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Todo les llega

No te pierdas la columna de Enrique Vivanco con su "desde adentro"

25 de septiembre de 2012 a las 09:48 a. m.
Todo les llega
Belgrano. Despide austeridad de hechos y de palabras, pero va al frente. El club de Alberdi es uno de los que viene sembrando hace un buen tiempo. // foto: Facundo Luque

La misma dinámica del fútbol, esa que se observa en la cancha con expulsiones, penales o goles que cambian el curso de un partido, también se ve fuera de ella. Eso sí, lo que pasa en los escritorios de los clubes, se ha visto, siempre tuvo un curso más lento.

Parecía inmune San Lorenzo de Almagro hasta el 15 de agosto de 1981, cuando perdió con Argentinos Juniors y fue el primer “grande” en irse al descenso. Le sucedió a Racing de Avellaneda, en una accidentada tarde del 18 de diciembre de 1983 ante su homónimo de Córdoba.

Más recientemente, el 26 de junio del año pasado, otro de los reyes, River Plate, abdicó de su trono para sumergirse en la B Nacional tras caer ante Belgrano.

Ya se sabe: deudas, corrupción e incompetencia deportiva fueron las causas comunes a tales derrumbes. Lo mismo que ahora, cuando River, San Lorenzo y el venido a menos Independiente padecen síntomas similares a los llevan a poblar la parte baja de los promedios.

Aquellos primeros dos descensos representaron un shock para la ya oxidada estructura del fútbol argentino. Con sus partidas a las profundidades se desplomaron mitos. Los Carasucias y los Matadores, aquellas grandes formaciones azulgranas de la década de los ’60, y el

Equipo de José, primer conjunto argentino campeón mundial de clubes, simbolizaban el aura de gloria y de impermeabilidad de estas instituciones que, a pesar de su autoagresión y de los flagelos internos, parecían tener mucha más sustentabilidad que las instituciones políticas.

Ese encumbramiento parecía eterno. Eran Boca, River, Independiente, Racing y San Lorenzo. Ellos eran los campeones, salvo honradísimas excepciones. Sus feudos sólo dejaban migajas para los clubes más pobres.

En aquella época era alocada la posibilidad de que un equipo de una segunda categoría venciera a uno de Primera División. De las cosas buenas que los vientos de cambio han producido se instala el golpe al mentón de Belgrano a River, una síntesis del lento pero paulatino emparejamiento instalado en toda la geografía de nuestro país, a la hora de patear la pelota y gritar goles propios y extraños. Ya no hay inmunidad para los poderosos.

El pedestal de aquel quinteto inalcanzable está al alcance de cualquier salto ambicioso, ordenado y responsable. El curso y el ritmo parece marcarlo Vélez Sársfield, entidad prolija casi siempre y que se ha regalado muchos títulos y alegrías por hacer todo lo contrario a lo que provocaron aquellas instituciones inabordables.

Entre tanto cambio, el abanico se abrió. Newell’s, desde Marcelo Bielsa hasta aquí; Estudiantes, que alguna vez cayó pero que siempre vuelve, y Lanús, Argentinos Juniors, Banfield y ¡Arsenal! fueron campeones. La variedad incluye administraciones prolijas, decisiones acertadas, ambiciones lógicas y golpes de suerte.

Entre ellos, hay equipos que desde hace un buen tiempo vienen sembrando: Colón es uno de ellos, pero todavía no ha podido recoger la mejor cosecha. Belgrano parece seguir el mismo camino. Despide austeridad de hechos y de palabras, pero va al frente. Ya aprendió por sí mismo a sobrellevar el desbarajuste. Sabe que aunque para muchos todo pasa, a otros también todo les llega. No es cuestión de descuidarse.