Atrapados entre los escombros de Afganistán
Las malas noticias que llegan del país ocupado y el costo no sólo humano de la guerra impactan en varios frentes y capitales. Marcelo Taborda.
Cuando el actual presidente de Estados Unidos anunció que en su estrategia militar dejaría de lado el unilateralismo de su predecesor en la Casa Blanca y concentraría sus tropas y recursos en el Afganistán de los talibanes y Osama bin Laden antes que en el Irak invadido en base a pruebas falsas, debió suponer que la empresa no sería fácil.
Pero es muy difícil que Barack Obama haya previsto que durante un año y medio en el gobierno del país más poderoso del planeta, las noticias surgidas desde la castigada nación asiática de 33 millones de habitantes serían cada vez peores.
El desliz del general Santley Mc Chrystal ante la revista Rolling Stones , fustigando a algunos de sus "comandantes políticos" como en el enviado de Obama para Afganistán y Pakistán, Richard Holbrooke o el secretario norteamericano de Defensa, Robert Gates, abre dudas sobre su continuidad al mando de las fuerzas de intervención y desnuda grietas en un bloque no tan monolítico.
Las críticas del militar que comparecerá hoy ante el Despacho Oval se conocieron un día después del informe de Naciones Unidas en el que se detalla que Afganistán duplicó el consumo de opio en los últimos cinco años y que el país ocupado desde fines de 2001 como respuesta a los atentados del 11-S no sólo es el primer productor y exportador mundial de la sustancia sino que ya tiene al ocho por ciento de su población adicta.
En realidad los datos acerca del negocio de las adormideras y el impacto en el mercado mundial de la heroína no es algo que se pueda achacar sólo a los 18 meses de gestión de Obama. En 2006, agencias de control de la Onu informaron que el cultivo de la amapola había crecido un 59 por ciento y la producción de opio en un 49. El negocio de las drogas es la única salida a la que apuestan campesinos acorralados por décadas de guerras que arrasaron un territorio de fronteras difusas, rivalidades internas y traiciones y en donde la expectativa de vida de sus habitantes no va más allá de los 43 años.
Para colmo, ni los miles de efectivos al mando de la Otan ni los cambios de discurso en Washington han apaciguado la violencia que desangra en un goteo cotidiano a la población local y afecta cada vez más a soldados extranjeros.
Según el secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, los atentados explosivos al costado de caminos afganos aumentaron un 94 por ciento en los cuatro primeros meses de este año con respecto a igual período de 2009.
Las malas noticias y el costo no sólo humano de la guerra impactan en varios frentes. El lunes, el ganador de la primera vuelta de las presidenciales de Polonia, Bronislaw Komorowski, prometió que si se impone en el balotaje del 4 de julio retirará a los 2.500 efectivos con que su país contribuye a una misión de dudosos resultados. Ayer, en Londres, mientras el gobierno de David Cameron presentaba un plan de duros recortes sociales para paliar el déficit público, en The Times se leía que la presencia de 10 mil soldados del Reino Unido en Afganistán demanda 11.100 millones de libras o 13.320 millones de euros.
Mientras, el destino de Bin Laden sigue siendo una incógnita entre las ya míticas cuevas afganas o del lado paquistaní de los dominios pashtunes. Y por si fuera poco, el presidente funcional que Occidente había encontrado en Hamid Karzai, tras las fraudulentas elecciones de agosto y noviembre del año pasado que garantizaron su permanencia en la presidencia, trastocó su figura dócil y sumisa por amenazas de aliarse "al otro bando", si quienes lo entronizaron le exigen "transparencia".
Con tal panorama, podría imaginarse la retirada extranjera. Pero un país de ubicación estratégica clave y con el subsuelo rebosante de cobre, hierro y esmeraldas nunca estará a salvo de la rapiña.

