El presente del ex boxeador Julio César Saba: es camillero en el Hospital Infantil
"El boxeo me rescató de la calle". Tuvo un origen humilde. Empezó a boxear a los 12, llegó a ser campeón sudamericano. Admira a Ballas y Laciar, y desde su retiro es camillero del hospital Infantil de Alta Córdoba.
"Yo pensaba que todos los boxeadores eran grandotes como (Ringo) Bonavena. Entonces, me decía, voy a ser boxeador y grande como Bonavena y me van a respetar. Nunca pensé que iba a ser campeón argentino, campeón sudamericano y cuatro en el ranking del mundo. Pero siempre destaco lo mismo: boxeé 15 años pero nunca peleé en la calle. Era un niño criado en un barrio pobre. Crecí en barrio Mariano Fragueiro. Fui muy pobre pero fui feliz, porque tuve libertad".Julio César Saba es un ícono del boxeo cordobés. Nació en Córdoba el 9 de enero de 1955, se crió en un barrio humilde, trabajó desde niño y comenzó a hacer guantes a los 12. A los 16 fue campeón argentino amateur. Luego vinieron los títulos profesionales: campeón argentino de peso gallo el 9 de abril de 1976 cuando venció a Juan Carlos Ríos, y el 24 de febrero de 1978 se adjudicó el cetro sudamericano al superar al brasileño Danilo Batista. "Un exquisito estilista de fina escuela, basada en una excelente esgrima", describieron entonces.
Hoy, dice, es el único camillero del Hospital Infantil de Alta Córdoba, donde trabaja desde que se retiró, en 1982. “Al boxeo le debo todo. Conocí el sulky, el avión, la bicicleta, el barco, conocí todo por el boxeo. Principalmente la gente buena. Me emociona hablar de la gente porque lo que me haga falta lo pido y tengo todo. La gente me respeta mucho y no sé si me merezco tanto”, reflexiona.
Saba, Julio César, tiene ganas de hablar. En su sencilla casa de barrio Liceo, el ex boxeador abre sus puertas a la intimidad. Pueden verse fotos de sus hijas, un comedor pequeño pero acogedor. Un lugar que tiene sabor a mates y sacrificio en cada rincón. Y honestidad y laburo, palabras que vuelven una y otra vez en el discurso del campeón.
"No voy a los festivales de boxeo en Córdoba. No soy orgulloso y dirán 'quién será Saba que pide esto', pero, ¿a vos te parece que me pare en la puerta a ver si me conocen y me dejan pasar?".
“Sí, me dediqué al boxeo pero nunca me llevaron de la calle por andar borracho. Mi viejo era laburador, y mi vieja, han muerto los dos. Me casé y tuvimos tres hijas. Mi esposa me queda grande, todo lo que tengo se lo debo a ella”, valora.
La niñez en barrio Fragueiro
Su niñez es toda una descripción de un pasado no muy lejano, pero distante de este mundo acelerado y tecnológico. “En casa había aljibe, no había agua corriente, ni luz tampoco. No llegaba la luz al barrio. Vivíamos en una casita humilde con mis padres y mis hermanos, éramos seis en total. Cuando tuve 11 años, mi viejo me enseñó a vender café en la calle. Salía de barrio Fragueiro en bicicleta, cargaba en Parque Las Heras siete termos, la bolsa con los criollitos, y de ahí iba a San Vicente en bicicleta”, relata.
–¿Cómo fue eso?
–Tenía 12 ó 13 años. Me compraban de la fábrica de heladeras Neba; en una estación de servicio en Agustín Garzón; y sobre la calle Corrientes había muchos talleres mecánicos; todos clientes míos. ‘Dejame un chocolate, dejame un chocolate y dos criollos, dejame un café’ ¡Cómo vendía café en San Vicente!
–¿Y hacías buenos ‘mangos’?
–Sí, sí, hacía diferencia. Me ayudó vender en la calle. Aprendí a ganarme la vida con honestidad y no andar robando ni sinvergüenzando. Aprendí a laburar y le agradezco a mis padres que me enseñaron a vender. Vendía café, chocolate y té en el invierno, y en verano helados Laponia en San Vicente, Cofico y Alta Córdoba. El que menos te compraba eran cuatro o cinco bombones.

Un poco de historia
Sus inserción en el boxeo llegó por sus “experiencias escolares”. “Tenía 12 años y estaba en séptimo grado. Era muy peleador, peleaba de guerrero que era, y siempre terminaba con un ‘bubón’ en la cabeza cuando era chico –recuerda–. A los 12 empecé en el Córdoba Sport Club en la calle Alvear. Quería ser grandote para que me respeten en la calle. Yo era chiquito. Pero cambié la conducta. Me juntaba con mis amigos, aprendí a nadar en el canal de barrio Fragueiro. Me cortaba con las latas, nadaba con los perros muertos. Pero me olvidé lo que es pelear en la calle”.
“Ahí empecé a acostarme temprano y a estudiar con más firmeza. A los 12 me largué a boxear. El gimnasio de boxeo me rescató de la calle. Lo mejor que me dejó el boxeo fue que conocí gente muy buena en la vida. Me orientaron, me perdonaron, me dieron buenos ejemplos”, asegura.
“Empecé a boxear con Pablo Carranza y René Chávez. Eran dos que entrenaban en aquel tiempo. Con ellos hice toda mi carrera amateur. Como me inicié a los 12 tenía ya cuatro años de gimnasio cuando fui campeón argentino amateur. Hice tantas exhibiciones que me acostumbré al público, a los aplausos, a los silbidos, hasta que llegué a la edad”.
"A los 18, el 7 de septiembre de 1973 debuté como profesional. Le gané a Juan Alberto Vega por abandono en el tercer round. En aquel tiempo era un boxeador guerrero".
Saba sigue repasando su carrera en la mente: “A los 18, el 7 de septiembre de 1973 debuté como profesional. Le gané a Juan Alberto Vega por abandono en el tercer round. En aquel tiempo era un boxeador guerrero. A la quinta pelea la hice con Juan Carlos Ríos, un porteño, y lo tiré, me tiró y empato. Cuando venía a casa me dije: ‘Esto no me conviene. Dicen que si te pegan 200 trompadas tenés que pegar 220 para ganar, pero son 200 trompadas. Me convenía cambiar el estilo de boxeo. Empecé a hacer footing. Nadie se aguanta 10 rounds si no hace footing. Desde el ‘73 al ‘82 que dejé, nunca hice más de siete rounds de entrenamiento. El estado físico, la calidad, la mente, te la da el footing”.
–¿Qué sentiste cuando saliste campeón argentino?–Gané por nocaut. Nunca me había pasado eso como profesional, y que la gente te aplauda, y te salude en la calle: "Hola Saba, cómo te va". Eso cambia un poco tu persona, tu forma de vestir, de andar, cambia un poco. Pero yo sabía que no debía olvidarme de lo que fui siempre, que fui un chico pobre, de la gente que me dio una mano. Lo que pasa es que uno malinterpreta las cosas, nadie me decía que yo hacía mal algo porque yo era el campeón.
–¿Cuándo te diste cuenta de que podías tener éxito en el boxeo?–Como amateur. Tenía 16 años. Siempre fui disciplinado. Cuando boxeaba hacía los seis kilómetros en 30 minutos justos y ahora, con 61 años, hago los seis kilómetros en 30 minutos. No cambió el ritmo, y este corazón late a 50 pulsaciones por minuto por el entrenamiento.
–Siendo el 4 del mundo, ¿por qué no peleaste por el título?–Los campeones de esa época eran dos monstruos: Carlos Zárate y Alfonso Zamora de Méjico. No pude pelear con ellos, nunca me dieron la chance. Lo que pasa es que en aquel tiempo el que manejaba el boxeo en el país era Carlos Tito Lectoure.

Colgar los guantes
Saba se retiró joven, a los 27. “Fue en el ’82. Tenía 27 años, pero muchas peleas encima. Me costaba dar la categoría, y si subía pegaban todavía más fuerte. Preferí retirarme”. Desde entonces es “el” camillero.
–¿Sos el único camillero del hospital Infantil?–Sí. Los médicos por ahí "me patotean", los enfermeros, los de mantenimiento. Me da lo mismo el de mantenimiento o el doctor. Caí bien en el hospital. La paso bien. Es mi forma de vivir, mi carácter, no puedo estar aburrido; y les cuento cuentos.
–¿Sos bueno para los cuentos?–Sí, les pongo sobrenombres y me entran a correr. En el hospital es una familia más. Somos 400 empleados. Entro a las 6.30 hasta las 13.30. Veo los pacientes, a veces sufrís mucho. Pero al niño hay que respetarlo. Lo que más me hace bolsa es que cuando un niño viene del campo, que le duele la cabeza y de repente pasa a cirugía porque tiene un tumor. A esa madre, que no sabía, hay que darle de comer, atenderla, darle ropa, y todo eso lo encuentra en el hospital.
–¿Ves boxeo?–Me gusta mucho la técnica. La que tenía "Maravilla" Martínez no me gustaba, lo hacía al estilo Locche y lo veía como una burla. Me gusta más el "Chino" Maidana. Pero uno de los boxeadores más completos era Gustavo Ballas. Un señor boxeador. Y (Santos "Falucho") Laciar fue un campeonazo, fue campeón en todos lados. Soy muy amigo de los dos.
–¿Por qué no hay tantos boxeadores de categoría ahora?–Tanto el técnico como el promotor piensan con el bolsillo y no con la cabeza. Lo sacan de golpe. Llevan dos peleas y si estuviera (Ray Sugar) Leonard lo harían pelear. Hay que llevarlos despacio.
–¿Vas a festivales en Córdoba?–No voy. No soy orgulloso y dirán 'quién será Saba que pide esto', pero, ¿a vos te parece que me pare en la puerta a ver si me conocen y me dejan pasar?, ¿por qué? En mis tiempos iban figuras y entraban gratis, y nunca reclamé. ¿Por qué tengo que pagar yo ahora? No tengo que rogar para que me dejen pasar.
–¿Qué te hubiese gustado lograr?–Llegar a campeón del mundo, terminar mi carrera haciendo tres o cuatro defensas y unos pesos, y acomodarme en la sociedad. O aunque sea pelear por el título del mundo sin importar el resultado.
–¿Hiciste plata con el boxeo?–En algunas peleas hice plata y en otras no, pero no hice la que debí haber hecho. No tiraba la plata. Ganaba un porcentaje de las entradas. Una defensa era el 30 por ciento para mí. Y de ahí el 25 por ciento a mi técnico. Yo tenía que vivir con eso.
–¿Y peleabas con frecuencia?–En el boxeo tenés que tener una disciplina. El boxeador debe ser un boy scout. Yo tengo 80 peleas de profesional y 50 de amateur, pero en las 80 de profesional, 10 las hice de un día para otro. "Vamos", me decían. Tiene que tener una conducta siempre, salir a correr, entrenar. Me ofrecían pelear y estaba listo.
–¿Qué es el boxeo?–Es un deporte de caballeros, es mi calidad, mi sapiencia mi inteligencia contra la del otro. Pero caballeros porque, aunque nos hayamos dado como en la guerra, nos abrazamos después.

