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Murió Muhammad Alí: no habrá ninguno igual

No te pierdas el análisis de Daniel Guiñazú sobre la vida y la carrera de uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos. 

05 de junio de 2016 a las 12:36 p. m.
Daniel Guiñazú, especial desde Buenos Aires
Murió Muhammad Alí: no habrá ninguno igual
Alí le grita a Sonny Liston en 1965. La imagen está considerada entre las 100 mejores de la historia.

El redactor teme quedarse corto, que no le alcancen las palabras o no poder encontrar el tono justo para la despedida. Vacila ante el espacio en blanco y piensa y repiensa las palabras porque ha pasado algo demasiado importante. Se ha caído de su pedestal la máxima estatua del deporte de todos los tiempos. A los 74 años y en Phoenix (Arizona), ha muerto Muhammad Alí. Y cuesta escribirlo, cuesta leerlo y cuesta más hacernos a la idea de que "el Más Grande" ya no estará más alumbrando al mundo.En verdad, Alí se fue despidiendo de a poco. El Mal de Parkinson se había ido apoderando de su cuerpo, ya en los años finales de su extraordinaria campaña como boxeador profesional (61 peleas con 56 triunfos, 37 antes del límite, y 5 derrotas entre 1960/1981). Y se declaró con toda su potencia en 1987, cuando su propio cuerpo dejó de ser una hermosa expresión de armonía y plasticidad y se transformó en una cárcel oscura para sí mismo. Su voz se convirtió en un eco sordo y sus escasas apariciones en público convocaron más a la piedad que al asombro. Pero siempre con la emoción de estar en presencia de un mito del siglo 20.

Fue Alí mucho, muchísimo más que un gran campeón de los pesados, acaso el mejor de todos. Reinó más que nadie, en tres ocasiones diferentes (1964-1967, 1974/1978 y 1978/1980).

Y en su mejor momento, que coincidió con su reinado inicial, deslumbró al mundo con su extraordinaria velocidad de piernas y brazos, más propia de un boxeador con 20 kilos menos que la de una mole de 95 kilos, y una técnica depurada. Tenía todos los golpes, transpiraba clase y talento, era algo cercano al arte. Pegaba fuerte y aguantaba todo: su mandíbula, acaso, fue la más resistente de la historia de la máxima categoría.

Ya no fue el mismo cuando en 1970 regresó a la actividad luego que la Justicia estadounidense le quitara su título por negarse a combatir en Vietnam. Perdió agilidad en las piernas y eso lo plantó más sobre los rings y lo hizo más vulnerable. De esa época, datan sus grandes batallas, que lo transformaron en leyenda. Pero que también dejaron huellas en su físico con las que debió convivir dolorosamente hasta su partida.

Aquellas peleas de los 70 fueron guerras en las que debió ir más allá de sus talentos y de sus propias fuerzas para poder soportarlas. Con Oscar Bonavena (1970), Joe Frazier (acaso su máximo rival, quien le quitó el invicto en 1971 en el Madison y a quien le ganó en 1975 en Manila, en la pelea más dramática y terrible de la historia del boxeo), Ken Norton (contra quien peleó 11 rounds con la mandíbula fisurada en 1973) y George Foreman (al que noqueó en Zaire, en 1974, recuperando el título) protagonizó combates épicos que aún hoy se rememoran.

Porque Alí (nacido Cassius Marcellus Clay el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky, y rebautizado luego con su nuevo nombre en 1964, cuando se convirtió en musulmán tras ganarle la corona a Sonny Listón) fue un ídolo a escala mundial, acaso el primero de todos. Hijo de su tiempo, supo explotar el amplio desarrollo tecnológico que los medios experimentaron en los 60. Y sus frases, sus dichos, sus polémicas, sus pensamientos más profundos, sus ocurrencias, sus grandezas y sus miserias rebotaron con fuerza en todo el planeta. Alí fue un ciudadano del mundo. Y a ese mundo le habló como nadie antes y como pocos, muy pocos, después.

Pero no sólo habló de boxeo. Y eso lo hizo más grande de lo que ya era por lo hecho en los rings. Aprovechó la plataforma que le dio su celebridad mundial para difundir su compromiso social, su pelea por los derechos humanos y políticos de su raza y de su credo, su convicción de que un mundo “menos peor” era posible. Se paró al lado de Malcom X, de Martin Luther King, militó en las calles la lucha contra la guerra en Vietnam.

Dueño de una inteligencia superior y plenamente consciente del espesor político que tenía su discurso, Alí fue la voz de muchos, de millones. Y esa voz se acaba de callar para siempre. Caso curioso: él, que habló siempre, hasta por los codos, se marchó en silencio.