Candidato ausente, liderazgo omnipresente
Por primera vez en 21 años, Luiz Inácio Lula da Silva no aspira a la presidencia brasileña. Marcelo Taborda, enviado especial.
Marcelo Taborda, enviado especial
Su imagen se reprodujo miles de veces y se multiplicó en afiches de candidatos de la fuerza política que fundó en 1980. Sus apariciones coparon manifestaciones públicas o cinematográficos spots . Cuando se trató de acudir en respaldo de su elegida para sucederlo, a partir del 1º de enero de 2011, él no escatimó esfuerzos: era su propia pelea. Algún desprevenido visitante, ajeno a lo que se juega este país el domingo, podría creer que él es uno de los aspirantes al Palacio del Planalto. Pero esta vez, Luiz Inácio Lula da Silva no se presenta y ello es novedad en una nación que lo tuvo como animador de las últimas cinco elecciones presidenciales.Suena paradójico que justo esta vez, que lo acompañan índices de popularidad del 79,4 por ciento, Lula no compita por aquello por lo que peleó cinco veces, las tres primeras sin éxito y las dos últimas coronando históricas victorias. Con tamaño apoyo, hubiera ganado sin necesidad del balotaje por el que tuvo que pasar dos veces.Sí, esta vez Lula no es candidato y parece más candidato que nunca.Lejos quedaron las batallas preelectorales en las que el sindicalista, nacido en una familia muy pobre de un pueblito pernambucano, era demonizado por el establishment financiero, empresarial y hasta por iglesias o credos de fuerte penetración en Brasil. Él, que como miles de nordestinos migró a San Pablo para escapar de la miseria, se cansó de dar contra la pared, pero nunca se dio por vencido.La derrota en 1989 frente a Fernando Collor de Mello, niño mimado las elites que dominaban este país gigantesco y aún desigual, sería la primera contienda que libraría por llegar a lo más alto en Brasilia.El abrupto final de Collor, en medio de un impeachment , pareció fortalecer la imagen del ex lustrabotas y tornero que perdió un dedo, pero ganó estampa de líder con las huelgas en San Bernardo do Campo.Es parte de la historia retratada en el film "Lula, el hijo de Brasil", que acaban de nominar para que compita como mejor película extranjera en una decisión que algunos ven salpicada de proselitismo. Sólo le faltaba ir por el Oscar, rezongaban días atrás ante este enviado un grupo de "tucanes" en su feudo de San Pablo. Pero al Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), después de Fernando Henrique Cardoso, le ha costado encontrar un liderazgo que aglutine a la tropa propia y seduzca a la ajena.Fue FHC el último en derrotar a Lula en presidenciales y lo hizo dos veces, en 1994, montado en el Plan Real de estabilidad monetaria, y en 1998, cuando todavía su estrella no había caído y Lula seguía siendo presentado como el cuco capaz de abrir la puerta al caos. Fueron dos caídas en primera vuelta y tras la última alguien vaticinó el final del líder del Partido de los Trabajadores. Se equivocó.De la mano de un viraje en la ortodoxia del PT y ciertas concesiones antes impensadas, los diseñadores de campaña de 2002 presentaron al pueblo el dilema entre el miedo y la esperanza, y venció la esperanza.Primero derrotó a José Serra, quien quiere revancha ante Dilma Rousseff. En 2006, el vencido fue Geraldo Alckmin. Inhabilitado este domingo por la Constitución, Lula se convirtió en el elector calificado. Millones de brasileños votarán por Dilma porque Lula les dijo que será como votarlo a él.¿Quién hubiera vaticinado 10 años atrás que ese dirigente izquierdista, no afecto a los trajes, sin formación universitaria y con un discurso antes visto como incendiario se iría con la aprobación de ocho de cada 10 compatriotas tras ocho años de gobierno? ¿Cambió Brasil o cambió Lula?. Ambas cosas.Por lo pronto, no son pocos los que creen que su adiós al poder es sólo temporal y tiene fecha de vencimiento en 2014.

