerca de 30 mil personas que lo habitaban se fueron a trabajar a otros lugares porque faltaba el trabajo. En el registro de un pequeño museo de Nor (Nuevo en armenio) Hadyen encontré un mensaje dejado por mi madre 17 años antes... La pena fue ver un complejo deportivo vacío, un colegio con pocos alumnos y pocos jóvenes, que fueron a buscar trabajo a otra parte porque allí no lo tenían.

Luis menciona en cada anécdota a sus compañeros de un viaje inolvidable: Carlos Toutoujian, Sergio Panosian, Carlos Margosian y Rafael Simonian. El centenario del Genocidio llevó a Ereván a muchos armenios más desde Córdoba.

“A mis nietos les voy a seguir inculcando, y sus padres también lo hacen, lo que es la armenidad. Les voy a insistir para que vayan y visiten Armenia, porque realmente hay que conocer la tierra de nuestros ancestros. Mis nietos y los hijos de mis nietos tienen que conocer Armenia”, afirma Luis que ahora sueña con que el papa Francisco, a quien admira por su valentía, llegue a estar tan cerca del Monte Ararat como él estuvo y siga bregando para que Turquía reconozca el Genocidio.