San Lorenzo, más allá de Francisco
La dupla Matías Lammens-Marcelo Tinelli hizo magia; o fue instrumento del milagro, como se lo quiera interpretar. Hace 18 meses lanzó un bumerán lleno de fuego, que volvió a su punto inicial transformado en un trofeo reluciente. El San Lorenzo atribulado, casi descendido y con una economía en llamas, que jugó con Instituto la reválida –promoción en junio de 2012, dirigido por Ricardo Caruso Lombardi–, pasó a ser un año y medio después el equipo que más puntos consiguió en el Torneo Inicial y el que por eso se llevó el título.
Aquella vez, en Alta Córdoba, el uruguayo Carlos Bueno, hoy en Belgrano, le dio a su equipo mucho más que tranquilidad para afrontar la revancha en el Nuevo Gasómetro. Ya con el empate cuatro días después en ese escenario, los dos tantos del goleador de Artigas le concedieron la oportunidad de encarar una recuperación histórica.
Aunque sus hinchas le atribuyan al espíritu de Jorge Bergoglio alguna influencia en el 12º campeonato local azulgrana, lo cierto es que la buena campaña y el festejo el domingo pasado en San Juan y Boedo van también mucho más allá de un palo bendito, de una mano salvadora (la del arquero Sebastián Torrico), de 33 puntos redentores y del esfuerzo de tantos otros cuervos.
Lammens y Tinelli hicieron en Buenos Aires y con las mangas arremangadas lo que le atribuyen al papa Francisco en Roma. Los empresarios hablaron con los acreedores, pagaron deudas, renovaron el plantel, cambiaron el entrenador, convencieron al socio, prometieron gestionar el regreso al Viejo Gasómetro y, sin que haya sido de su incumbencia, se aprovecharon del discreto nivel del campeonato para que el equipo volviera al pedestal luego de seis años de innumerables problemas.
Es cierto, el Vélez Sársfield-San Lorenzo fue un resumen de una performance que se extendió a casi todos los equipos, en los que siguen prevaleciendo, salvo excepciones, el esfuerzo sobre la táctica y la velocidad física por encima de la técnica, en partidos en los que también es difícil ubicar jugadas de conjunto bien elaboradas o individualidades desequilibrantes.
En ese ámbito, San Lorenzo salió campeón. Sus magros 33 puntos están lejos de los portentosos 47 (15 victorias, dos empates y dos derrotas) que obtuvo en 2001 con la conducción del chileno Manuel Pellegrini, luego de engordar una racha de 13 triunfos consecutivos y de remontarle a River Plate una desventaja de cinco puntos.
Que gane el mejor
Esos datos no son insignificantes. Remarcaron contundencia y superioridad, valores esenciales para adornar y darle más brillo a una conquista. El conjunto audaz, lleno de lúdica prepotencia, que le hizo cuatro goles a Belgrano y que parecía convencido de su iluminado protagonismo, llegó de rodillas, extenuado, con tres empates en los últimos partidos, al agónico final.
En ese contexto, Belgrano puso su nombre en el sexto lugar, con 29 puntos, a cuatro del campeón. No es casual lo de los celestes; como tampoco lo es lo de Newell’s Old Boys, Vélez Sársfield o Lanús, clubes reciclados luego de grandes traumas o entidades prolijas y ordenadas que encumbran sus logros deportivos en la aplicación de esas virtudes. Ese aspecto, por suerte, está siendo considerado. El club bien administrado está más cerca de la conquista futbolística.
La ecuación, ahora un poco más vigente, castiga al irresponsable y amenaza echarlo del sistema. Lo sabe River; lo padece Independiente. Es un buen síntoma. Habla de cierto intento por normalizar un mercado dispendioso, incontrolable e injusto, que al revés de la actual historia, muchas veces premiaba al que no hacía bien las cosas.

