Vaivenes cordobeses
Celestes y albirrojos. Luego de un inicio lleno de dudas, Belgrano se reacomodó. Todo lo contrario pasó con Instituto.
Casi todo es impensado dentro de un campo de juego. Resucitó Belgrano. Aquel apático Belgrano, lento y previsible, de resultados magros y de futuro nuboso, cambió el semblante.
Lo hizo de a poco. Apoyado, como debe ser, por un mejor juego y buenos resultados.
Este cambio le ocurre en la silenciosa gestión del entrenador Ricardo Zielinski. El equipo, bajo su mando, mejoró en defensa. Ya no fue la estructura endeble a la que le llegaban poco y le convertían demasiado. Y también evolucionó en el medio.
Las inclusiones de los pibes Iván Etevenaux y Lucas Parodi parecieron reactivar la competencia interna. Reapareció entonces César Mansanelli, se asentó Guillermo Farré y Juan Carlos Maldonado y Franco Vázquez le dieron continuidad a sus excelentes atributos que antes aparecían en cuentagotas. La elevación del estándar celeste la solidificó César Pereyra, lustrando sus dotes de definidor que durante los últimos partidos habían lucido ajados.Esta inclusión cada vez más fuerte como posible candidato a jugar una promoción lo muestra más fortalecido, con más ganas, con una actitud mucho más positiva para ganar el balón y para darle un destino redituable. Consecuentemente llegan los goles y también las victorias. Pronosticar el futuro de Belgrano en este torneo es pura aventura. Aunque falten pocos partidos, sólo queda caer en lo obvio: con un poco de regularidad en su juego y con el imprescindible aporte de sus mejores figuras, Belgrano promovería, tal como lo hicieron Atlético de Rafaela y Unión, una racha de puntos que lo acercaría al menos a una chance para subir de categoría.Otra realidad Distinto es el panorama de Instituto. Ya se habló de su comienzo inseguro de temporada y de su palpable levantada después. La Gloria tenía la idea de conjunto y de forma de encarar los partidos que no tenía Belgrano.
También se comentó de su buena performance defensiva, de sus pocos goles en contra, del lucimiento de algunos de sus hombres y de su discreto pero continuo acercamiento a los líderes.
Instituto, tras su triunfo mesopotámico ante Boca Unidos, estaba para darle pelea a cualquiera. Diego Klimowicz prometía entrar a la cancha, los punteros estaban a una distancia accesible y la cabeza de playa se instalaba en Alta Córdoba para el gran asalto.
La gran respuesta a semejante declinación sólo parecen tenerla los futbolistas a medida que avanza y se acerca el final del torneo. Mientras tanto, se vuelve más sonoro el porqué de los dirigentes y de los hinchas de Instituto a tanto despilfarro de oportunidades.
Idéntico cuestionamiento habrán repetido tras el insípido empate del sábado pasado frente a Rosario Central. Arriba en el marcador, con un hombre más, Instituto ni aumentó las revoluciones de su motor para quebrar definitivamente a su adversario ni adoptó la neutral actitud de mantener el balón en su poder y alejarlo lo más posible de Jorge Carranza, ni recurrió a la quizá criticable pero, en una de esas, contundente tarea de especular con la desesperación de su rival, atrasar un poco las líneas, y doblegarlo de contragolpe. Adoptó la ya natural posición de confrontar voluntades más que ideas. Siguió haciendo lo de siempre. Y así le fue.A pocas fechas del final, uno fue cambiando de a poco y en la liviana transformación, ganó. Otro no sólo perdió la brújula, sino que los resabios de aquella fortaleza colectiva han ido desapareciendo. Antes estaba arriba Instituto; ahora aparece Belgrano.
En un año tan largo de partidos, el fútbol, afortunadamente, vuelve a demostrar su dinámica y sus cambios de destino, aunque esas alteraciones con sus correspondientes sorpresas no sean del todo gratas para los cordobeses.

