Crisis económica: una tormenta “desarrollada”
El endeudamiento de varios países europeos volvió a preocupar a las finanzas de los países centrales. Se teme una caída en el valor del euro y una nueva recesión a escala mundial.
Cuando parecía que cedía la profunda crisis financiera que se inició en 2008 con la caída de Lehman Brothers, las turbulencias volvieron a los mercados financieros e impactaron con fuerza en la economía de los países desarrollados.
En 2011, el motor de la crisis fue, por un lado, el problema del alto endeudamiento de los países europeos y, por el otro, aunque íntimamente ligado al primero, el temor a una nueva recesión mundial, la temida “W” del crecimiento (conocida como double dip o doble fondo).
El primer país en mostrar serios problemas fue Grecia, pero sus 360.300 millones de dólares de deuda (165,5 por ciento de su producto interno bruto) amenazan con extenderse como reguero de pólvora al resto del Viejo Continente (ver Los vientos perdidos, por J.F. Marguch).
¿Cómo puede una pequeña economía europea impactar tanto en sus vecinos, hasta el punto de hacer tambalear al euro? La explicación hay que buscarla, por un lado, en el impacto directo que tendría un default griego en los balances de los bancos alemanes y franceses, los principales tenedores de la deuda helena.
Por otra parte, en el efecto contagio que se está produciendo por la suba de las tasas de interés para otras economías europeas mucho más importantes que Grecia, como Italia y España. El aumento en el peso de la deuda que esta situación genera está llevando a una “profecía autocumplida”: mientras más altas las tasas, mayor es la carga para cumplir las obligaciones y más cerca está el país de la cesación de pagos.
Políticos en la mira. Este serio problema de solvencia de varias naciones europeas se agudizó a lo largo del año por los problemas políticos.
Varios gobiernos implementaron planes de ajuste que motivaron multitudinarias protestas sociales en Grecia, Italia, España y Francia y que terminaron arrastrando a los gobiernos de los tres primeros países.
A su vez, el movimiento de los “indignados”, que comenzó en España, terminó trasladándose, con sus particularidades, hasta el centro financiero mundial en Wall Street.
Mientras a unos les cuesta políticamente implementar recortes, a otros (como Alemania) les cuesta convencer a sus ciudadanos de seguir poniendo dinero para ayudar a países que sostienen políticas sociales mucho más benignas que las propias.
Con este marco, la Unión Europea pasó varios meses intentando acordar políticas para evitar que Grecia caiga en default, incluso un default “ordenado” (con una quita de deuda y reestructuración a largo plazo, a la Argentina de 2005).
A fin de octubre, se decidieron nuevas medidas, esta vez más drásticas: un corte del 50 por ciento de la deuda griega, el fortalecimiento del Fondo Europeo de Estabilización Financiera (Feef), un incremento de la ayuda al gobierno heleno y la recapitalización de los bancos, entre otras. En noviembre, Grecia e Italia implementaron, cada una a su ritmo, medidas de austeridad tras la renuncia de sus primeros ministros, Yorgos Papandreu y Silvio Berlusconi, respectivamente.
¿El huevo o la gallina?. Los vaivenes financieros, económicos y políticos generaron a nivel mundial una fuerte discusión sobre qué conviene hacer, si seguir exigiendo a los países endeudados un ajuste fiscal que permita hacer viable el pago de los vencimientos en el futuro. O si, como propone, entre otros, el premio Nobel de Economía, Paul Krugman, la prioridad es crecer (para evitar otra recesión y atacar el fuerte problema de desempleo) para reducir la carga de las obligaciones sobre el presupuesto público.
La posibilidad de aplicar políticas keynesianas como las que propone Krugman se topan con dos problemas. Por una parte, quién financia la expansión del gasto para incentivar la demanda. En Estados Unidos, las políticas monetarias expansivas se están fondeando con emisión de deuda (bonos del Tesoro) que es comprada, entre otros, por China. Pero en Europa la cuestión no es tan sencilla, pues nadie está dispuesto a prestarle dinero a tasas razonables y porque los países más “ordenados” no quieren seguir financiando la expansión del gasto en las naciones con problemas.
Por otra parte, el Banco Central Europeo (BCE) tiene en sus estatutos (a diferencia de la Reserva Federal de Estados Unidos) un claro mandato para defender el valor del euro. Esto es, para evitar la inflación. Por esta razón, se le complica tomar medidas para puntalar el crecimiento a través de una inyección monetaria.
Así las cosas, el default ordenado en Grecia parece el peor de los males. Pero todavía no está descartada la salida que nadie quiere: una devaluación o el abandono del euro (que implicaría un fracaso político para los líderes europeos). Y, además, todos los programas de ajuste en países grandes como España, Italia o Francia siguen frenando la posibilidad de recuperación. Hacia delante, los temores de una nueva recesión en Europa no están del todo disipados. Según el último informe del Fondo Monetario Internacional (FMI), Perspectivas de la Economía Mundial (septiembre de 2011), la zona euro crecería menos este año y a un ritmo todavía menor en 2012.
En 2010, el producto interno bruto de la región avanzó 1,8 por ciento; en 2011 lo haría en 1,6 por ciento (0,4 punto menos que lo previsto en el informe de junio) y el año próximo bajaría la expansión a un módico 1,1 por ciento. En estas proyecciones, sobresale
el freno del motor europeo: Alemania pasaría del 3,6 por ciento en 2010 a 1,3 por ciento en 2012.
La desaceleración también impacta en Estados Unidos (pasaría del tres por ciento en 2010 a 1,8 por ciento el año próximo, según el FMI) y en países emergentes como Brasil (bajaría del 7,5 por ciento el año pasado a 3,8 en 2011 y 3,6 en 2012).
El desenlace de la crisis todavía no está a la vista y todo parece indicar que la tormenta aún tardará en terminar de pasar.
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Rostros de la crisis. Debacle. El impacto de la crisis en Europa deparó inevitables consecuencias políticas que sacudieron el escenario de algunos países. Así, Mariano Rajoy (a la izquierda), del PP español, fue elegido nuevo presidente del gobierno por amplia mayoría sobre el candidato oficialista del Psoe.
En Italia, Silvio Berlusconi (al centro), renunció luego de asegurarse que se llevarían a cabo las políticas de ajuste señaladas y dejó su sitio de primer ministro a Mario Monti, una figura que representa la prevalencia de la economía sobre la política. En Grecia, Yorgos Papandreu (a la derecha) fue devorado por la tremenda adversidad por la que traviesa su país y, finalmente, terminó reemplazado por Lukas Papademos.

