Cuando la desesperación le gana al miedo
Muchos sirios sienten que ya no tienen nada que perder y se suman a las manifestaciones clandestinas. Confiesan que son cada vez menos.
Barze (Siria). Abet lleva un balazo en su estómago; a Mohamed lo tuvieron cinco días de pie esposado a una pared y la pequeña Yasmin perdió a su padre en un asalto militar, pero la sensación de no tener ya nada que perder los lleva cada noche a desafiar al régimen sirio en protestas clandestinas.
Sólo el hecho de llegar a esas manifestaciones supone una proeza para los participantes.
Los puestos de control instalados por el ejército en torno a la periferia de la capital obligan a tomar caminos secundarios y, una vez cerca del lugar, adentrarse a pie por callejones casi impenetrables.
Allí, apostados en las esquinas, hombres con uniforme militar, enmascarados y armados con rifles automáticos, señalan con linternas el camino hacia la concentración: son el Ejército Libre Sirio (ELS).
Mohamed, uno de estos milicianos, explica que desertó en julio después de ver cómo agentes de los servicios de inteligencia de la aviación, los más temidos, disparaban a compañeros suyos que se negaron a abrir fuego contra civiles.
Pese a la repercusión que tiene el ELS en el exterior de Siria, Mohamed reconoce que la realidad es mucho más modesta. En Barze, el barrio de Damasco donde se lleva a cabo la manifestación clandestina, son apenas unos cuantos jóvenes, tanto civiles como desertores, los que custodian el lugar.
La gran diferencia, apunta, es que antes de empuñar las armas estas protestas solían acabar en un baño de sangre.
Pero Mohamed y los dos centenares de manifestantes en la protesta confiesan que la represión surte efecto: al comienzo de las revueltas llegaban a congregarse dos mil personas.
Barze es un barrio de clase media que cuenta con una población homogénea que defiende la revolución y ya sufrió el hostigamiento.
Aquí se conocen todos y es más fácil organizar protestas que en otros barrios, por lo que a la cita acude gente de la capital y sus alrededores, sobre todo de localidades que el ejército tiene asediadas.
Cantos contra el régimen. Bajo guirnaldas festivas, los manifestantes, entre quienes hay un buen número de mujeres y niños, entrelazan sus brazos por los hombros y entonan cánticos contra el régimen.
“Al principio estábamos llenos de energía, nos sentíamos invencibles. Ahora estamos realmente asustados, pero creemos en lo que hacemos”, cuenta Lakab, uno de los organizadores de la manifestación.
Cuando una niña de siete años como Yasmin dice que lo único que desea en esta vida es ver muerto al hombre que mató a su padre, se hace muy complicado pensar que haya alguna forma de detener las manifestaciones y la violencia.

