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Talleres: el umbral de una nueva época

27 de marzo de 2012 a las 09:33 a. m.
Talleres: el umbral de una nueva época

Impresiona el hincha de Talleres. Festeja y se le sale el alma por la boca. Se alegra y no mide las emociones. Será porque se mimetiza y ofrece todo lo que le transmite su equipo.

Una formación que pena y se lamenta al recibir goles inexplicables, o que levanta compuertas y deja salir un torrente de vitalidad y de buen juego que arrasa con todo lo que se le pone en el camino.

Hace tiempo que Talleres viene caminando por los extremos. Tales son sus urgencias, que ya no mide con la misma vara que un mortal todos sus emprendimientos. No es un equipo común; no corre detrás de lo lógico. Son 11 jugadores que en cada partido cruzan valles, desafían tormentas, enfrentan desiertos. Son chicos, muchos de ellos, que cargan con un retroceso de décadas, con años de desatino de sus mayores, y que a puro elogio o insulto se están haciendo hombres de golpe.

Una síntesis de época fue la noche del viernes: empezó bramando, con sus tanques Riaño y Sáez echando humo, con un gratamente renovado Agustín Díaz, y con Francés y Carabajal molestos e incisivos por los costados.

Es sabido que su mejor oferta para el espectáculo siempre la ha generado en el ataque; pero no va muy detrás su producción defensiva, acostumbrada a veces a los malos modos, a abrir abren huecos y facilitar ataques, que algunas veces, y sin mucho esfuerzo, le han provocado alegrías insospechadas a su rival.

Instalado en el umbral del 1 a 0 tuvo que sacar dos veces del medio. Ese 0-2 erigido como un muro en la mitad del primer tiempo, tuvo durante un par de minutos una imagen devastadoramente infranqueable para un conjunto en ese entonces conmocionado y apichonado.

Pero poco a poco, aun con un hombre menos, aquellas compuertas se levantaron para que fluyera lo mejor de Talleres en el campeonato. Sáez y Riaño fueron incontenibles; Díaz, ya no lento, tibio y lagunero, adquirió la imagen pura del jugador reciclado, dinámico y vehemente, de los primeros en sacar de la zozobra a sus compañeros.

Colaboraron Francés y Álvarez y el empuje del resto, con Leyes a la cabeza, en la tarea titánica de borrar los primeros atisbos de una nueva gran frustración que ya estaba empezando a verse en el Mario Kempes.

Con Carabajal a la cabeza, un jugador con una proyección insospechada y con virtudes a valor oro para el fútbol moderno (patea bien, es veloz, hábil y con una tremenda dinámica), Talleres ha puesto sobre la mesa un grupo que tal vez este llamado a no pasar inadvertido.

Sea cual fuere el resultado final de su participación en el undecagonal, al club de barrio Jardín le quedará una base de equipo como no la ha tenido en muchos años hasta hoy. Aun con la decepción de una eliminación o con el frenesí de un ascenso, los poderes que lo gobiernan tendrán la misión opuesta a la que emprendieron quienes lo llevaron a la quiebra.

Sería una exageración hablar de administrar la abundancia. La planificación del futuro deberá involucrar a jóvenes que, de seguir jugando juntos, y sin desaparecer de un día para el otro del mapa albiazul, podrán expandir su potencial en el mismo equipo y ante la misma gente que con perseverancia, los ha visto madurar y engrandecerse.

De ocurrir eso, podrá decirse que Talleres está produciendo su propia reinvención. Lo que no es poco para tanto ejercicio de la paciencia.