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Opinión. Las dos caras del amor: qué tienen para decirnos el filme Amores materialistas y la serie Demasiado

La película de Celine Song y la serie de Lena Dunham establecen un diálogo sobre el amor y el desborde en tiempos de capitalismo tardío.

02 de agosto de 2025 a las 03:18 p. m.
Sofía Ferrero Cárrega
Las dos caras del amor: qué tienen para decirnos el filme Amores materialistas y la serie Demasiado
"Amores materialistas", de Celine Song con Dakota Johnson, Pedro Pascal y Chris Evans. (A24 y AP)

¿Qué sucede cuando dos creadoras tan diferentes como Céline Song y Lena Dunham debaten a través de sus obras las formas en que el amor se representa y se vive hoy?

Por un lado, Celine Song (36 años) es la directora de Amores materialistas, recién estrenada. A ella la conocimos en 2023 con su ópera prima Vidas Pasadas, que rápidamente se ubicó en un lugar que había quedado vacío desde que el amor (romántico) dejó de estar de moda.

Por otro lado, Lena Dunham, después de siete años sin escribir, vuelve con la serie Demasiado, de Netflix. A principios del 2000 Dunham (39 años) escribió una de las mejores series sobre la amistad entre mujeres y lo que significa ser de una generación acomodada, perdida y deprimida, porque puede.

Girls, de HBO, logró que abrazáramos a esas protagonistas complejas, narcisistas, desagradables la mayor parte del tiempo, pero muy contemporáneas y que, como espectadoras, en vez de buscar modelos aspiracionales, como hasta entonces, encontráramos una identificación con lo que somos.

Poner a conversar dos obras, en apariencia, tan distantes como la nueva película de Song y la serie de Dunham demanda, en principio, una justificación.

Ambas directoras se han dedicado a diseccionar algo de la gramática afectiva del siglo 21, y en sus últimos trabajos eligen la comedia romántica, un género inseparable de la época y donde se puede trazar un mapa de las maneras en las que se representa el amor en las ficciones, desde que el género existe. La pregunta que se desprende es qué dicen ambas obras sobre las maneras en las que amamos en los tiempos que corren.

Amores materialistas se propone como una comedia romántica sólo en apariencia: en sus pliegues emerge un retrato inquietante de la erosión del deseo y el cálculo feroz en la era de los algoritmos y la precariedad emocional.

La ciudad de Nueva York, capital del triunfo de la mercancía, se muestra como un espacio casi desierto: brillan las fachadas y son homologados los perfiles de hermosos edificios con la rinoplastia de una joven clienta de Lucy (Dakota Johnson).

Ella, como parte de una empresa casamentera, ofrece servicios de emparejamiento personalizados y calcula compatibilidades en función de métricas exactas, según el ingreso anual, altura, expectativas familiares, clase social.

La película se instala así en la paradoja: a la vez que denuncia el vaciamiento mercantil del amor y muestra su lógica casi de manera pornográfica, constata su imposibilidad fuera de ese marco.

La película no idealiza ni demoniza del todo esta pragmática afectiva y señala que el amor no se ha rendido, pero tampoco ha logrado romper el cerco.

Esa es la tragedia invisible que subyace tras la aparente ligereza de la película y ahí, uno de los problemas: no se entiende si Song critica o comulga pasivamente con esta idea.

Todo es “Demasiado”

A diferencia de Amores materialistas, donde el otro apenas nos “mueve un pelo”, en Demasiado la relación con el otro es un territorio de confrontación perpetua que saca lo peor de cada uno.

La serie cuenta el momento en el que Jessica acaba de separarse de su novio y tiene la posibilidad de trasladarse a Londres por trabajo.

La serie muestra así un espacio donde la honestidad brutal y la verborragia (tan propia de la comedia romántica, por otro lado) se convierten en una nueva forma de negociación social y emocional, pero también en un campo minado de caos, excesos y chabacanería.

Este contraste se amplifica al oponer dos culturas, en apariencia incompatibles, como la norteamericana y la británica.

La corrección política (asociada a la tradición británica), entendida como un límite a las expresiones extremas contrasta con el comportamiento norteamericano, que encarna la incontinencia y el desborde que parecen provenir de sentirse en casa en cualquier lugar, quizás por ser parte del imperio cultural que ha globalizado la vulgaridad.

Esta comodidad, a su vez, facilita que se diga cualquier cosa a cualquier persona en cualquier lugar.

Así, mientras Amores materialistas narra la ceremonia del amor domesticado por la lógica del mercado –un acto donde la moderación y el autocontrol rigen para no “perder valor”– Demasiado exhibe el reverso: la vida emocional como un campo abierto al exceso, la vulnerabilidad extrema y la transgresión constante de normas personales y sociales.

Dos caras de una misma época donde el amor y la intimidad fluctúan entre el cálculo y el caos emocional.

Y mientras Amores materialistas juega del lado de quien preserva la ilusión de ser dueño de sí mismo, de su cuerpo y sueña que existe algo cercano a elegir de quién nos enamoramos, Demasiado tampoco llega a afirmar, como decía Julio Cortázar, que el amor es un rayo que te parte al medio y te deja estaqueado en el medio del patio, porque los protagonistas están tan sumidos en su propio caos que tampoco pueden ver a quién tienen al lado.

Y si bien el siglo 21 vino a sacudir el significado de las palabras como las conocíamos, toda vacancia de sentido no tuvo tiempo de ser repensada.

Así, cuando las plataformas digitales desplazaron el ir al cine, se dejó de ver para pasar a consumir películas; cuando Spotify sustituyó a los discos físicos, se dejó de escuchar para consumir música; y cuando las redes sociales suplantaron al diario impreso, se dejó de leer para consumir tal o cual medio o periodista.

No se trata simplemente de un cambio técnico en los hábitos, sino de una reprogramación semántica: la relación con lo audiovisual, lo sonoro y lo textual se transformó en una experiencia regida por la lógica del consumo.

Quizás los verbos ver, leer o escuchar ya no sean los que mejor describen las nuevas formas de relación mediática, pero lo cierto es que tampoco tuvimos tiempo para pensarlo.

Las categorías del capitalismo y su vocabulario llegaron antes para llenarnos la boca con palabras nacidas para nombrar otras cosas.

Amores materialistas es la prueba de que la gramática implacable del capital ha colonizado no sólo los mercados, sino nuestros cuerpos y el lenguaje, y está moldeando con prisa y sin pausa, la manera en que se construyen la experiencia y la subjetividad contemporáneas.