¿Cuánta democracia será capaz de tolerar Occidente?
El guiño tardío de la Casa Blanca al derrocamiento de Mubarak recuerda a otras ambiguas posturas de Estados Unidos y Europa ante el mundo árabe. Marcelo Taborda.
En la era de las comunicaciones, el país más poderoso del planeta se tomó demasiado tiempo para dar su explícito aval a la ola de protestas que terminaron con la presidencia de Hosni Mubarak en Egipto. "Tardaron 30 años", dijo con ironía el escritor y cineasta anglo-paquistaní Tariq Alí, quien consideró que Washington se subió a la ola "revolucionaria" en las calles de El Cairo, cuando la situación política interna de Egipto, aliado clave en el mundo árabe, hacía insostenible la continuidad de su octogenario gobernante.Casi tres décadas tardaron, salvo excepciones, los medios norteamericanos en usar el calificativo de "dictador" con Mubarak, quien hacía mucho que gobernaba con puño de hierro, elecciones teñidas de sospecha y sólo unos meses atrás dudaba entre volver a ser candidato o pasarle el poder a su hijo.El guiño tardío de la Casa Blanca al derrocamiento de Mubarak y el beneplácito de Washington ante las medidas "democratizadoras" de la junta militar (entre ellas la disolución del Parlamento y la acelerada reforma de la Constitución) recuerdan a otras ambiguas posturas de Occidente ante el mundo árabe y sus líderes.Cuatro semanas antes, las revueltas que pusieron fin a 23 años de mandato de Zine el Abidine Ben Ali en Túnez, habían desnudado el doble rasero de Europa frente a gobiernos de perfil autocrático con los que sostenía negocios estratégicos.Pero el peso específico de Egipto en el tablero regional puso en guardia a todos los regímenes del mundo árabe y alimentó recelos en Israel, donde la cautela superó a cualquier euforia, ante el temor de que "grupos radicales" capitalicen el descontento popular y canalicen las urgencias sociales, como ya ocurriera en otras latitudes.Pero no sólo desde Israel se escucharon voces que advierten sobre lo imperioso de que en las elecciones de septiembre (o cuando se celebren en Egipto) se impongan grupos moderados y queden atrás posiciones más duras. ¿Será entonces una democracia supeditada al resultado que convenga a Estados Unidos y sus aliados? ¿Y si no, qué? Experiencias del pasado reciente no inspiran optimismo. Cuando a fines de la década de 1980 y principios de la del 90 una revuelta estudiantil reclamó la "islamización social" de Argelia, Europa encendió sus alarmas. El movimiento llevó al Frente Islámico de Salvación a ganar por amplio margen las elecciones municipales primero y luego proyectarse a nivel nacional. Hasta que el presidente Chadli Benyedid gestó un autogolpe que impidió que lo destronaran islamistas y abrió la puerta a una guerra civil que tuvo muchos ideólogos y cómplices en las principales capitales del mundo.Cuando a comienzos de 2006, el Movimiento de Resistencia Islámica, Hamas, llevó a Ismail Haniye a la victoria en las elecciones generales palestinas, en la Casa Blanca como en la Knesset se relativizó hasta hacerlo nulo al veredicto de las urnas como expresión de mayorías.Ahora que otra organización islamista como Los Hermanos Musulmanes, que ganó adeptos en los sectores más olvidados por gobiernos hasta hace poco intocables, asoma como potencial alternativa electoral, no son pocos los que recuerdan sus posiciones extremas de antaño. Otros, se apresuran a ubicarlo dentro del "modelo turco", para considerarlo una opción "potable". ¿Y si no, qué?Mientras se apagaba el último eco de las protestas y los posteriores festejos en la Plaza Tahrir, la jefa de la diplomacia estadounidense, Hillary Clinton, anunciaba que como respaldo a la libertad en Internet, Washington apoyaría incluso monetariamente a los "activistas digitales". Claro que activistas como el australiano Julian Assange y su WikiLeaks, reveladores de crímenes y oscuras tramas del poder mundial, no tendrían esa suerte.

