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Con sangre en las venas

Por qué el movimiento de indignados prende también en Estados Unidos. Alejandra Conti.

16 de octubre de 2011 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Con sangre en las venas

Las demostraciones de dolor colectivo por los atentados del 11-S fueron una excepción en la rutina ciudadana en los Estados Unidos. Los estadounidenses generalmente no participan de manifestaciones masivas para protestar por nada. Las movilizaciones por cuestiones gremiales muchas veces terminan en rondas de pocas personas frente a las empresas. Vietnam fue una de esas históricas excepciones. Como las marchas por los derechos civiles, tan lejanas ya en el tiempo. Tiene que ser muy dolorosa la herida para que la sociedad salga a las calles en un gesto que los asimile –aunque lejanamente– con países considerados menores, problemáticos, poco desarrollados.Esto se debe a que a pesar de la gran heterogeneidad del pueblo de ese país, el espíritu fuertemente individualista de la cultura protestante se impone como código de conducta general. Quien trabaja duramente puede cuidar de sí mismo y de los suyos; por lo tanto, no necesita de la intervención del Estado y mucho menos de la dádiva. Quien trabaja duramente no tiene por qué mantener con sus impuestos a quien no lo hace. Por lo tanto, el Estado no tiene por qué ayudar a quien no trabaja. En este esquema sobra lugar para el exitismo. Es muy común el pensamiento de que los grandes millonarios (que la mayoría de las veces heredaron su fortuna) merecen esa riqueza aunque no se la hayan ganado trabajando.Los ataques terroristas de 2001 provocaron actos de gran participación ciudadana, pero que estaban marcados por un fuerte espíritu patriótico, pronto desnaturalizado por su extremismo, y un no menos fuerte clamor de venganza.Pasaron 10 años desde entonces. Fue una década durante la cual toda declaración pública contraria al gobierno era interpretada como falta de patriotismo y merecía la condena social.Lo que vemos en las calles de Nueva York desde el 17 de septiembre, sobre todo en Wall Street, hace recordar (por actitud, todavía no por magnitud) a esos casos excepcionales en los que algunos norteamericanos se animaban a hacerle frente no sólo a la policía y los palos, sino a una sociedad que juzga de forma impiadosa a quien se atreve a contradecir el orden establecido.Las concentraciones no son tan multitudinarias como las que se produjeron para Vietnam o las que se repiten en Europa cada vez que los sindicatos convocan a una huelga, pero hay que apreciarlas en el contexto de la realidad política y social estadounidense. Desde ese punto de vista marcan un hito. Además, se están reproduciendo en varios estados, no sólo en los más progresistas de las costas sino incluso en la muy conservadora Texas. Españoles y americanos. Las imágenes que llegan desde Nueva York muestran banderas en las que las estrellas de los estados de la Unión son reemplazadas por logos de empresas. Los discursos que escuchamos hablan de rescatar a las madres solteras y no a los banqueros, traders y gerenciadores de fondos de riesgo. Repiten, tal como decían los indignados españoles, que su país está gobernado por los bancos. También dicen que lo que intentan es cortar la cadena de favores entre políticos corruptos y empresarios delincuentes.Esperan poder generar un cambio de abajo hacia arriba, ya que no ven que se pueda producir a la inversa. En otras palabras, se desilusionaron con Barack Obama.A diferencia de los españoles, que piden que el sistema les haga un espacio y que para eso debe cambiar, ellos consideran que el sistema está quebrado. Los primeros llegaron a conocer una eficiente red de contención social que está en camino de ser desmantelada para salvar la economía y las finanzas. Los segundos nunca vivieron esa experiencia. Los americanos son vistos definitivamente como militantes radicales, como extremistas. No es el caso de los españoles. Unos y otros piden grandes reformas que las instituciones de sus respectivos estados se muestran renuentes a realizar. Ambos son parte de un movimiento global que florece gracias a la facilidad para las comunicaciones que brindan las nuevas tecnologías. Todos se rebelan, hasta los muy reprimidos y sometidos pueblos árabes. Los estadounidenses no podían ser menos.