Choque de egos
El protagonismo absoluto y el golpe de efecto son la especialidad de Hugo Chávez, pero Álvaro Uribe no se queda atrás cuando el asunto es demostrar a su público quién manda. Alejandra Conti.
Lo ocurrido entre Venezuela y Colombia se parece más a una confrontación entre personalidades e intereses políticos particulares que a un auténtico conflicto entre naciones.
El episodio que terminó con el rimbombante anuncio de ruptura de relaciones con Colombia por parte de Hugo Chávez comenzó con el pedido de Colombia a la OEA para que la organización interamericana enviara una misión para detectar la presencia de guerrilleros de las Farc en territorio venezolano.
El gobierno colombiano asegura que no hay menos de 1.500 guerrilleros en Venezuela, cerca de la frontera entre los dos países.
Chávez respondió con la ruptura de relaciones. Para hacer este anuncio, tuvo a Diego Maradona como acompañante y testigo, como si el histrionismo del presidente venezolano y la gravedad del tema no bastaran para darle trascendencia al asunto.
"Uribe es un enfermo, está lleno de odio", dijo Chávez, quien también llamó a las fuerzas armadas a estar en alerta, y prefirió esto a cualquier instancia de diálogo.
Es la primera vez, desde que Chávez está en el poder, que Colombia y Venezuela rompen relaciones, pero más de una vez la tensión llegó a niveles casi insoportables.
Una de esas ocasiones ocurrió en 2008, luego de que Colombia matara al número dos de las Farc, Raúl Reyes, en un campamento que se encontraba en territorio ecuatoriano. Colombia denunció que en la computadora de Reyes había datos que indicaban una negociación por armas entre Venezuela y las Farc. Chávez respondió a la agresión a Ecuador con el envío de tropas a las fronteras. Posteriormente él y Uribe hicieron las paces en la cumbre de la Unasur en Bariloche.
Más cerca en el tiempo, hace un año, Chávez congeló los lazos comerciales con Bogotá debido a que Uribe habilitó a Estados Unidos para que controlara siete bases militares en suelo colombiano.
Uno y otro. Hoy, Uribe transita los últimos días de su presidencia, ya que el 7 de agosto asume su aliado Juan Manuel Santos. El actual presidente deja el cargo luego de dos períodos de gobierno con una altísima popularidad, del 70 por ciento, un porcentaje similar al que obtuvo Santos en la segunda vuelta electoral contra Antanas Mockus.
Precisamente este nivel de aprobación de Uribe es un problema para Santos, porque establecer relaciones cordiales con Chávez, en caso de que esta fuera su intención, puede ponerle en contra a la derecha que lo votó. En este caso, habrá que ver si la estrategia del nuevo presidente colombiano consiste en adoptar como propias las políticas de Uribe o en despegarse de él.
Uribe tiene interés en dejar bien claro que si no pudo terminar con las Farc en los ocho años de gobierno, no fue porque fallara su "política de seguridad democrática", sino porque hay intereses poderosos entre sus vecinos que le jugaron en contra. En otras palabras, que la culpa la tienen Chávez y Rafael Correa. De todas formas, Uribe es un presidente en retirada.
Chávez es quien afronta el panorama más difícil.
Su popularidad, lejos de aumentar como la deuda externa, disminuye. La crisis económica y energética, el aumento del desempleo y las denuncias de corrupción acrecientan el malestar.
Las elecciones legislativas del 26 de setiembre lo van a complicar aún más. Hasta ahora, Chávez había disfrutado de una Asamblea Legislativa completamente afín. Casi completamente afín. En las elecciones de 2005, la oposición había decidido no presentarse porque consideraba que no existía la transparencia necesaria para garantizar los comicios. Esto dejó el campo libre para que Chávez ordenara y la Asamblea obedeciera. Con el paso del tiempo, varios de esos legisladores oficialistas o afines se volvieron en contra del mandatario, dando espacio a una incipiente oposición parlamentaria.
Esa oposición parece haber aprendido la lección de la irresponsabilidad civil cometida en 2005. El 26 de setiembre se renuevan los 167 escaños de la Asamblea (unicameral), y los partidos opositores pueden llegar a hacer una buena elección.
Este panorama adverso explica las reacciones y acciones de Chávez. Para neutralizar los datos de la realidad adversa, tal vez habría sido más inteligente hacer hincapié en las acciones de política social que realmente significan algo para la gente, como las misiones. Hasta los opositores a Chávez reconocen el valor inclusivo de estos planes.
En cambio, Chávez prefirió una vez más los golpes de efecto. Como la exhumación de los restos de Simón Bolívar y la forma en que se realizó. A muchos puede haberlos impactado como una profanación.
Previamente, había recibido en Venezuela los restos simbólicos de Manuela Sáenz, la ecuatoriana que fue la compañera sentimental de Bolívar. Chávez le había pedido los restos a Ecuador. Como Sáenz había muerto de una enfermedad infecciosa y fue cremada, Ecuador envió a Venezuela un cofre con tierra de donde fueron enterradas sus cenizas (de allí lo de "restos simbólicos"). El cofre fue recibido con honores, militares y de Estado, desfiles y discursos, y finalmente fue ubicado junto a los restos de Bolívar, en el Panteón Nacional de Caracas.
La ruptura de relaciones con Colombia es otro gesto efectista, una demostración de poder innecesaria y perjudicial para cualquier aspiración no sólo a la integración regional, sino para la madurez republicana.

