¿Quién me apapacha cuando se me rompe el corazón?
Ser compasivos con uno mismo, implica aceptar todas las partes, conectar con uno mismo y mirar cara a cara a la propia humanidad. Este trato amoroso con nuestra vulnerabilidad, requiere de paciencia y de la convicción de que pase lo que pase, somos merecedores de amor y amabilidad.
Mi hijo más grande a la edad de cinco años me despierta a las tres de la mañana mirándome con sus profundos ojos azules llenos de lágrimas y con la mano en el pecho y me susurra para no despertar a su papá: -Mamá, me duele acá-, yo me despierto asustada, y le pregunto si se había golpeado mientras lo reviso buscando moretones. -No, me duele el corazón- y agrega -me rompieron el corazón-.
Mi hijo parado al lado de mi cama, estaba sufriendo de desamor, su amiga había elegido jugar con su mejor amigo y lo habían abandonado a su soledad en el recreo del jardín. Lo alcé, hice masajes en el pecho, lo acurruqué en mis brazos hasta que finalmente se durmió. Sentí su dolor, no busqué darle explicaciones sobre el sin sentido de su emoción y menos decirle que ya se le iba a pasar y que iban a volver a ser amigos y a jugar con él en los recreos. Le dije que entendía su dolor y que a mí también se me rompía el corazón cuando me dejaban sola.
Al día siguiente, mi hijo volvió del jardín animado, porque había jugado con muchos amigos en el recreo. No volví a preguntar por los traidores, hasta que unos días después aparecieron en casa a jugar y tomar la leche como si nada hubiera pasado.
Pensé en lo lindo que se siente cuando alguien nos apapacha sin mediar un juicio o crítica. Imaginé lo gratificante de que alguien te diga “si, duele y estoy auí para abrazarte en silencio”, o “si, fallaste y te amo igualmente”.
Ese sentimiento de dolor, que experimenté al escuchar a mi hijo, me llevó a abrazar su dolor y querer de alguna manera, aliviarlo. Eso que sentí, fue compasión.
La compasión, según el Dalai Lama, es el deseo que todos los seres sintientes estén libres de sufrimiento y Paul Gilbert la explica como una profunda conciencia del sufrimiento de uno mismo y de los otros seres vivientes, junto con el deseo y el esfuerzo de aliviarlo.
Pero, ¿qué nos pasa cuando se trata de volcar ese sentimiento hacia nosotros mismos? ¿Por qué es tan difícil dirigir esa compasión hacia nuestro propio sufrimiento?
La razón es que cuando nos sentimos amenazados, nuestro cerebro reacciona naturalmente con las tres respuestas automáticas del miedo: huir, pelear o paralizarnos. Por ejemplo, cuando fracasamos y nos auto-castigamos por eso, nuestra mente lo siente como una amenaza y comienza a responder para defenderse de nosotros mismos; nos auto-criticamos (pelear), nos aislamos (huimos) o quedamos rumiando atrapados en nuestra mente (paralizarnos).
Cuando el que fracasa es un amigo, por ejemplo, no nos sentimos amenazados, entonces podemos ser la mejor versión de nosotros mismos, ser compasivos, sabios y amorosos. Kristin Neff dice que todos tenemos la capacidad de ser autocompasivos, de cuidar de nosotros mismos como nos gusta cuidar a esa persona que amamos cuando sufre.
Ser compasivos con nosotros mismos, implica aceptar todas mis partes, conectar conmigo mismo y mirar cara a cara a nuestra propia humanidad. Este trato amoroso con nuestra vulnerabilidad, requiere de paciencia y de la convicción de que pase lo que pase, somos merecedores de amor y amabilidad.
La próxima vez que sientas que te estás castigando por algo que no te salió como esperabas, para e imagínate como a ese niño pequeño que hay en vos y en vez de criticarte (pelear), sé auto-compasivo, en vez de aislarte (huir), piensa en que todos somos imperfectos y estamos aprendiendo a vivir (humanidad compartida) y en vez de quedarte atrapado en tu propia mente (paralizarte), practica atención plena, conecta con lo que sucede en ese momento, escucha a tus emociones y conecta con los sentidos (Mindfulness).
La próxima vez que te rompan el corazón, sé vos la primera persona que te apapache.
*Por Valentina Masjoan - psicóloga, escritora

