Y a Belgrano lo que es de Belgrano...
El Pirata acaba de quedar eliminado de la Copa Sudamericana. Lo que no debería verse como una derrota, sino como la culminación de un gran proyecto que puede reinventarse.
Dice la frase que "al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios". Bueno, que me perdonen los católicos pero la usaremos para hablar de Belgrano y el fútbol, que tampoco están lejos de ser parte de una religión.
Dejemos por un momento lo que es de Dios. Aquella fe irracional en una creencia divina, llena de pasión y amor por una entelequia. Belgrano es eso, también. Como lo es cada club para su hincha. Pero no se puede analizar lo intangible. No se pudo en el pasado y jamás se podrá saber por qué los fieles creen o no.
Por eso, el enojo pasional de algunos, la calentura de otros, las angustia de los más y la tristeza de todos los Piratas deben tratarse en un terreno espiritual, sabiendo que no habrá más respuesta que la aceptación del designio divino. Si el fútbol lo quiso así... Si la "vaselina" de Velázquez, sobre el final del partido no entró... así fue. Que tuvo que ver el árbitro es también una discusión infinita que no daremos porque tiene más elementos especulativos que razones fácticas. Así que pasamos de todo eso.
Hablemos del César. De lo que le pertenece a Belgrano en el fútbol. De sus fortalezas y debilidades y de las razones de este presente. Pensemos, por un momento, qué ha pasado en los últimos tres años en el club de Alberdi. Y encontraremos una realidad asombrosa.
Belgrano, vale siempre recordarlo, estaba último en el Nacional B. ¿Ascender? Ni siquiera sabía cómo ganar un partido. Luego llegó Ricardo Zielinski y el resto es una historia (fabulosa) conocida.
Después de casi tres años, Belgrano es un equipo. De lo mejores de Argentina. Quizá no lo refleje hoy, porque su cosecha de puntos es magra y acaba de quedar eliminado de la Copa Sudamericana. Pero cualquier protagonista - de los que están dentro, los DTs y los rivales - lo podría afirmar sin mirar la tabla de posiciones.
Y es un gran equipo porque logró que una idea funcionara en la cancha. Por mucho tiempo. Valiéndose de lo que tenía en su inventario armó una estructura sólida que trascendió la inmediatez de la Promoción con River (hecho histórico, sin dudas; pero coyuntural para un equipo) para realizarse por varios años.
Hablar de años, de un proyecto, de ciertas convicciones y de resultados palpables es ya un mérito absoluto. Porque Zielinski lo logró en Argentina y desde Córdoba, plaza menor en el concierto futbolístico desde hace años. Pero con un detalle no menor: nunca hubo victimización. Las quejas en Liniers quizá, como dijimos más arriba, se deban al momento de enojo pero no han sido parte de la conducta de los jugadores. En síntesis: que Belgrano sabe que no hubo ni hay campaña maquiavélica en su contra.
Al contrario, Belgrano entendió (debe haber mucho trabajo de Armando Pérez allí) que las cosas en el fútbol habían cambiado. Que el poder de Julio Grondona ha sufrido una metamorfosis en los últimos años y que ya no hay una Capital Federal fuerte y un interior debil. Hoy, hay caciques que manejan relaciones públicas, dinero, que tienen cintura política y que han superado el complejo de inferioridad de los provincianos para sentarse a la mesa y pelear -en los términos "grondonianos", claro está- por lo que quieren.
No fue casualidadDe aquella postura fuerte en AFA, con un equipo sólido y un presidente audaz y curtido, nació el histórico ascenso nada menos que ante River en el Monumental. Aprovechar el momento justo, estando en el lugar indicado (estuvo a la altura de las circunstancias). Suena a golpe de suerte, pero fue mucho más que eso. Fue la revolución del oportunismo.
Belgrano, así, se convirtió, más allá de que fue gerenciado, en una especie de empresa del fútbol. Es superavitario por el buen manejo de las finanzas (al menos, se pagó la quiebra) y el propio Pérez hasta lanzó la iniciativa de tener dirigentes rentados, como en sus emprendimientos comerciales. Gerentes para todo, limando pérdidas, buscando maximizar ganancias. Entendieron que es por plata la cuestión y la cuidaron porque así, de una manera u otra, al final ganarían.
Desde esa posición, llamémosla "ideológica", se trazó un objetivo claro (conservar la categoría, sumar puntos) que sirvió de guía. Todo, maridado con las buenas campañas en la cancha que sirvieron de espalda para avanzar en la consolidación de la marca Belgrano.
Así creció el Pirata. Si se lo analiza fríamente, a la velocidad de la luz. No sólo porque en menos de tres años pasó de ser un club quebrado, que peleaba en las últimas posiciones de la B Nacional y sin inferiores, a una marca reconocida a nivel nacional; sino porque ayudó a cambiar la matriz del mapa del fútbol.
El paradigma impuesto por Pérez hoy es transformar los desaguisados en clubes "serios". Que no quiere decir otra cosa que poner fecha de vencimiento a la dirigencia improvisada, y luego de conocer las limitaciones, aplicar la audacia, tener un poquitín de suerte y mucha determinación. Lo saben los demás, que ven cómo Belgrano ha podido tener un equipo en Primera División sin hipotecarse, sin rifar ingresos a futuro y con la certeza de que ahora era el momento.
Guste menos o más, Belgrano sabe lo que quiere, cómo lo quiere y cuándo lo quiere. Saldrá mejor o peor, pero sale y funciona. Tiene una base de jugadores juveniles que está llegando a la Primera División, otros tantos diseminados por el mundo gracias a ventas multimillonarias y un técnico que, sin bien parece desgastado, es el responsable de haber creado una máquina que ha funcionado muy bien. Ha marcado a fuego el proyecto.
Será momento de aguantar. Como lo sabe Pérez, en el fútbol y en los negocios hay rachas, y el olfato de buen empresario, y de hombre hecho en la calle le dará la pauta de qué hacer. Si escucha al corazón, quizá se equivoque y toque teclas que hoy no parecen necesarias. Si escucha al hincha, será peor. Porque, como ya dijimos, lo de Dios es de Dios.
Pero, si escucha a la razón y se sienta a contemplar lo conseguido, probablemente mantenga las cosas en su lugar y apele al amor propio de la gente (jugadores, dirigentes, cuerpo técnico) para campear el temporal. Y seguir.
Belgrano sabe lo que quiere. Por eso, debería tomar la eliminación en la Sudamericana como la culminación del primer paso de un gran proyecto que exprimió sus posibilidades al máximos, y que bajo ningún concepto fue el fracaso de una idea. Más o menos lujosa en cancha, eso podrá debatirse. Pero redituable y saludable en el fútbol de hoy, algo indiscutible.
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